jueves, noviembre 14, 2019

OPINIóN | 08-11-2019 10:35

Alberto Fernández, el aventajado

Por Rafael Bielsa - Perfeccionista, absorbente, meterete, al futuro Presidente le va a tocar capear una tormenta perfecta.

Prefiero hablar de Alberto Fernández desde mis percepciones adquiridas durante el tiempo en que compartimos el gabinete nacional, en lugar de hacerlo desde mis afectos, que llevan al alma como los pies al cuerpo. A veces, es preferible pensar con el recuerdo que sentir con los pies.

Alberto tiene una virtud inmediata: ver el lado bueno de las cosas. Quizás por eso carece de rencores, que son la caja fuerte de la venganza. De él puede esperarse un corte preciso de cirujano, sí, pero no la puñalada trapera. No es hombre de pasiones mustias. Practica como pocos políticos argentinos la máxima de Urquiza: “perdono lo que debo y olvido lo que puedo”.

Prefiere el costado de la calle iluminado por el sol, pero no cambia de ritmo si su rosa de los vientos le señala la sombra. No disfruta de la oscuridad neurótica de las obsesiones autodestructivas, aunque -si vale la pena- a la hora del enfrentamiento se dilatan las branquias de su nariz. Comparte las características hormonales del boxeador in fighter: no tiene miedo o logra provocarlo en el otro; se enfurece (lo suficiente, gracias al reóstato de su inteligencia); no tiene tiempo que perder con el rival. Lo que parece frialdad a veces (o cinismo, según algún opositor), no es otra cosa que la desconexión emocional voluntaria entre el cuerpo propio y el del contrincante.

Especie biológica dotada -por evolución adaptativa- de un fulmíneo instinto para distinguir a simple vista todo tipo de busquetas, buscaglias, buscapinas y otros Lazarillos de Tormes, Alberto los eyectará sin contemplaciones, salvo que tengan algún talento; en ese caso, los conservará en una séptima u octava órbita, mientras den lo que tienen para dar, en beneficio del interés del proyecto.

Sabe escuchar; no es de los que hablan para llenar los silencios. Alumno aventajado y profesor ferviente, oye lo que necesita saber y explica sus razones con economía, claridad expositiva y perentoriedad.

Como con él no hay luna de miel nunca, tampoco habrá final de la luna de miel. Desde el primer día será “claro como una lámpara, simple como un anillo”. No es timorato, y por consiguiente persistirá con sus iluminaciones, y hará oídos sordos a los cantos de sirena, a pesar de su pasión por la música, que ofrendó a las plantas de la política.

Perfeccionista, absorbente, meterete, le va a tocar capear una tormenta perfecta. No le va a importar que sea “tormenta”, mientras que sea perfecta.

 

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