jueves, noviembre 21, 2019

MUNDO | 09-09-2019 16:02

Reino Unido: derrota del zar Boris

La resistencia parlamentaria logró detener una ofensiva del primer ministro que rebajaría la democracia británica.

La resistencia logró, por el momento, detener su ofensiva con una épica batalla parlamentaria. Pero si Boris Johnson vuelve a la carga y finalmente logra lo que se propone, el Parlamento quedará sometido a un liderazgo personalista y la vieja democracia británica se parecerá a una autocracia latinoamericana.

Para lograrlo, el primer ministro intenta convertir al Partido Conservador en un movimiento caudillista. De conseguir lo que procura amenazando con expulsar a los legisladores que no acaten sus órdenes, la fuerza política que comenzó su historia en el siglo XVII como Partido Tory, refundándose con su nombre actual a mediados del siglo XIX, se convertirá en una agrupación ultranacionalista que actuará como patrimonio personal de un líder.

El Partido Conservador se parecerá al UKIP (United Kindom Independent Party), que creó a la medida de su extremismo Nigel Farage, el dirigente anti-sistema que convirtió el euro-escepticismo en fanatismo rupturista.

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Quince legisladores tories se rebelaron y se sumaron a los parlamentarios laboristas y liberal-demócratas que derrotaron el Brexit duro que Johnson quiso imponer mintiendo negociaciones con Bruselas, amenazando a sus correligionarios rebeldes y tratando de marginar al Parlamento de una decisión crucial.

Fantasmas. “Un fantasma recorre Gran Bretaña, es el fantasma del golpismo”, diría Marx, estupefacto, si viviera en la Inglaterra de estos días. En definitiva, lo que coinciden en señalar los opositores tiene visos de golpe de Estado. Se refieren a la suspensión del Parlamento que impulsó Johnson, detonando una crisis política sin precedentes en el equilibrado y ceremonioso sistema británico. Como si equivaliera al cierre del Congreso que perpetró Fujimori en 1992.

Por cierto, no es lo mismo. La diferencia entre el “autogolpe” del autócrata peruano y la medida que puso a la política británica en estado catatónico, es que la clausura que hizo Fujimori no tenía ningún viso de legalidad. En cambio, lo que intenta Johnson está enmarcado en leyes y costumbres del Reino Unido.

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¿Por qué pusieron el grito en el cielo los laboristas, los liberal-demócratas, los tories contrarios al Brexit duro y otros conservadores que consideran a Johnson un demagogo peligroso? Porque la medida contiene una excepcionalidad inquietante.

La excepción está en el motivo. Se trata de lo que se propuso lograr el primer ministro con el cierre de la actividad parlamentaria por cinco semanas. Y lo que se propuso es impedir que Parlamento obstruya un Brexit sin acuerdo el 31 de octubre.

Cuando concluya la suspensión, la fecha que marca automáticamente la salida estará demasiado cerca y los legisladores que la perciben como un abismo no tendrán tiempo para tratar el tema. Esa treta lograron desbaratar los parlamentarios que derrotaron a Johnson con una votación fulminante.

Abandonar la Unión Europea es un acontecimiento de tal magnitud, que no es en los despachos de Downing Street sino en los escaños de Westminster donde debe decirse todo acerca de semejante paso. Y el posible caos que provocaría una ruptura abrupta vuelve aún más imprescindible la actuación del Parlamento.

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Tratándose de un sistema parlamentario, no hace falta explicar que todas las decisiones cruciales deben ser debatidas en las cámaras de los Comunes y los Lores. Pero Johnson teme que la causa que lo convirtió en primer ministro y justifica su estancia en el 10 de Downing Street, le sea arrebatada por un Parlamento en el que se unen laboristas, liberal-demócratas y conservadores moderados para cortar la marcha británica hacia lo que atisban como un precipicio.

El extravagante jefe de gobierno teme que le ocurra lo que le ocurrió a su símil político italiano: Matteo Salvini.

Envalentonado por la diferencia entre los votos de su partido con los de sus socios en el gobierno (Luigi Di Maio y el Movimiento 5 Estrellas) Salvini decidió sacarse de encima a su moderado aliado y destituir al primer ministro Giuseppe Conte, el “hombre de paja” que ambos pusieron en el Palacio Chigi como prenda de entendimiento. Pero el tiro le salió por la culata porque Di Maio y Conte se confabularon entre ellos y acordaron un gobierno en el que La Liga fue reemplazado por el Partido Democrático.

Salvini quiso sacarse de encima a sus socios y terminaron siendo ellos los que se lo sacaron de encima a él.

Polarizados. La pesadilla de Johnson es que sus adversarios internos y externos, unidos por el pavor a las consecuencias de un Brexit duro, cierren filas acordando la prohibición de una salida sin acuerdo y obligándolo a pedir una nueva prórroga.

Que no haya presentado, ni cuando demolía la gestión de Theresa May ni después de reemplazarla, ideas concretas para evitar que el Brexit implique volver a la frontera dura con Irlanda, y la secesión de Escocia, además de caos y recesión, fue un aliciente para que empezaran a acercarse los que rechazan una ruptura brusca y los que, lisa y llanamente, quieren otro referéndum para anular el Brexit.

Incluso Jeremy Corbin abandonó su ambigüedad y terminó en la vereda de los que reclaman otro referéndum. Lo empujó a esa posición el hecho de que los impulsores del Brexit sean menos convincentes que quienes auguran un encarecimiento de los muchos productos de consumo que llegan desde el resto de Europa, cuando acabe la libre circulación.

Los británicos comprarán más caro y tendrán más trabas para vender sus productos a los ex socios comunitarios. El riesgo de recesión crecerá y a esos contratiempos podría sumarse un caos en cuestiones legales, comerciales y financieras.

Corbin es el líder más izquierdista que ha tenido el laborismo en mucho tiempo y no puede arriesgarse a posibilitar, con sus dudas y vacilaciones, que los trabajadores pierdan empleos y capacidad de consumo por el aumento generalizado de precios y por la caída del comercio con el resto del Viejo Continente.

Esta semana, dos estrategias de guerra relámpago chocaron en la Abadía de Westminster, el edificio gótico donde se corona a los monarcas desde que Guillermo el Conquistador recibió el cetro en el siglo XI.

El Parlamento logró vencer al “zar Boris” en una épica batalla. Falta

ver si fue “la madre de todas las batallas”.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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