lunes, noviembre 11, 2019

OPINIóN | 04-04-2014 08:00

El mundo del zar Vladimir

Putin es un nacionalista ambicioso que siente nostalgia rencorosa.

El expansionismo está en el ADN ruso. Señalaba Henry Kissinger que, entre los días de Pedro el Grande a inicios del siglo XVIII y la consolidación del imperio soviético a mediados del XX, Rusia crecía como si todos los años se apoderara de un trozo de territorio del tamaño de Bélgica.

Pero en 1991 todo se vino abajo. Si bien la Rusia de Vladimir Putin es un país enorme, por lejos el mayor del planeta con 17 millones de kilómetros cuadrados, es un gigante débil cuya economía, que depende casi por completo de la venta de recursos primarios, es más chica que la de Italia. Rusia todavía cuenta con científicos brillantes, pero ha perdido terreno incluso en este ámbito tan importante.

Puede entenderse, pues, la nostalgia rencorosa que siente un nacionalista ambicioso como Putin. Cuando opinó que la caída de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” no lloraba por el hundimiento del comunismo sino por el colapso del poder imperial ruso.

No cabe duda de que quisiera restaurarlo por los medios que fueran. ¿Podrá? Es muy poco probable pero, lo mismo que otros, como los islamistas, que sueñan con rebobinar la historia para comenzar de nuevo, cree que valdría la pena tratar de aprovechar la oportunidad brindada por la pasividad bien intencionada –ellos dirían, pusilanimidad decadente– de las elites occidentales.

La voluntad evidente de los norteamericanos de replegarse para concentrarse en sus asuntos internos, dejando que otros se encarguen de cosas como asegurar la paz mundial, y la falta de voluntad de los europeos de abandonar ilusiones propias de quienes se habían acostumbrado a creer que sus aliados transatlánticos nunca dejarían de protegerlos contra enemigos externos, han servido para difundir la impresión de que ha llegado a su fin la urticante hegemonía occidental y que el mundo ha entrado en una etapa multipolar.

Puede que tales juicios sean prematuros, pero es innegable que están incidiendo en la conducta de docenas, tal vez centenares, de potentados menores, entre ellos los teócratas iraníes, el dictador sirio Bashar al-Assad, los cabecillas de un enjambre de bandas islamistas, los líderes de China y, desde luego, el autoritario presidente ruso que se ha habituado a hacer alarde de su machismo y de su desdén por la supuesta decadencia occidental.

Hace apenas un par de meses, cuando Putin ponía en marcha el operativo relámpago que culminó con la anexión definitiva de la península hasta entonces ucraniana de Crimea, el secretario de Estado norteamericano John Kerry se mofó de “una acción del siglo XIX en el siglo XXI”.

Como su jefe, Barack Obama y los líderes europeos, Kerry parece habérselas arreglado para convencerse de que aquellos viejos métodos decimonónicos que le parecen penosamente anticuados no pueden funcionar en el mundo esclarecido actual en que, supone, bajo la piel todos son pacifistas más interesados en adquirir bienes materiales que en las fantasías a menudo sanguinarias que tanto fascinaban a sus antepasados truculentos.

Por desgracia, solo se trata de una expresión de deseos, de una versión progre del “fin de la historia” que veinte años atrás sedujo a ciertos neoconservadores; suponían que, esfumada la Unión Soviética, Estados Unidos era la única superpotencia que quedaba en pie.

También creían que el mundo entero quería emularlo para disfrutar de los mismos beneficios y que les correspondía movilizarse para ayudarlo a conseguirlos. Andando el tiempo, se darían cuenta de que, fuera de sus propios enclaves, abundan las personas que se aferran a normas que son radicalmente distintas de las reivindicadas en público por casi todos los políticos norteamericanos y sus homólogos europeos.

Aunque los reacios a prestar atención a quienes les dicen que el mundo ha cambiado son conscientes de los riesgos que podrían suponerles sus aspiraciones atávicas, saben muy bien que a menudo la fuerza física puede ayudarlos a alcanzar sus objetivos, sobre todo si los presuntos defensores del statu quo son reacios a hacer mucho más que hablar de castigos simbólicos o, a lo sumo, sanciones económicas que los empresarios norteamericanos y europeos considerarían excesivos.

Para Putin, Crimea, una región ya autónoma en que la mayoría abrumadora es de habla rusa y en que, para más señas, ya tenía bases militares, resultó ser una presa fácil. Lo extraño no es que la población haya festejado el zarpazo del Kremlin sino que antes de la intervención no hubiera ningún movimiento independentista, secesionista o anexionista significante.

