Lunes 20 de septiembre, 2021

OPINIóN | 10-09-2013 17:26

Peronismo trashumante

Chau camporismo. Los jóvenes K que idolatran al ex delegado de Perón fueron corridos de la campaña por CFK.

Nómadas por naturaleza, muchos peronistas que hace diez años optaron por asentarse en territorio kirchnerista están levantando el campo para ir en busca de un nuevo hogar. Algunos, entre ellos el gobernador bonaerense Daniel Scioli, han preferido demorar su partida porque son reacios a permitir que otros se queden con cosas que podrían resultarles útiles en el futuro, pero pocos dudan de que dentro de poco ellos también se irán. Tendrán que hacerlo. Ya se han agotado los recursos que, por un rato, les hicieron irresistible “el espacio” que fue colonizado por el pragmático matrimonio santacruceño, razón por la que, una vez más, tantos peronistas e integrantes de agrupaciones aliadas se han puesto en movimiento.

¿Y Cristina? Puesto que no le será dado acompañar a los demás compañeros en la gran migración hacia un lugar a su entender más acogedor, vacila entre procurar convencerlos de que sigue siendo tan poderosa como antes y que por lo tanto deberían obedecerle por un lado y, por el otro, mostrarse tan capaz como el que más de adaptarse a las circunstancias, de ahí la decisión de eximir del pago de Ganancias a la mayoría de los asalariados, cediendo ante el reclamo estentóreo de buena parte de la oposición y sindicalistas como Hugo Moyano, el encuentro, en Río Gallegos, con “los dueños de la pelota” del empresariado y el sindicalismo amigo para participar con ella de un “diálogo” en que, según el mandamás de la UIA, Héctor Méndez, tenía “buena onda”, y sus esfuerzos no demasiado vigorosos por asumir una actitud un tanto menos altanera que la que le es habitual.

A Cristina le está costando adaptarse al cambio de clima que se vio confirmado de forma tan cruel por los resultados de las primarias del 11 de agosto. Podría seguir gobernando, como la autócrata nata que a buen seguro es, con una caja semivacía si aún estuviera en condiciones de garantizar a sus socios políticos votos en cantidades suficientes, pero parecería que le ha abandonado el “carisma” misterioso que, combinado con la pobreza de la oferta opositora, durante años le permitió dominar el escenario político nacional.

Para deshogarse, Cristina se divierte enviando urbi et orbi mensajes desconcertantes a través de Twitter, sin preocuparse en absoluto por la eventual reacción de los blancos de los misiles electrónicos. Cuando habla el otro yo de la señora, el mundo tiembla. Así, pues, se las arregló para provocar un incidente diplomático al insinuar que el presidente chileno Sebastián Piñera había dejado las acciones que tenía en la aerolínea LAN en manos de testaferros –¿sería normal, no?–, acusación que los transandinos tomaron tan en serio que se sintieron constreñidos a recordarle que, en su país por lo menos, los políticos suelen respetar las leyes vigentes, sobre todo las relacionadas con la falta de “transparencia”, es decir, con la corrupción.

Ya antes de aquella jornada fatídica de agosto en que tanto se vino abajo, los estrategas del kirchnerismo habían llegado a la conclusión de que les convendría dejar, hasta nuevo aviso, a los militantes más belicosos en el banquillo de los suplentes, pero personajes como Carlos Kunkel, Diana Conti, Luis D’Elía, Guillermo Moreno, los muchachos y muchachas de La Cámpora y otros de mentalidad parecida no están acostumbrados a ser tratados como portadores de una enfermedad contagiosa. Por el contrario, se creen los únicos sanos en un país que, debido a décadas de tiranía burguesa, militar, neoliberal y oligárquica, necesitaría permanecer al menos medio siglo más en la sala de terapia intensiva kirchnerista para curarse de sus muchos males espirituales.

Como nos advirtió hace poco Cristina, hay que impedir que los enemigos de la Patria, sujetos siniestros que disparan “balas de tinta” contra los defensores del “modelo” consagrado, sigan inyectándole “ideas extranjeras”, o sea, nociones ajenas a un relato que, sería de suponer, se basa exclusivamente en los aportes intelectuales de los pensadores querandíes o tehuelches precolombinos, ya que a esta altura sería difícil encontrar una sola idea que no sea de origen foráneo.

