CIENCIA | 26-01-2019 12:27

Cómo curar la obesidad

En el adelanto del libro “Cuerpo doliente”, una mujer que bajó más de cien kilos narra su experiencia a dos voces, junto a su terapeuta.

Me casaba… por eso empecé a ir al grupo. Mi amiga de siempre, Patricia, me contó que había un lugar en el que se bajaba rápido de peso. Era lo único que me importaba, no quería parecer un “merenguito” dentro del vestido blanco. Con Maxi llevábamos dieciséis años de novios, desde que yo tenía catorce y él diecisiete.

Hacía varios años que convivíamos y habíamos comprado nuestra casa. Había suspendido el casamiento dos veces, pero el ultimátum de Maxi fue determinante. Me acuerdo de que me dijo: “Natacha, para mí es importante formar una familia como Dios manda. No quiero esperar más. Yo te quiero como estés, flaca o gorda”. Se quería casar en la iglesia, con fiesta y todas las tradiciones que en esos años estaban de moda. Me había asegurado que necesitaba empezar desde este hito una vida familiar y que, si yo no accedía, nos separábamos.

(…) El amor de Maxi calaba en lo profundo de mi ser, no se detenía en lo superficial del aspecto físico y esto era muy importante para mí. Más allá del amor que siempre sentí por él y tratando de dejar de lado mis prejuicios, fue por eso que accedí a la boda. Pero la gordura nubló siempre todo, me hubiese gustado casarme flaca. La obesidad era como una neblina que empañaba mi vida diaria y el devenir normal de mi persona. Es curioso como algo que parece tan insignificante o superfluo puede afectar toda tu rutina por completo.

Me di cuenta un día comparando la obesidad con una torcedura de tobillo o con alguna lesión menor como una cortadura o lastimadura que nos pasa de vez en cuando; esa pequeña lesión afectaba mi forma de caminar, el cómo me ponía los zapatos e incluso la forma en la que dormía; me cambiaba el humor y me hacía estar pendiente de ella en cada momento de mi día. Lo mismo me pasaba con el sobrepeso, pero en realidad era peor porque no era solo una torcedura en el pie y que afectaba lo físico, sino que era una torcedura emocional que afectaba todas las áreas de mi vida. Cuando anunciamos a mi familia que nos uniríamos en santo matrimonio, nadie nos creía. Mi mamá compró su vestido pocos días antes de la fiesta porque pensaba que me iba a arrepentir. Siempre tuve tendencia a subir de peso, pero la hiperobesidad se desató a los veintipico. Me casaba con treinta años de edad, así que habían pasado casi diez de padecimiento e intentos fallidos de bajar de peso. No hubo un hecho desencadenante que pueda citar como origen o disparador de esa vorágine de aumento increíble. La imparable subida de kilos era acompañada por una desesperación por no poder con mi propia existencia que sentía incontrolable, ilógica y hasta demente. Era tan fuerte e imposibilitante a la vez, era tan grande mi deseo de poder frenarla pero tan enorme el desafío, que el impulso por revertir la situación me duraba poco y nada.

Enseguida volvía a refugiarme en la comida: lo anestesiante, lo conocido, lo cómodo, lo placentero, lo protector. Creo que ocuparme de morfar, (porque yo no comía, morfaba a lo bestia) desgastaba mi energía psíquica, que se agotaba día a día, y me alejaba cada vez más de la Natacha verdadera y de la posibilidad de conocerme y de hacer un trabajo introspectivo. Mami me decía que nunca me iba a casar ni a conseguir trabajo estando tan gorda, para ella era el peor de los males y a los nueve años me llevó al pediatra que me dio mi primer régimen para adelgazar. A los trece tomé pastillas. En ese momento se imponía la dieta del astronauta. Luego vino la famosa dieta Scardale, que aún hoy recuerdo de memoria (día martes, que era el día más difícil, ensalada de fruta en el almuerzo) y que alternaba algunas veces con el ayuno de veinticuatro horas que proponía la dieta de la luna.

(…)Había en mis actos una locura paradójica de hacer lo opuesto a lo que deseaba. Comía hasta el hartazgo cuando quería adelgazar, como si el acto de arrasar con cantidades extremas de comida no estuviera directamente relacionado con la consecuencia del engorde. ¿Sería que esas acciones estaban disociadas en mí porque la subida de peso no es inmediata? O porque pensaba, infantilmente, que si comía de más con la seguridad de retomar o de comenzar la dieta el lunes, las calorías se borrarían mágicamente y se alivianaría la culpa. El autoengaño funcionó como un engranaje perfecto en el circuito adictivo del engorde. La satisfacción inmediata de las ganas de comer es tan imperiosa que mis mecanismos mentales normales se diluían en un segundo. A veces una imagen publicitaria o un olor sabroso, a veces ese vacío interno me llevaba a pasar por una panadería y comer facturas. Y si iba en auto debía parar en la próxima y comprar algo salado, luego volver a lo dulce. Siempre escondida, sola, sin pausa y sin control. El disfrute tenía que ser inmediato, como una necesidad instintiva y primitiva que nacía en mi interior y que no me bancaba, me tensionaba, no me dejaba pensar en nada más que satisfacer esa necesidad básica. Tras los primeros bocados placenteros, algo de calma aparecía, pero no la suficiente o la esperada. Luego, los sentimientos abrumadores de culpa, vergüenza, incongruencia interna hacían que el placer se convirtiera enseguida en displacer. Repetir esta acción una y mil veces ante la desesperación propia y la de los que me querían pasó a ser una constante en mi vida y no podía detenerme aunque era consciente de que me iba llevando a convertirme en la persona que odiaba.

