Domingo 26 de septiembre, 2021

OPINIóN | 03-09-2013 17:17

EE.UU. y Siria: el mundo es una zona liberada

Bashar al-Assad se encuentra en la mira de los Estados Unidos y Europa por la matanza perpetrada en su país.

Cuando Barack Obama se instalaba en la Casa Blanca, tanto él como muchos otros creían que, por deberse casi todos los problemas del mundo musulmán a la agresividad imperialista de George W. Bush, la mejor forma de solucionarlos consistiría en hacer lo menos posible salvo pronunciar algunos discursos humildes en que criticó con vehemencia a lo hecho en el pasado por su propio país. Las consecuencias de tanta ingenuidad ya están a la vista. Al anunciar el gendarme internacional que deseaba jubilarse, el mundo empezó a parecerse cada vez más a una zona liberada.

Desde el norte de Nigeria hasta los confines orientales de Afganistán, para no hablar del sur de Filipinas y los enclaves islámicos de Europa, una multitud de guerreros santos se han puesto a aprovechar lo que toman por la debilidad irreversible del Occidente, asesinando, con brutalidad aleccionadora, a quienes se niegan a someterse a su propia versión de la única fe verdadera.

No existen motivos para suponer que se trate de nada más que una etapa acaso complicada pero así y todo breve en la marcha hacia la democracia liberal y el desarrollo económico que fue prevista por los entusiasmados por el inicio de “la primavera árabe”. Lo más probable es que resulte ser el comienzo de una inmensa tragedia, del hundimiento en un océano de sangre de una serie de sociedades superadas por el desafío que les ha planteado la modernidad inexorable en un mundo que está haciéndose cada vez más “competitivo”.

En un país tras otro, en Nigeria, Libia, Egipto, Yemen, Irak, Afganistán, Pakistán y, claro está, Siria, pocos días transcurren sin que mueran docenas, a veces centenares, de personas en matanzas sectarias o atentados terroristas. Los gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, horrorizados por lo que está sucediendo en regiones que habían dominado hasta hace muy poco, quisieran intervenir para restaurar un simulacro de normalidad, pero, salvo en países poco poblados y por lo tanto no muy riesgosos como Malí, son reacios a enviar tropas.

Prefieren mantener cierta distancia, como hicieron cuando pulverizaron a los leales al extravagante tirano libio Muammar Khaddafi, de ahí el uso de drones en Yemen, Afganistán o las zonas tribales de Pakistán, y la decisión de emplear misiles “quirúrgicos” en Siria para castigar, pero no para derrocar, al dictador Bashar al-Assad por haber empleado armas químicas contra civiles, cruzando así una de las muchas “líneas rojas” trazadas por los norteamericanos, británicos y franceses.

A Obama no le ha gustado para nada asumir un papel que es virtualmente idéntico al desempeñado en su momento por Bush. Puede que entienda que es, por decirlo de algún modo, “eurocéntrico”, atribuir todo cuanto ocurre en el mundo a la maldad occidental, ya que otros pueblos también se sienten protagonistas de la historia y son plenamente capaces de cometer delitos de lesa humanidad por sus propios motivos, pero, lo mismo que sus homólogos europeos, el presidente norteamericano ha llegado a la conclusión de que las circunstancias lo obligan a actuar. Al fin y al cabo, es líder de una “superpotencia”.

Merced a la proliferación de medios de comunicación electrónicos, el mundo se entera en “tiempo real” de los detalles espeluznantes de episodios como el que, hace poco más de una semana, dejó más de mil muertos, entre ellos muchos niños, en un suburbio de Damasco. En 1988, cuando el iraquí Saddam Hussein bombardeó la localidad kurda de Halabja con agentes químicos, y mató a más de 5.000 hombres, mujeres y niños, el impacto mediático fue decididamente menor, de suerte que el presidente Ronald Reagan, que respaldaba a Irak en su guerra contra Irán, pudo optar por mantener un silencio diplomático.

La voluntad de intervenir, si bien de manera meramente punitoria, en Siria, de los únicos gobiernos occidentales que disponen del poder militar suficiente como para permitirles hacer algo más que suplicar a los combatientes respetar ciertos límites se debe al temor a que la guerra civil feroz que está librándose se extienda a los países vecinos primero y, poco después, a Europa.

No es ningún secreto que entre los “rebeldes” se encuentren muchos yihadistas nacidos en Europa y América del Norte, la mayoría de familias musulmanas aunque también hay algunos conversos atraídos por el machismo de la guerra santa, que podrían hacer buen uso de lo aprendido en el Oriente Medio en sus países de origen. Asimismo, el que los “rebeldes” sunitas ya se hayan habituado a culpar a la “comunidad internacional” por no darle el apoyo que suponen merecer les ha proporcionado un pretexto para atacar blancos occidentales.

