MUNDO | 23-05-2019 15:42

Medio Oriente: sin control de Irán

Comenzaron las consecuencias para Donald Trump de tirar por la borda el acuerdo nuclear que el país árabe estaba cumpliendo.

En su confrontación comercial con China, a Donald Trump se le puede cuestionar exceso de temeridad. Pero parece claro que una buena parte de la razón en la disputa está del lado norteamericano. Más allá del resultado final de su ofensiva a gran escala contra el gigante asiático, pocos pueden objetarle al jefe de la Casa Blanca que haya iniciado una disputa sin que hubiese algún motivo razonable. En cambio, es posible cuestionarle haber cometido un estropicio diplomático de peligrosas consecuencias, al retirar unilateralmente a Estados Unidos del acuerdo nuclear firmado en el 2014, sin que Irán incumpliera lo pactado.

Los movimientos de portaviones y buques de guerra en el Golfo Pérsico y en el estrecho de Ormuz son señales del peligro que generó Trump y que sólo aplauden la teocracia absolutista saudí y el gobierno que Benjamin Netanyahu comparte con ultranacionalistas y religiosos.

El instinto de duro negociador que tiene en cuestiones comerciales, contrasta con el aventurerismo de alto riesgo que, con improvisación y torpeza, lo hace cometer desquicios diplomáticos que aíslan a Washington y sacuden los equilibrios globales, sin que existan motivos sólidos o situaciones que justifiquen generar tembladerales.

Negociador. Que tanto México como Canadá hayan terminado aceptando el replanteo del acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, prueba que Trump tenía buena parte de la razón al impulsar la deconstrucción del NAFTA. Pero el caso del acuerdo nuclear con Irán es diferente. Los pliegues del Estado persa están infectados de fanáticos que adoran las “guerras santas” contra todo lo que huela a cultura occidental, pero el acuerdo nuclear había fortalecido al ala moderada y reformista del espectro político, en su eterna pulseada contra el oscurantismo medieval de los sectores que veneran al ayatola Alí Jamenei. Y el gobierno que encabeza al moderado Hassan Rohani estaba cumpliendo con lo pactado, a pesar de las presiones internas. Por lo tanto no había razón para que Washington se retirase de un acuerdo de gran envergadura histórica, por haber comprometido a Rusia, China y Europa, además de Irán y los Estados Unidos.

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Las primeras consecuencias negativas de la decisión de Trump fue una escalada inflacionaria que devaluó la moneda iraní, el rial, empujando el país hacia la recesión. La crisis económica causada por las nuevas sanciones norteamericanas debilitó al gobierno de Rohani frente a los sectores duros que se oponen a que el programa nuclear sea negociado y consideran una traición del presidente y de su canciller, Javad Zarif, haber aceptado el riguroso control internacional sobre las centrales atómicas y sobre el proceso de enriquecimiento de uranio, a cambio de que se levanten sanciones contra la República Islámica.

Clima. Además de fortalecer a los sectores radicales, relegados desde que Mahmud Ahmadinejad salió del poder, la acción unilateral de Estados Unidos sienta un precedente que va a complicar futuras negociaciones.

Sucede que no medió ningún incumplimiento iraní que justificara, de algún modo, que Washington desconociera lo pactado tras casi dos años de arduas negociaciones en las que el ex secretario de Estado John Kerry y el ministro Javad Zarif se reunieron incontables veces. Es gravísimo que Washington desconozca un acuerdo que la contraparte está cumpliendo y que las otras potencias participantes (Europa, Rusia y China) consideran crucial mantener en pie.

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Sería altamente negativo que ahora Irán, como está planteando su presidente, incumpla partes de lo acordado si Europa no compensa el daño económico que le causan las sanciones norteamericanas. Pero sería una consecuencia de la medida adoptada por Trump.

¿Qué valor tendrá negociar con Estados Unidos si lo pactado por un presidente puede ser desconocido por otro presidente? Al haber pateado el tablero, Trump hizo que sea su país el infractor que incurrió en el incumplimiento de lo acordado. Borró de un plumazo el compromiso asumido, sólo porque su opinión personal es que el acuerdo alcanzado por Barak Obama, no sirve.

Algunos analistas compararon el pacto firmado en Viena por rusos, chinos, europeos y norteamericanos, con la paz firmada en Camp David por Menahem Beguin y Anuar el-Sadat, en 1978, y con la reconciliación entre Washington y Pekín alcanzada en 1972 por Nixon y Mao Tse-tung.

Por cierto, lo pactado en la capital austriaca no establece una situación óptima. Que sea un acuerdo histórico no implica que sea perfecto. Lograr que los iraníes retrasen sólo una década su posibilidad de fabricar armas atómicas, es un logro limitado. Quedaron varias cuestiones por resolver antes que el impase llegue a su término. Pero no existen los acuerdos perfectos, sino los que pueden abrir un camino hacia nuevas negociaciones.

Henry Kissinger explicó que cada éxito diplomático alcanzado equivale a “la compra de un boleto para arribar a un problema más difícil”. De eso se trata la vía diplomática. Negociar implica optar por senderos que alejan el peligro de conflicto y avanzan hacia nuevas encrucijadas por resolver.

Que quedaran cuestiones irresueltas no implica que lo acordado sea “un desastre”, como afirmó Trump para justificar una de sus tantas decisiones que aíslan a Estados Unidos en la escena internacional y debilitan la diplomacia y la negociación como instrumentos para resolver diferendos y evitar conflictos.

Cada decisión errónea agrava situaciones. De hecho, lo que acrecentó la influencia de Irán en la Península Arábiga fue la guerra con la que Donald Rumsfeld y Dick Cheney demolieron el poder de los sunitas en Bagdad y, en una muestra de negligencia estratégica, desmantelaron el ejército iraquí.

Saddam Hussein encabezaba una dictadura criminal, pero reemplazarla por la nada en un país donde la etnia mayoritaria es chiita y sus líderes idolatran a los ayatolas de Teherán fue un regalo para la proyección iraní hacia la región del Levante, donde pasó a dirigir el eje que también integran el régimen alauita de Siria y los chiitas fundamentalistas libaneses de Hesboláh.

Los sectores más radicales del poder en Riad y Jerusalén habían aplaudido la conversión de Irak en un agujero negro. Y ahora aplauden que Trump haya destrozado un logro diplomático, alejando más a Washington de las capitales europeas y debilitando a los reformistas iraníes ante el fortalecimiento del chiismo fanático y belicista. En ambos márgenes del Golfo Pérsico, la estrategia de las dirigencias radicalizadas es “cuanto peor, mejor”.

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Claudio Fantini

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