LIBROS | 12-03-2020 18:50

El mapa y el territorio

“Leyenda negra”, de Osvaldo Aguirre. Tusquets, 221 págs. $ 680.

Bajo un título tal vez convencional, se desarrolla una novela de “seria negra” muy peculiar, tanto en la obra de Aguirre, como dentro del género en Argentina. En el centro está el asalto de bancos, actividad de una verdadera banda. Hay tres partes y un “anexo”. Cada trozo del argumento está encarnado en una voz, en una textura sintáctica y lingüística.

La primera parte es la más extensa: despliega una especie de breve historia previa a un asalto clave final. La cuenta un integrante del “golpe”, y tiene la densidad y la fuerza necesarias para convertirse en el cimiento para construir no solo el relato, sino también el “mensaje” del texto. Es la de alguien que recuerda la ciudad anterior (la no nombrada, pero reconocible Rosario) y mira la actual (a la que le llama “la zona”, a lo Saer) críticamente. Si fuera por él (dice) juntaría dinero y se iría a vivir a la isla, para escapar de los cambios, que le provocan disgusto.

En vez de eso se mete en un plan complejo. Aguirre emplea a fondo sus sapiencias (ha sido periodista de policiales durante largo tiempo y autor de libros como “Todos mienten” y “El año del dragón”), también investigador de casos policiales históricos, o de temas sociales candentes (“La oscuridad dentro de mí. El relato femicida”). Otro rasgo es el modo en que se disuelven los personajes en el sentido convencional, psicológico. Se destaca Dámaso, el principal ladrón, y pronto la generación del “código” de los criminales entre sí, un hilo tan fuerte que hace pensar en el “western”, y que se come todo.

La segunda voz, más breve, es la de una mujer, más supersticiosa, intuitiva, en el fondo leal. Los cruces, tensiones y atracciones entre hombres y mujeres nunca se desatienden. La tercera es la voz del único juez “bueno” de Tribunales. Ese plano, el deterioro casi comparable al de la policía (lugar común de la “serie negra” argentina) que sufre el sistema judicial por su progresiva entrada en la corrupción, es otro rasgo importante.

El relato funciona por el impulso feroz hacia adelante, por asumir los riesgos de un “romanticismo no sentimental” (según define la solapa), por conocimiento intuitivo de “la zona”. Cuando algo falla en la acción, fue porque el auto clave no supo salir del laberinto “hacia al río”. En un giro brusco, al final Dámaso es ya un mito viviente. En un gesto pleno, el relato apuesta allí a full por el código de los criminales, y contra el derrumbe de la Ley, con una intensidad tajante, casi metafísica.

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Elvio E. Gandolfo

Elvio E. Gandolfo

Crítico de Libros.

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