OPINIóN | 25-10-2019 13:43

La ansiedad de las imágenes

Las representaciones visuales de nuestra persona que nos persiguen desde antes de nacer. El desafío de volver a criar con ambas manos.

Llegó corriendo y se detuvo delante del monumento. Contenta, eufórica, acomodaba su pelo enmarañado. Su amiga iba de prisa tras sus pasos, enajenada, sin mirar otra cosa más que su teléfono celular. De repente, se inmovilizó a la distancia necesaria. La chica despeinada dice:

- ¿Aquí estoy bien?, ¿Saco la lengua?

La no despeinada, a los gritos, desaprueba la idea y, siempre observándola a través de la pantalla, responde:

-¡Sonreí!

Al instante:

-¡Listo!, la envío. ¡Ahora sácame a mí!

Invierten posiciones. Luego, se alejan de la misma manera en que llegaron, en busca de otro objetivo.

Ser mirados es la consigna. Ser mirados para existir.

Existir en la época actual, es existir en las redes sociales donde la relación con el otro queda reducida a un intercambio de imágenes que intentan traslucir estados de felicidad absoluta y donde todos parecerían tener una vida de estrella hollywoodense.

De manera silenciosa, el vínculo entre las personas se ha ido desvirtuando. El mirar a los ojos a alguien ha quedado atrás. El mirar de hoy se define por una mirada refugiada y escondida detrás de una pantalla.

Los avances de la tecnología -una vez más- lo han hecho posible. Todo, absolutamente todo, puede ser fotografiado, filmado, relatado y “compartido”, casi en el mismo instante en que sucede. Sólo se requiere tener un teléfono y señal de internet. Si esto no sucede, las personas parecen entrar en un estado de desconcierto y desolación. El momento vivido deja de tener valor si no puede ser mostrado a los demás.

Desde su llegada al mundo, e incluso desde su período de gestación, el ser hablante deviene un objeto para un otro que lo mira. Así entonces, ya hay “algo” en el mundo que lo mira, antes de que él pueda ver su imagen en el espejo. En consecuencia, desde este primer momento, el niño queda entregado al orden de lo visible y, con el desborde de la tecnociencia, esa mirada toma una vertiente que lo escruta por todas partes: miradas para la memoria, fotografías para no perder nada, mirada administrativa que fiscaliza permanentemente y lo cosifican.

Ustedes fíjense: desde que está dentro del vientre de su madre, hay una obsesión por el retrato, por la captura de imágenes. Ecografías en 4D, que les anticipará a los padres cómo es la cara de su hijo, gran enigma que hoy en día no puede esperar nueve meses. Los padres llegan a pagar mucho dinero por estas imágenes que, lejos de brindar algo más que las tradicionales en lo que a la salud respecta, se promocionan por ofrecer alta definición en imágenes del bebé, particularmente del rostro. Sin embargo, como todo objeto que propone el mercado como garante de felicidad o satisfacción plena, nunca colma lo que promete. Muchas personas dicen haberse sentido impactadas, defraudadas, al ver estas imágenes comprimidas, modificadas por el medio en que se encuentran, del rostro del bebé. ¡Tan sólo había que esperar un poco más!

Luego, al nacer, llegará la segunda etapa: el niño se enfrentará a las cámaras. Será filmado, fotografiado y “compartido” -virtualmente, claro- en casi todos sus momentos y él se reconocerá (si es que logra realizarlo) primariamente en una imagen digital antes que en una imagen en el espejo.

De manera literal, la compulsión a la captura de imágenes muestra a los padres de hoy ofrecer a sus hijos una sola mano, y ustedes se preguntarán ¿por qué? La respuesta es simple: porque con la otra sostienen su teléfono celular que, en el mejor de los casos, lo está filmando o fotografiando al niño.

Digo en el mejor de los casos porque, para tomar un ejemplo concreto, más negativo es aún que una madre esté amamantando, sosteniendo con un brazo al niño y, con la mano del otro, escribiendo incansablemente mensajes en su teléfono celular. Entonces, volviendo al primer caso de un niño fotografiado o filmado, una mirada distraída y repartida, entre lo que el camarógrafo quiere obtener de la escena y el pequeño que, como todo bebé atento a los signos de amor, no deja de mirar a los ojos a esta madre o padre, pero también a este dispositivo electrónico, tan preciado en el contexto familiar, que lo intenta captar insistentemente en una escena digital.

El problema son los excesos. El problema comienza cuando el interés por la captura de imágenes desplaza a la vivencia en sí misma, cuando el interés por mostrar la escena cobra más importancia que el momento vivido. A los niños, la captura de estas imágenes no les suma. A los niños les son inigualables, irremplazables, las experiencias vividas. Dos brazos que lo levanten, una madre que mientras lo amamante, acaricie su rostro y lo mire a los ojos, le cante, le hable y transmita cosas que jamás en la vida, aunque no las recuerde, olvidará.

También te puede interesar

Galería de imágenes

En esta Nota

Paula Martino

Paula Martino

Psicoanalista.

Comentarios