SOCIEDAD | 01-10-2019 18:54

Nahuel Pennisi: el músico ciego que cantaba en Florida y ahora es un artista consagrado

La conmovedora historia de cómo este joven artista pudo superar sus propias barreras. La costumbre de tocar la guitarra al revés. De la alcancía al teatro Ópera.

Salió de la escuela hacia su casa. Caminó a tientas hasta el comedor. De pronto, todo se iluminó. Sobre la mesa cubierta de un hule florido estaba el regalo que le había traído su abuelo René. Un bajo eléctrico convencional. Estaba horizontal y con el mango a la derecha. El instrumento era pesado. Muy pesado. Pero el niño de siete años sólo quería palparlo. Oírlo sonar. Quería que la música de su instrumento favorito, ése que siempre tomaba prestado del bajista de la banda de sus padres, también músicos, comenzara a ser el compañero de su vida. “Le poníamos un almohadón en el piso para que llegara bien y Nahuel jugaba”, cuenta Fabiana, su madre.

Nahuel Pennisi nació ciego. Llegó al regalo y lo tocó así, sobre la mesa. Como si fuese un piano pero con la armonía y los acordes en la mano derecha y con la cuarta cuerda, la más grave, del lado más lejano. Todo estaba al revés. Pero no importaba. Así había aprendido. Las canciones de su ídolo Rodrigo ya sonaban pulsadas por sus propios dedos. Todos lloraban de alegría, el niño había cumplido su sueño. “Éramos una familia muy pobre, mi esposo y yo no teníamos trabajo, gracias al amor de su abuelo albañil pudimos lograrlo”, se emociona Fabiana.

Hoy Pennisi es artista de Sony Music y prepara su próximo show que ofrecerá el 9 de noviembre a las 21:30 en el Teatro Ópera titulado “Todas tus canciones”.

Cantó con los más consagrados del país. Grabó su segundo disco en Los Ángeles. Cantó su canción “Primavera” en la apertura de los Grammy. En 2017 interpretó el Himno Nacional en la cancha de Boca antes del partido entre Argentina y Perú en las eliminatorias del mundial de Brasil. Conoció a Alejandro Sanz y a Silvio Rodríguez. Llora cuando le hablan de Mateo, su hijo nacido recién nacido. “Estoy muy emocionado con este momento, con mi hijo, con esta familia que la vida me regaló”. También se emociona cuando recuerda a aquel bajo.

Las yemas de sus dedos, las plantas de sus pies, el sonido del viento, el hombro de algún amigo, el olor a sopa en los inviernos y el de las lluvias por venir, fueron sus ojos, su modo de entender la vida. Al fondo de la casa de la abuela paterna, en el barrio Villa Mónica Nueva, en Florencio Varela, donde con Franco, su hermano menor y sus padres compartía la pobreza, Nahuel vivió también la soledad. No tenía muchos amigos. “Mi niñez fue solitaria, no me hallaba con mis amigos y ellos tampoco conmigo. Elegí una niñez espiritual y hacia mi interior”, cuenta.

Era una casa muy precaria de ladrillo. No tenía revoque, ni afuera ni adentro. Tampoco puertas para separar las dos habitaciones. El techo de chapa dejaba que la lluvia inundara la pequeña cocina comedor. Ahí, en una habitación, junto a su hermano, grababa los partidos de fútbol para escucharlos una y otra vez. Luego, en el metegol del barrio, al lado de la pequeña casa, proyectaba el entusiasmo de protagonizar él mismo aquellas escenas futboleras. Ya las había convertido en imágenes, para siempre.

Hasta la pobreza fue música para Nahuel. “Arroz con huevo” se llama su primera canción. La hizo cuando era un niño inspirado en lo único que tenía para comer. Una noche se levantó con sed y en la heladera no había nada.

- “Mamá, anoche fui a la heladera y no había nada”.

- “¿No viste la gaseosa que había ahí?”, le respondió ella.

- “Ah, no vi nada, debe haber estado ahí”.

Ella le mentía y él le mentía. Ninguno quería herirse. Eran cómplices en un mundo de fantasía. Un mundo que construían cotidianamente para estar más unidos en la rudeza cotidiana.

