Domingo 4 de diciembre, 2022

SOCIEDAD | 06-08-2022 11:35

Evita y el mito evitista, hoy

Eva Perón fue un leyenda en el sentido político, y no sólo mediático del término, pero sólo hasta los años ochenta. Su batalla dentro y fuera del peronismo.

Llegó incontaminada. Lo que este adjetivo designa importa mucho en el "sistema de imágenes" del mito peronista. En esa configuración (que sostuvo diferentes contenidos ideológicos: del tradicionalismo populista de la rama femenina a la radicalización violenta de los años setenta), el mito evitista hoy parece desactivado. En el sentido en que Georges Sorel se refiere al mito, como impulso de acción política, como condensación de lo que debe realizarse, como síntesis de voluntades y no como "expresión de un estado de las cosas", Evita fue un mito y ya no lo es. Su potencial para la acción se ha desvanecido; el nombre de Evita conserva sólo un poder residual en el rito o en la fuerza ilusoria atribuida por quienes lo emplean para recordarle al actual peronismo cuáles son las tareas inconclusas.

Esta desactivación del mito político (que reduplica el ocaso de las utopías: como afirmaba Sorel, aunque el mito se diferencia de la utopía por su carácter sintético y performativo, encierra algunos de sus elementos), marca la distancia entre dos representaciones literarias. A comienzos de la década del sesenta, en “Esa mujer”,  Rodolfo Walsh reforzó el significado político del cadáver de Evita, que vale tanto para sus secuestradores como para el pueblo: “Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra”.  En los noventa, la “Santa Evita” de Tomás Eloy Martínez es una construcción de barroco fúnebre, un parque temático donde no falta nada y que difícilmente pueda suscitar una idea de acción política.

La manía Evita, promovida por el mercado cultural, participa del gusto “camp”, que de la elite intelectual ha pasado, precisamente a través de actrices como Madonna antes de hacer “Evita”, a un público más extenso que mira clips de MTV y sigue el reciclaje de las modas. La ópera de Webber y Rice se anticipó con gran originalidad a este revival “camp”, es decir revival esteticista y estilístico que, como tal, se opone a la idea de mito soreliano que es voluntarista y vinculado, de modo indisoluble, a la acción.

Hoy, si seguimos usando la palabra mito para referirnos a Eva Perón, deberíamos hacer por lo menos una precisión histórica: Evita fue un mito, en el sentido político y no sólo mediático del término, hasta los años ochenta. Se desactivó en la transición democrática y, aun cuando todas las mujeres políticas argentinas todavía le paguen tributo verbal, su fuerza es mayor en el campo de los consumos culturales y de los estilos que en el de la política. Sólo conserva poder en una que otra batalla secundaria dentro y fuera del peronismo, cuando algún cuadro político o sindical piensa que todavía es posible definir un peronismo verdadero del que Evita sería fundamento.

  

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Beatriz Sarlo

Beatriz Sarlo

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