jueves, noviembre 14, 2019

MUNDO | 14-08-2019 12:04

Atentados en Estados Unidos: palabras con sangre

El vínculo entre la masacre en El Paso con sus pronunciamientos antiinmigrantes hizo que Trump repudiara el racismo.

Sus palabras impactaron contra su imagen con la misma fuerza con que las balas impactaron contra sus víctimas en California, Ohio y en Texas. Donald Trump no puede salir intacto de las masacres que recurrentemente se producen en Estados Unidos, porque es un ferviente defensor del libre acceso a las armas de guerra y un agitador del supremacismo blanco y la xenofobia paranoica que señala a los migrantes como un ejército invasor que se debe combatir.

Por eso no puede sorprender que, antes de que se enfriaran los cuerpos acribillados en la ciudad fronteriza de El Paso, tantos dedos acusadores hayan apuntado hacia la Casa Blanca. Su morador entró a la política disparando razonamientos racistas y xenófobos.

Cambio de política. Tan clara es la relación entre el discurso supremacista de Trump con la masacre perpetrada en El Paso, que por primera vez el magnate neoyorquino tuvo que aparecer ante los norteamericanos hablando contra el odio racial y el supremacismo blanco.

Hasta el tono fue distinto. Parecía tomar conciencia de la relación entre sus pronunciamientos y los acontecimientos. En las primarias republicanas, Trump empezó a estigmatizar a los inmigrantes mexicanos como “asesinos y violadores”, prometiendo un muro que detenga la “invasión”, del mismo modo que la Muralla China detuvo las invasiones de los mogoles.

Se refirió a los inmigrantes salvadoreños y haitianos diciendo que provienen de países que son “agujeros de mierda”. Y cuando miembros del Ku Klux Klan chocaron contra manifestantes antirracistas en la ciudad virginiana de Charlottesville, Trump se refirió a las dos partes equiparándolas moralmente. Como si fueran lo mismo quienes se congregaron a repudiar el racismo y los manifestantes racistas que defendían un monumento al general Robert Lee, jefe del ejército sureño en la Guerra de Secesión.

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Recientemente, gritó que las congresistas demócratas que más lo cuestionan y son descendientes de latinoamericanos y africanos deben “irse a sus países”, acusándolas de “odiar a Estados Unidos y amar a Al Qaeda”. A renglón seguido, en un mitin republicano, el autor de semejante desvarío permaneció callado los largos minutos en los que la multitud coreó “que se vayan, que se vayan…” en relación a las congresistas.

¿Cómo no van a señalar a Trump como instigador de la masacre de El Paso, si lleva años estigmatizando a los mexicanos y alertando contra una invasión latinoamericana? ¿Por qué sería de otro modo, si el joven que disparó a mansalva contra la gente en un Walmart, también hablaba sobre de la “invasión hispana a Texas”?

Por cierto, en la visión perturbada de Patrick Wood Crucius, el supremacista blanco que gatilló su Kalashnikov contra una multitud, no sólo habrán influido los pronunciamientos racistas de Trump.

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El manifiesto que tituló “La verdad inconveniente” y en el que planteó que Texas está siendo invadida por hispanos, evidencia claramente la influencia de la “teoría del gran reemplazo”, en la que su autor, el escritor Renaud Camus, afirma que la civilización europea, asentada en el viejo continente desde hace al menos 1.500 años, será totalmente desplazada de su territorio en dos o tres generaciones. La misma visión expone Eric Zemmour en su libro “El suicidio francés”. Y también campea en las páginas de “Sumisión”, la novela en la que Michel Houellebecq describe una islamización de Francia.

Políticas de estado. Estos enfoques se están transformando en políticas activas. Las aplican con crueldad Matteo Salvini en Italia, impidiendo el desembarco de navíos repletos de gente desesperada, Víktor Orban persiguiendo refugiados en las fronteras de Hungría, y Trump separando a padres de hijos para enjaularlos en distintos centros de detención de inmigrantes.

Las últimas masacres lograron que, por primera vez, el presidente repudiara el racismo. Quizá lo hizo porque tomó conciencia de la aberración que implica, o quizá porque se vio obligado a decir lo que nunca antes había dicho respecto al supremacismo blanco y al odio racial que, por el contrario, él siempre había alentado. Lo que no cambió fue su posición sobre el libre acceso a las armas más letales. Al respecto, señaló que las armas no se gatillan solas sino que a los gatillos los aprietan “el odio y la locura”.

Es cierto, pero también es cierto que locura y odio hay en muchas partes; lo que no hay por todos lados son fusiles automáticos y semiautomáticos al alcance de la mano. Y a esta altura de la historia, está claro que el armamentismo de la sociedad norteamericana existe por el inmenso poder económico de los fabricantes de armas y de las empresas que las comercializan.

Ese poderío económico, representado por la Asociación Nacional del Rifle, mantiene de rodillas desde hace largas décadas a la clase política estadounidense. La mayoría de los dirigentes no se atreven a enfrentarla. Y los que más fácilmente ascienden son aquellos que, como Donald Trump, defienden abiertamente la continuidad del statu quo.

Justificar la posesión de armas de guerra ya nada tiene que ver con la historia del país donde los civiles se lanzaron a la conquista del Oeste peleando con sus propias armas contra los habitantes nativos de esas tierras. Es cierto el peso de las armas en la cultura norteamericana. Entre sus primeros grandes inventores y empresarios se encuentran Samuel Colt y William Winchester, además de Horace Smith y Daniel Wesson. Los revólveres, pistolas y rifles de repetición que inventaron y fabricaron estuvieron en las manos de los colonos que se instalaron en medio de territorios de apaches y comanches, combatiendo para conquistarlos. Pero la sucesión de masacres causadas por perturbaciones y odios de este tiempo ya no justifica las alusiones a la tradición y a la historia.

Hoy, si las armas más letales se pueden adquirir tan fácilmente, no es para defenderse del trono inglés ni para incorporar a la Unión territorios indígenas, sino por el inmenso poderío económico de los lobbies armamentistas.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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