¿Cómo salir de ese profundo pozo? Algo tenía que existir que explicara lo que ocurría y que me ayudara.

Claudia, la terapeuta. Ya habían pasado el casamiento, la fiesta y la luna de miel y el grupo esperaba su regreso con la ansiada pregunta: ¿logrará Natacha llegar a su peso? En ese momento había cobrado un lugar de liderazgo importante, siendo para muchos el lugar del ideal a alcanzar. La decisión de bajar de peso para su boda, con las dudas del caso, no era ahora el asunto a tratar. Ya había logrado ponerse el vestido de novia, ¿sería suficiente motivación el “estar flaca para la vida”? ¿Podría esto ser motor para bajar los cuarenta kilos que le faltaban? Las razones ajenas al logro del objetivo de adelgazar le habían prestado brillo, fuerza y entusiasmo para emprender la tarea. Era de prever la fuga o la aparición de alguna dificultad. Pero nuevamente Natacha rompería con lo esperable y comenzaría un momento de fuerte adhesión al grupo.(…)

Había transcurrido un año desde la incorporación de Natacha al grupo. Era el mes de julio, el frío característico del invierno y la baja termogénesis de los cuerpos de los integrantes del grupo, debido a la combustión de grasa, obligaban a encender el hogar y todas las estufas. El ámbito se llenaba de abrigos y las reuniones eran cálidas. Más que eso, calurosas. La alegría nos acariciaba a todos por el logro de Natacha. Estaba cerca de la llegada al peso. Su trabajo creaba la enorme ilusión y esperanza de que tanto el dispositivo como la cura de la obesidad fueran posibles. Momentos de profunda emoción. La potencia de aquellos pacientes que hacen posible el adelgazamiento aporta esperanza al resto de los integrantes del grupo. Pero el agradecimiento y la humildad de Natacha nos llenaban de orgullo. Su majestad el gordo era el gran rey destituido por la reina de la delgadez, la balanza. Ya no había súbditos, una mujer libre elegía su gobierno, no estaba atada a lo que la había sometido: se adornaba y se coronaba a su antojo usando talles chicos, comprando en el shopping su primer jean de marca, las primeras botas de cuero altas. ¡Libertad, libertad, libertad! Las marcas de ropa muestran y posibilitan el ingreso dentro de la norma. Lograr entrar en una tienda que no fuese de talles especiales permite que la autoestima se agrande, como sucede en los moldes de ropa especial. Los momentos más lindos de vivir en el grupo son aquellos en que el logro ajeno se vuelve propio. Ver a otros sonreír y festejar como si fuese propia la conquista es una de las satisfacciones más grandes que da el trabajo con la obesidad. No se escuchan comentarios envidiosos, se suprimen en la transformación del valor que da el ideal. Ilusiones y sueños compartidos. Varios pacientes hiperobesos ya se habían sumado al grupo. Había coordinado un grupo para pacientes que pesaran más de cien kilos. “¡¡¡El superimpulso!!!” era el nombre de un grupo cerrado, de diez días de duración.

Natacha. En julio del 2003 llegué a mi peso más que deseado, 58 kg. Lo que parecía imposible estaba sucediendo. Más de cien kilos bajados. No lo podía creer. En un solo año había logrado mi objetivo. Un solo año. Las sensaciones eran desencontradas. Por un lado, la estética comenzó a tener sentido en mi vida; a ser algo de lo que me ocupaba y que me divertía mucho. Poder elegir ropa solo porque me gustaba y no porque me entraba, salir del color negro absoluto. Por el otro lado, estaba todo el excedente de piel que habían dejado los kilos de grasa aumentados los últimos diez años. Esto no me permitía sentirme lo cómoda que esperaba con mi cuerpo en esa situación tan anhelada. La incomodidad me llevó a hacer varias consultas para realizarme una cirugía estética. Me daba miedo, porque nunca había entrado en un quirófano hasta ese momento de mi vida y comencé a pedir referencias de médicos que hicieran este tipo de intervención.

Seguí concurriendo al grupo, porque las oscilaciones en el peso eran enormes así que constantemente tenía que ir ajustando y reacomodándome con la comida y el cuidado, pero esta vez iba al grupo de forma intermitente, participaba en algunos programas intensivos de diez días (así era la modalidad en esa época). Tuve siempre un fuerte sentimiento de miedo a perder lo que había logrado. Muchas personas cuentan que cuando llegan al peso dejan de cuidarse y vuelven a engordar porque ya creen que son flacos. A mí nunca me pasó, yo en un fin de semana podía variar un talle de pantalón como si nada.

por R. N.

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