Una noche, ladrones entraron a su casa y le robaron todo. También el regalo. La tristeza fue tan grande que decidió no tocar más ninguna música, ni tener el anhelo de otro regalo igual. Pero Fabiana, su madre, lo sorprendió una mañana del día del niño y una guitarra criolla que una amiga de la familia le obsequió volvió a su falda. Tenía 9 años. Igual que al bajo, puso la guitarra sobre sus piernas, mango a la derecha y la sexta cuerda del otro lado. Otra vez tocó al revés. Otra vez no importaba.

Sus padres comenzaron a cantar en el servicio musical de la iglesia Santa Lucía que pertenece al Movimiento de la Palabra de Dios y sumaron al niño para que cantara con ellos. Luego vino el coro infantil que fundó su madre. “Con Nahuel armábamos los arreglos vocales en casa, él cantaba la melodía y yo la tercera voz”, cuenta su madre. El artista comenzaba a aparecer.

“Creo en Dios. Tengo fe. Mi vínculo con Dios es personal. Es inimaginable. Dios está en las personas, en Mercedes Sosa, en Camarón, en Spinetta. Porque como Dios, no los conocí, pero están en mi”, dice Nahuel.

Las peñas de Varela le dieron las primeras experiencias con el público. Llegaba el hecho artístico como una manera de comunicarse. Pero quería más y decidió empezar a tocar en la calle Florida con un banquito, la funda de su guitarra y un tarrito a modo de alcancía. “Me gustaba que las monedas sonaran en el fondo del tarro, porque cuando dejaban de hacerlo me avisaba que me estaba yendo bien, porque caían sobre otros billetes”, recuerda. Iba dos veces por semana. Cantaba sin amplificación. Tenía que cantar fuerte. Su lugar asignado era frente a la Galería Jardín, en la intersección con Tucumán. Su abuela Marisa lo acompañaba. En ese mundo de urgencias donde nadie mira a nadie, Nahuel podía iluminar y detener el tiempo.

Pennisi no estudió música. La aprendió escuchando canciones, preguntando. “La intuición para mí es todo, incluso más que el oído”, comenta. Desgarrar la voz en la calle Florida como lo hacen los cantaores del flamenco fue su estrategia para ampliar su potencia.

Ganó un Pre Cosquín con una canción en homenaje al Chango Nieto y la televisión no fue indiferente. La gente empezó a ver a ese chico ciego que tocaba la guitarra de una manera rara pero que gustaba. Un día Luis Salinas le dijo: “Che, venite a tocar conmigo”, y ahí arrancó su mundo profesional.

Pero aún faltaba un episodio más en su mutación hacia el artista de masas.

La decepción de un primer y único amor lo llevó a Salta, Tucumán, Jujuy, Bolivia y Perú. En ese viaje trashumante Nahuel hizo piel y canciones lo que decía Oscar Wilde: “El dolor es el modelo supremo. Detrás de la alegría podrá disimularse un temperamento tosco, duro, limitado. Pero detrás del dolor, sólo cabe dolor”. La experiencia le abrió el canal de la composición y desde entonces nunca más dejó de hacerlo. “La única manera de curar el dolor es enfrentándolo”, asegura.

Como ya dijo, parte de Dios estaba en Mercedes Sosa. Y la vida le puso en su camino al productor musical que trabajó con ella. Popi Spatocco dirigió algunas canciones de su primer disco. El designio era cada vez más inevitable.

El mundo de la exposición de hoy es inmenso. Aquel universo de personas que la vida le elegía para acompañarlo, ya es distinto. Los intereses de este nuevo espacio donde el reconocimiento masivo lo expone a convivir con los intereses económicos y profesionales, le impone seleccionar con cuidado. En aquel mundo más inocente iba con su abuela y su alcancía. En este otro más despiadado, va con seguridad propia y con su manager. Pero eso no le afecta. Aprendió a confiar y a delegar. León, amigo y coautor. Peter, amigo y fotógrafo. Alejandro, su manager. Son los que lo hoy cuidan. “Me gusta le exposición, que la gente ponga los votos en mi y ser una referencia para los jóvenes, pero sin perder lo humano y siendo la misma persona”, dice.

Al principio, la prensa lo mostraba como el pibe que no ve, pero que canta. Hoy es un artista distinto, no porque no ve, sino por su inmensidad creativa. Una productora del programa de televisión “El observador” de Uruguay le resumió más aún esta idea a Nahuel: “Uno siempre dice que hay un pibe que es ciego, pero que además es músico. Pero en tu caso es al revés, vos sos un músico que además no ve”.

por Facundo Herrera

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