OPINIóN | 22-08-2019 14:45

Los mitos que se derrumbaron tras las PASO

El 11 de agosto brotó el genio de la botella, sin necesidad de conceder ningún deseo a nadie.

No podía durar. Meter en la misma botella una invitación VIP para la entrada y salida de los capitales especulativos, tomar deuda como un borracho perdido toma whisky, bajar a tontas y a locas los aranceles para la importación de productos fabricados en el país, y pagar el interés que hiciera falta para que Hacienda, Tesorería y el Banco Central siguieran haciendo juegos acrobáticos (con el fin de que el dólar y la inflación no tomaran carrera, alocados), sólo podía hacer salir de adentro lo que salió. Esa mezcla, olía a gato encerrado.

El 11 de agosto brotó el genio de la botella, sin necesidad de conceder ningún deseo a nadie. Alberto Fernández ganó por una diferencia tan grande que yo no hubiera podido imaginarme. Ni en mis mejores sueños. Axel Kicillof hizo lo propio, mejorando lo presente.

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Hubo una serie de mitos que se derrumbaron: la utilidad del coaching ontológico en la política, las virtudes del fonoaudiólogo en la sintonía con las grandes mayorías necesitadas, la infalibilidad de los focus group, la invulnerabilidad de la ingeniería electoral, la aptitud de las construcciones de subjetividad por la manipulación del big data, y sigue la lista. ¡Hasta los apodos más halagüeños se vinieron abajo!

Como ha dicho Javier Auyero, “me tomó 3 semanas en Buenos Aires, 7 viajes en tren, 2 en colectivo, y conversaciones con 25 (personas) en Quilmes y caminar por Lomas unos días, para darme cuenta de que no había forma de que M(auricio) M(acri) ganara esta elección. Honestamente digo, las cosas a veces son bastante simples: tu gobierno empobrece a la mayoría, la mayoría te responde con lo que tiene a mano (en este caso, con peronismo). No es tan complicado”. Yo sentía lo mismo, pero por cábala no me atrevía a formularlo en palabras; ni siquiera para tenencia con propósito de uso personal.

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Lo que viene ahora será un camino muy pedregoso y difícil de transitar, para todos. Con todos, será más llevadero, pero siempre difícil. En política y en economía son posibles muchas cosas, excepto evitar las consecuencias. Si no hay alerta temprana, deberá haber control de daños.

La aceptación por parte del Presidente de su derrota (sin que los argentinos tuviéramos datos oficiales) y mandándonos a la cucha a continuación, incumplió por lo menos con otra de las promesas propinadas: las primarias que se habían celebrado serían las “más transparentes de la historia”. Ahora, suena a la “lluvia de inversiones”, los “segundos semestres” y los “brotes verdes”.

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La explicación del descalabro financiero del lunes 12, fustigándonos con que estábamos más pobres que antes de las PASO porque “para que la gente quiera venir a invertir debería haber una autocrítica del kirchnerismo”, suena a que más de una década en el fútbol no fueron suficientes para aprender el concepto de fair play, ni cuatro años en la Presidencia para conocer el sistema representativo de nuestra Constitución Nacional, que no se ha hecho a medida como se cortan los trajes.

Alberto Fernández sabe que los argentinos nos aglutinamos más fácilmente cuando nos llama la inquina que cuando lo hace el amor, y debe tratar de sortear esa trampa. Los ademanes y las palabras hirientes son la ira de los débiles. Azuzar el odio es la demencia de los sentimientos, además de una muestra de falta de imaginación. Y de la abundancia de creatividad en Alberto Fernández, yo, que lo conozco, puedo dar fe.

Sembrar la discordia para los argentinos es lo mismo que para el bebedor compulsivo pedir que le llenen el vaso. Nadie puede decirles a las mayorías postergadas de la Argentina: “no tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Por lo demás, nadie es Churchill ni el país está en guerra. Pero el Frente de Todos no puede pararse a escuchar el canto de sirena de aquel grafitti escrito en una calle de Bogotá (o dicho por el chileno Carlos Ibáñez del Campo): “Políticos: basta de realidades, queremos promesas”. Suscitar la esperanza no es sinónimo de revolear promesas a diestra y siniestra. Está a la vista.

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Más que volver, habrá que poder. Al fin y al cabo, como corearon 40.000 trabajadores desafiando a la dictadura, el 30 de marzo de 1982, se trata de ofrecer paz, pan y trabajo. De manera ejemplar, equitativa y explicando el propósito.

Aunque en este caso, durante bastante tiempo, las semillas deban ser más amargas que el sueño de las mieses. No queda campo arado, queda un pueblo exhausto.

* Ex Canciller de Néstor Kirchner.

por Rafael Bielsa

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