NOTICIAS URUGUAY | 11-11-2019 19:32

Convulsión regional

Ya no es Venezuela el único dolor de cabeza. Fundamentalismos y choques se extienden por América.

A principios de este año la atención en esta región parecía circunscribirse a la situación de la República Bolivariana de Venezuela, donde la crisis política, económica, comercial y cultural daba muestras de un importante desgaste del gobierno dictatorial de Nicolás Maduro. Pero pese a las intensas y continuas protestas ciudadanas reprimidas violentamente, a la proliferación de presos políticos, a la constante emigración, a una economía en quiebra, y a una importante presión internacional, esa dictadura se mantiene tambaleante pero desafiante.

A lo largo del año 2019 comenzaron a surgir otras novedades en materia política en distintos países de América del Sur, que demuestran fracturas sociales, con divisiones en dos grandes sectores, y con ideologías difusas en su contenido pero certeras en sus objetivos, en una especie de péndulo que variaba oscilante entre gobiernos con distinta impronta ideológica.

Esta visión dual de los gobiernos en América del Sur parece de difícil explicación, salvo por el retorno a los fundamentalismos ideológicos propiciados desde el Foro de San Pablo, aplicados en los modelos populistas y progresistas, con mayor énfasis y virulencia ante aquellos categorizados como “neoliberales”. Y por la otra parte, se encuentran los modelos que reaccionaban a ese denominado “populismo” propiciando economías más liberales en todo sentido.

Los famosos “modelos de gobierno” invocados por tirios y troyanos para justificar una confrontación de ideas, cuyo objetivo principal debería ser el logro del bienestar de los ciudadanos, han fracasado porque en sustancia han propiciado una falsa oposición entre “buenos o malos”; esto es, una “grieta” social como acertadamente se la categoriza modernamente.

Pues bien, estas sociedades “duales” propiciadas por corrientes populistas, tuvieron su primer traspié en la República Federativa del Brasil con la asunción del presidente Bolsonaro. Esto, sin perjuicio de que ya habían existido señales similares con la asunción del presidente Macri en la República Argentina, y el presidente Piñera por segunda vez en la República de Chile.

Esta realidad pendular vuelve a ser objeto de movimientos en este región, en ocasiones producto de las urnas como sucedió recientemente en la República Argentina, otras veces desconociendo el resultado de las urnas como en el caso del Estado Plurinacional de Bolivia. Pero lo más preocupante es la “violencia doméstica” desestabilizadora que se instaló en la República de  Ecuador y en la República de Chile, sin olvidar la aún no resuelta confrontación del Perú.

La situación de Uruguay, luego de los comicios del domingo 27, depende en buena parte de la definición en la segunda vuelta, pero la tradición histórica de nuestro país es de absoluto y total respeto al resultado electoral, precedido de elecciones libres y democráticas.

La descripción realizada nos permite afirmar la existencia de “una institucionalidad devaluada” en la región, tanto a nivel de los países como de los organismos políticos regionales. Y ello es producto de una sociedad civil partida en dos, como una especie de “guerra fría” moderna, pero sin profundidad ideológica y que apela a preconceptos tanto de derecha como de izquierda.

Independientemente de cualquier consideración ideológica, lo cierto y real es que estas sociedades duales o divididas, alentadas por los partidos o sectores políticos o desde foros regionales, no resuelven los verdaderos problemas de la gente en su conjunto. Y desde  nuestro punto de vista, no es la polarización el camino del futuro de la región.

La mayor preocupación entonces se encuentra, en asumir por parte de la sociedad civil en su más amplia dimensión, y especialmente por parte de sus representantes políticos, la necesidad de evitar la profundización de la “grieta social”.

Esto es. comenzar a instrumentar los mecanismos para superar la división social existente, que es producto de un deterioro que ha llevado ya mucho tiempo, y naturalmente se requiere también mucho tiempo para revertirlo. Esto no se puede lograr con enfrentamientos violentos (asonadas, saqueos, etc.) y, por el contrario, las democracias se deben fortalecer para canalizar en forma pacífica los intereses y aspiraciones de la sociedad civil. Para ello no son los estereotipos conceptuales la solución, sino “escuchar y atender” las reales necesidades de la gente.

No quisiera finalizar esta columna sin advertir que la problemática planteada, no es patrimonio de esta región, y los ejemplos de Hong Kong, los chalecos amarillos en Francia, el Brexit, y otras experiencias similares, son demostrativos del alcance mundial de estos nuevos fenómenos de expresiones sociales en ocasiones pacíficas y en otras violentas que se han instalado en la comunidad mundial, y que ésta no ha podido encauzar adecuadamente.

por Jorge Fernández Reyes

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