Es factible que, de haber intervenido hace un par de años con fuerzas adecuadas en Siria, Estados Unidos y sus aliados hubieran podido impedir una catástrofe que ya ha costado más de 100.000 vidas y la transformación en refugiados de aproximadamente dos millones de personas, pero la verdad es que nunca hubo la menor posibilidad de que actuaran así antes de que el desastre se hiciera evidente. En cuanto a la política minimalista de medidas punitorias destinadas a asegurar que nadie emplee las llamadas armas de destrucción masiva, a lo sumo servirá para mostrar que los viejos leones imperiales distan de ser tan impotentes como muchos se han convencido, aunque también podría provocar una reacción airada por parte de los padrinos rusos y, lo que sería más peligroso aún, iraníes de Al-Assad.

Mientras que los estadounidenses y europeos tratan de decidir lo que les convendría hacer en Siria y rezan para que Egipto no se vea desgarrado por una guerra civil todavía más sanguinaria, los teócratas de Irán siguen impulsando su programa nuclear que, de no frenarlo a tiempo Estados Unidos o Israel, pronto les proporcionará el arsenal atómico chiíta con el que sueñan desde hace décadas.

Luego del colapso de la Unión Soviética, los dirigentes occidentales, tanto conservadores como progresistas, se las ingeniaron para persuadirse de que en adelante todos los pueblos lograrían convivir en paz en un clima de tolerancia mutua. Tal ilusión siempre fue poco realista. Aunque los norteamericanos, después de la debacle en Vietnam y la truculenta posguerra de Irak, sienten aversión a las aventuras bélicas en lugares remotos, y los europeos no se han recuperado del trauma que fue provocado por el nazismo, en otras partes del planeta muchos continuaban resistiéndose a abandonar sus ambiciones y modalidades tradicionales.

Por el contrario, como ha sido el caso desde que el mundo es mundo, les parecen ridículas las afirmaciones de quienes les informan que “la guerra nunca soluciona nada”. A su entender, solo los pusilánimes hablan así y, lejos de sentirse debidamente impresionados por la superioridad moral de los pacifistas, se preparan para sacar provecho de su presunta debilidad. Así, pues, al propagarse la convicción de que los norteamericanos están batiéndose en retirada en Afganistán, no solo los talibán sino también los soldados del enjambre de grupos engendrados por Al-Qaeda están intensificando la contraofensiva contra “el imperio”. De más está decir que una intervención limitada en la confusa guerra civil de Siria, en la que Estados Unidos, sin proponérselo, se ha aliado “objetivamente” con Al-Qaeda, no contribuirá a modificar el panorama.

La modernidad, por llamarla de algún modo, es esencialmente occidental. La resistencia islamista es una reacción, la más poderosa y más prolongada de muchas, contra las fuerzas que fueron desatadas por Europa y Estados Unidos y que, impulsadas por una revolución científica incesante, ya son inmanejables. Puesto que el islamismo, el regreso al orden que supuestamente imperó hace más de mil años, es incompatible con el progreso material, las sociedades en que sectores importantes se sienten seducidos por la prédica furibunda de miles de clérigos rabiosos enfrentan un futuro caótico. Por motivos tanto humanitarios como de interés propio, los líderes norteamericanos y europeos quisieran ayudar a dichas sociedades a adaptarse a circunstancias que les son ajenas, pero sencillamente no saben qué les convendría hacer.

Por motivos que tienen más que ver con el egoísmo que con el respeto por culturas radicalmente distintas, no quieren asumir demasiadas responsabilidades, como hubieran hecho sus antecesores imperialistas, pero a menos que lo hagan tendrán que resignarse al rol nada digno de espectadores pasivos que lloran sobre los cadáveres de víctimas inocentes de las atrocidades que se perpetúan a diario sin animarse a hacer lo necesario para poner fin a la carnicería.

Asimismo, por tratarse de democracias, en Estados Unidos y Europa los políticos tienen que tomar en cuenta la opinión pública. Entienden que en los días que siguen a una matanza excepcionalmente cruenta, una mayoría coyuntural podría estar a favor de una intervención militar, pero que no tardaría en cambiar de actitud si las consecuencias inmediatas no son las esperadas. Es muy fuerte, pues, la tentación aislacionista, de procurar mantener a raya todo lo vinculado con los conflictos que están convulsionando el Oriente Medio, incluyendo a los muchos miles de refugiados que tratan de entrar en Europa atravesando el Mediterráneo en embarcaciones precarias o cruzando a pie la frontera entre Grecia y Turquía.

El autor es periodista y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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