De haber existido uno, al régimen ruso no le hubiera sido demasiado difícil persuadir, de manera menos prepotente que la elegida, a los ucranianos de que les convendría respetar la voluntad popular, pero Putin, enojado por el éxito del golpe civil que reemplazó al presuntamente rusófilo Víktor Yanukovich por un grupo de eurófilos encabezados provisoriamente por Oleksandr Turchinov, decidió no perder el tiempo preparando el escenario para una eventual solución negociada.

He aquí la razón por la reacción indignada de los líderes occidentales. No son contrarios a la autodeterminación –en septiembre, los escoceses votarán en un referéndum que podría romper el Reino Unido–, pero entienden que sería peligrosísimo que Putin se creyera capaz de cambiar el mapa de Europa en base a principios que, de aplicarse universalmente, solo servirían para desatar el caos.

Para justificar lo que hizo en Crimea, Putin dice que es su deber proteger a los millones de rusos que viven en el exterior cercano. Así, pues, cree tener el derecho a intervenir no solo en Ucrania sino también en Estonia, Letonia y Lituania, donde constituyen una minoría importante, además de Moldava. Como nos recordaron la precandidata presidencial norteamericana Hillary Clinton y muchos otros, Adolf Hitler ocupó los Sudetes checos, una zona poblada por los descendientes de colonos alemanes, bajo pretextos idénticos a los usados por el mandamás ruso.

Por ser los países bálticos integrantes de la Unión Europea y la OTAN, sorprendería que Rusia procurara privarlos de zonas habitadas mayormente por rusohablantes que se sienten víctimas de discriminación, pero por si acaso, Estados Unidos y sus aliados europeos han comenzado a enviar unidades militares hacia el Este y se afirman dispuestos a realizar maniobras conjuntas con las fuerzas armadas ucranianas. Dadas las circunstancias, no tienen más opción. Ni Obama ni los europeos pueden darse el lujo de confesarse impotentes.

Por lo demás, de ponerse de moda el hipotético derecho de países poderosos a intervenir en otros para defender a compatriotas supuestamente amenazados, Beijing podría aprovecharlo para avasallar a vecinos como Indonesia, Filipinas y Malasia en que, desde hace siglos, las grandes comunidades chinas han sido víctimas de campañas de persecución parecidas a las sufridas por los judíos en otras partes del mundo.

Pudieron hacerlo cuando China era un país notoriamente débil pero, mal que les pese a los islamistas que viven en lo que para la superpotencia regional es su propia esfera de influencia, los tiempos han cambiado.

Otro argumento esgrimido por Putin es que el nuevo gobierno ucraniano es ilegítimo, por ser producto de un golpe civil, y que está lleno de matones fascistas, nazis y otros extremistas de origen igualmente maligno, y que por lo tanto merece ser tratado con desprecio. Tendrá razón, pero sucede que el gobierno ruso también está vinculado con “oligarcas” que lograron adaptarse sin muchos problemas a la realidad postsoviética.

Para la mayoría de los rusos y ucranianos, la “transición” desde el comunismo a una variante mafiosa de la democracia liberal ha sido una experiencia traumática, pero para una pequeña minoría conformada en buena medida por ex jerarcas del partido y sus parientes, ha sido maravillosa.

Muchos se convirtieron en multimillonarios en tiempo récord, para después divertirse comprando propiedades costosas en ciudades como Londres, además de clubes de fútbol, obras de arte, y otras cosas que a su entender sirven para conferirles el prestigio que tanto quieren.

De todas formas, aunque parecería que muchísimos rusos comparten con Putin la esperanza de que su país recupere el esplendor de antaño cuando, bajo los zares o los bolcheviques, era una potencia imperial intimidante, y por lo tanto subordinarían su comodidad personal a lo que tomarían por la gloria colectiva, para que Rusia resurgiera tendrían que resolver una serie de problemas estructurales que a esta altura parecen insuperables.

Las perspectivas demográficas son pesadillescas: la población rusa se reduce a una tasa del 0,5 por ciento anual, y todo hace pensar que este proceso nefasto está acelerándose; en la actualidad, es de 140 millones, pero se estima que en la segunda mitad del siglo habrá menos de 100 millones. La expectativa de vida de los hombres es de apenas 67 años.

En Siberia, zonas enteras están quedándose vacías; podrían llenarlas los chinos que mantienen latentes algunos reclamos territoriales heredados del pasado precolonial. En cuanto a la economía, depende tanto de las exportaciones de petróleo y gas que el aumento vertiginoso de la producción norteamericana, con la posibilidad real de que los precios bajen mucho en los años próximos y que los europeos encuentren otras fuentes de energía, pronto podría asestarle un golpe demoledor.l

El autor es PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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