OPINIóN | 17-01-2014 11:00

El Vatayón Milani

Luego de ensañarse durante años con los militares, CFK decidió perdonarlos.

Cristina es una mujer generosa. Luego de ensañarse durante años con los militares por haber combatido el terrorismo bueno con métodos que, de haber sido otras las circunstancias, hubieran merecido la plena aprobación del Che Guevara, los jefes montoneros y otros de mentalidad similar que ocupan lugares en el Olimpo kirchnerista, decidió perdonarlos si aceptaran plegarse a su proyecto personal.

El hombre elegido para encabezar el nuevo ejército popular es César Santos del Corazón de Jesús Milani. Lejos de sentirse perturbado por la voluntad de la señora de politizar fuerzas armadas que se suponían definitivamente despolitizadas, el pronto a ser teniente general no tardó en entender que le había brindado una oportunidad tal vez irrepetible para desempeñar un papel destacado, tal vez muy destacado, en el escenario nacional. Puede que haya acertado: al país le aguardan tiempos turbulentos que Milani, un especialista en lo que los militares llaman inteligencia, sabrá aprovechar.

Como tantas otras decisiones de Cristina, la de forjar una alianza estratégica con Milani dejó boquiabiertos a muchos kirchneristas. Para algunos, el acercamiento resultó casi tan traumático como el pacto entre Hitler y Stalin para los progres de otros tiempos. Los que tomaban en serio el supuesto compromiso de la Presidenta con “los derechos humanos” –o sea, con los de treinta o cuarenta años atrás– protestaron contra lo que vieron como una traición.

Si bien los fieles están acostumbrados a tragar sapos, solo los más voraces han logrado digerir el ascenso de un oficial denunciado por haber cometido graves violaciones de los derechos humanos en los años setenta y que, para más señas, ha sido acusado de enriquecerse por medios heterodoxos. Así y todo, los leales a más no poder, entre ellos Hebe de Bonafini, han defendido el cambio de rumbo ordenado por la Presidenta con su vehemencia habitual. Se entiende: para Cristina y sus incondicionales, Milani ya es tropa propia.

La irrupción imprevista de un general político que, lo mismo que otros de su especie, estará más interesado en las preferencias ideológicas de sus subordinados que en sus eventuales cualidades profesionales, ha hecho retroceder el país a los días en que las fuerzas armadas constituían un “poder fáctico”, un “partido militar” que servía de alternativa a la democracia civil cuando esta flaqueaba, lo que sucedía con cierta frecuencia. Los gobiernos de Raúl Alfonsín y, si bien por motivos bastante distintos, Carlos Menem, se esforzaron por expulsar a los militares de la arena política.

Hasta hace poco, parecía que los kirchneristas estaban resueltos a rematar la faena. Además de perseguir judicialmente a los militares y hostigar a los que llevaban apellidos urticantes, hambrearon a las fuerzas armadas, privándolas de recursos materiales y funciones, para dejarlas tan impotentes que en el caso –por fortuna, nada probable– de que el país tuviera que enfrentar una invasión boliviana, paraguaya o uruguaya, les sería muy difícil repelerla. Incluso movilizarse podría suponerles problemas presupuestarios insuperables.

¿Por qué, pues, optó Cristina por arriar la bandera sagrada de “los derechos humanos” que tantos beneficios le ha proporcionado para solidarizarse con un militar que, conforme con las pautas reivindicadas por las entidades que dicen estar defendiéndolos, es un represor, cuando no un genocida? ¿Qué recibió a cambio? Parecería que lo hizo porque se siente tan aislada, y por lo tanto tan expuesta a los ataques de sus muchos enemigos, que quiere contar con el apoyo de uniformados que presuntamente le serán más leales que los policías, que en cualquier momento serían capaces de autoacuartelarse para que los saqueadores volvieran a sus andanzas, y los gendarmes que también tienen motivos de sobra para amotinarse nuevamente. Por cierto, los piqueteros oficialistas, las barras bravas ídem, los muchachos de La Cámpora y los delincuentes del Vatayón Militante no estarían en condiciones de asegurarle al kirchnerismo el control de la calle si, de resultas del ajuste que está en marcha, se produjeran disturbios violentos en los meses próximos.