De todos modos, cambiar de estilo, aunque solo fuera con el propósito de minimizar la sangría de votos que según algunos alcanzará dimensiones catastróficas en octubre, aunque los hay que prevén que el Frente para la Victoria recupere algunos trozos del terreno perdido, es un operativo complicado para un gobierno que ha hecho de la confrontación virulenta con el pasado nacional y el mundo exterior, además de la mismísima realidad, su razón de ser. A los kirchneristas nunca les han gustado los matices. La experiencia les ha enseñado que es mucho mejor limitarse al blanco y negro, a hacer lo más ancho posible el abismo que los separa de sus enemigos, tratando de golpistas viles a quienes se atreven a discrepar con los apóstoles de la única fe verdadera. Aunque Cristina parece haber entendido que sería de su interés intentar congraciarse con el electorado, su actuación en tal sentido dista de ser convincente.

Es por lo tanto lógico que la campaña proselitista del oficialismo haya adquirido características bastante confusas. El teniente coronel Sergio Berni sorprendió a muchos al afirmar que “las cuestiones de inseguridad son objetivas y palpables y la gente las padece permanentemente”, contradiciendo así la línea gubernamental según la cual se trata de nada más que una “sensación” atribuible a la maldad de medios concentrados manejados por golpistas. Asimismo, el candidato a diputado nacional de Cristina, el intendente lomense Martín Insaurralde, se animó a confesar que, “para mí, la inflación es mayor a la del Indec”: en otras palabras, sabe muy bien que las estadísticas oficiales son fraudulentas y que a esta altura no vale la pena negarlo, aunque para suavizar el impacto de la herejía así supuesta imputó la diferencia a la resistencia de la gente de Moreno a “reajustarse a los tiempos y realidades”.

También en las huestes de La Cámpora están proliferando síntomas de indisciplina. Es comprensible: comprometidos como están con un relato heroico, a los militantes más enfervorizados no les gusta para nada tener que subordinar todo a exigencias electoralistas como si fueran políticos comunes, pejotistas veteranos habituados a “reajustarse”, alimentándose de sapos de todas las especies para conservar un buen sitio en el estrambótico organigrama del movimiento. Frente a la represión en Neuquén de una protesta violenta encabezada por ultraizquierdistas encapuchados contra la aprobación por la Legislatura provincial del acuerdo de YPF con la petrolera yanqui Chevron, La Cámpora rompió con el Gobierno para repudiar con dureza los métodos empleados por la policía, discrepando así con Oscar Parrilli y Julio De Vido que atribuyeron el episodio truculento al accionar de “intereses que están en contra de la Argentina”.

Así, pues, mientras que Berni e Insaurralde se han alejado un poquito del kirchnerismo preelectoral, acercándose, aunque fuera subrepticiamente, al terreno que en la actualidad ocupan Massa y sus simpatizantes, los militantes de la organización que fue armada por el apenas visible hijo de Cristina, Máximo Kirchner, se aferran al viejo credo. Aún no entienden que en política los ideales y principios son a lo sumo instrumentos retóricos que se usan para engatusar a los incautos, pero que ninguna persona sensata pensaría en tomar al pie de la letra.

Como no pudo ser de otra manera, la soberbia de los convencidos de su propia superioridad ideológica y moral siempre ha molestado sobremanera a quienes saben muy bien que, en el mundillo darwiniano de la variante peronista de la política nacional, hay que adaptarse continuamente a circunstancias nuevas, reemplazando paradigmas obsoletos por otros más apropiados para los tiempos que corren. Es lo que hicieron los muchos, entre ellos Massa y Amado Boudou que, luego de una etapa neoliberal, se convirtieron en duhaldistas, para entonces evolucionar con la rapidez indicada transformándose en kirchneristas. Por razones comprensibles, tales mutantes no quieren a quienes todavía no han aprendido que nada es permanente, que a menudo la verdad revelada de un año resulta ser una mentira despreciable, condenada por casi todos, el siguiente.

¿Sobrevivirá La Cámpora por mucho tiempo en la Argentina poskirchnerista que está conformándose? Es poco probable. Si bien algunos cuadros conseguirán reubicarse, los demás se verán expulsados de los organismos en que, merced al dedo implacable de Cristina, lograron insertarse. Los más notorios ocupan lugares de privilegio en el Gobierno nacional y afines, pero los peronistas, en especial los de origen sindical, los ven como cuerpos ajenos, infiltrados parecidos a aquellos montoneros de los años sesenta y setenta que se imaginaban capaces de apoderarse del liderazgo del movimiento improvisado por el general Juan Domingo Perón. Felizmente para los camporistas, los tiempos han cambiado. A diferencia de sus antecesores –en ciertos casos sus padres o abuelos–, no enfrentan el peligro de terminar liquidados en un baño de sangre, pero así y todo sus perspectivas distan de ser tan brillantes como creían hace menos de dos años cuando, con el apoyo de una presidenta recién plebiscitada, iban por todo.

James Nielson es periodista y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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