Para justificar ante los kirchneristas vacilantes la incorporación a su proyecto de Milani y sus hombres, Cristina podrá aludir a la experiencia aleccionadora del chavismo venezolano. En Venezuela, como en Cuba, las fuerzas armadas cumplen un rol protagónico. De no ser por ellas, tanto el chavismo como el castrismo ya serían historia. Por lo demás, no solo en los países caribeños sino también en otras partes de América latina, quienes fantasean con cambios que a su entender serían “revolucionarios” suelen ser tan militaristas como cualquier despistado que aquí siente nostalgia por el Proceso. La franja izquierda del mapa ideológico regional está tan poblada de “comandantes” que no extrañaría del todo que Cristina, consciente de que ya le es demasiado tarde como para intentar organizar auténticas milicias populares, quisiera verse acompañada por un uniformado que jura tener opiniones debidamente progresistas.

Sin disponer de mucha plata, Milani se ha puesto a congraciarse con sus hombres ascendiéndolos. El matutino porteño La Nación nos recuerda que en el Ejército ya hay 55 generales al mando de apenas 17.000 soldados. Los más felices por la actuación de Milani son los oficiales de su propia especialidad, inteligencia. Conforman la elite del Ejército nacional y popular, lo que es un tanto raro en un país en que por ley los militares no pueden dedicarse al espionaje interno.

Aunque solo fuera para mantenerlos tan ocupados que no caigan en la tentación de conspirar, como hacían en los buenos tiempos, el Gobierno tendría que confiarles algunas tareas útiles. A los militares mismos les gustaría participar de la lucha contra el narcotráfico. Para que lo hicieran sería forzoso modificar la ley, algo que los legisladores K no titubearían en hacer ya que podrían atribuir la reforma correspondiente a la necesidad de derrotar a los narcos que se han hecho fuertes en Rosario y algunas partes del conurbano bonaerense. Para los militares, sería un buen comienzo; un punto de partida desde el cual podrían ampliar sus actividades hasta que, andando el tiempo, hayan reconquistado todo el territorio que tuvieron que abandonar en los años que siguieron a la derrota en las Malvinas y el desplome de la dictadura más reciente.

Lo más llamativo de Milani no es que haya sido denunciado por abusos de los derechos humanos; en los años setenta, los jefes militares querían asegurarse el silencio de los subordinados forzándolos a perpetrar atrocidades o a asistir a operativos de legalidad dudosa. Es que, a diferencia de todos sus antecesores inmediatos, el jefe del Ejército ha asumido una postura política bien clara a favor de un “proyecto” determinado, uno que, para más señas, a juzgar por los resultados de las elecciones de octubre del año pasado y los acontecimientos de los meses siguientes, se ha hecho decididamente minoritario en el país.

Por ambición personal o porque, como tantos gobernadores provinciales e intendentes municipales, sabe que la mejor forma de conseguir dinero de Cristina consiste en adularla, Milani ha socavado su propia autoridad. Para un jefe militar, siempre es peligroso poner los pies en las arenas movedizas de la política. Si en adelante los ascensos dependen de las preferencias partidarias de los oficiales, se verán beneficiados los oportunistas y los “leales” a un movimiento que parece estar en vías de extinción, mientras que quedarán rezagados quienes no comparten todos los puntos de vista del jefe. Huelga decir que las víctimas de la discriminación ideológica resultante serán proclives a oponerse a aquellos superiores jerárquicos que deben su rango a nada más que su voluntad de repetir las consignas que coyunturalmente están de moda.

Los más preocupados por lo que está ocurriendo en el país no esperan nada positivo de Cristina; dicen que se conformarán con que no provoque daños irreparables en los casi dos años que todavía le faltan de su período constitucional. Quienes piensan así pecan de optimismo. Además de legar a su sucesores una economía devastada, Cristina les entregará un Ejército politizado, bajo el mando de un faccioso confeso, que podría verse desgarrado por internas feroces. Acaso suponga que un Ejército nacional y popular bajo el mando de Milani la ayudaría a defenderse contra los resueltos a obligarla a rendir cuentas ante la Justicia no democratizada.

Para la Presidenta, el destino del “modelo” ya será lo de menos. Tal y como están las cosas, su prioridad ha de ser impedir que su propio futuro sea peor que el pasado reciente del compañero Menem, lo que, desgraciadamente para ella, no le será tan fácil al multiplicarse las denuncias en su contra de enriquecimiento ilícito, lavado de dinero y otras transgresiones. Su estrategia, por llamarla así, consiste en huir hacia delante, “profundizando” su proyecto particular, que se parezca cada vez más al chavista. De otro modo, sería imposible explicar su voluntad de despilfarrar tanto capital político convirtiendo en un caudillo militar a un general de opiniones políticas tan insólitamente contundentes como las de Milani.

El autor es PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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