Martes 2 de junio, 2020

OPINIóN | 28-03-2020 20:15

Los peores diez días de mi vida

Por María Pilar Padula. En primera persona, la odisea que tuvo que pasar una argentina que sufre una cardiopatía congénita para volver al país desde España en plena pandemia.

Toulouse, la ciudad medieval ubicada a 600 kilómetros de París, me pareció el lugar perfecto para conocer la cultura francesa sin gastar una fortuna. Sin embargo, el paseo que había planeado hacía más de un año fue el comienzo de una agonía que duró diez días. En esa ciudad sólo pude estar tranquila un par de horas, porque el 14 de marzo, Brian el conductor del Blablacar -una aplicación muy popular en el mundo que permite realizar viajes compartidos por muy bajo costo- me canceló el viaje al Principado de Andorra a causa del Coronavirus Covid-19. En ese instante, me invadió una mezcla de bronca, tristeza y desesperación que me hicieron pelear con el joven porque debía salir de esa región lo más rápido posible. Una hora después me enteré que, a partir de la medianoche, se clausuraban las fronteras entre ambos países. Mientras tanto, en Argentina, se había decretado el cierre de Ezeiza y el regreso era una incógnita.

Afortunadamente logré subirme al último colectivo que salía hacía la pequeña región gobernada por Francia y

España y fue allí sentada donde descubrí que las cosas se habían complicado de verdad. Por primera vez, el miedo se empezó a apoderar de mí.

Hacía más de dos semanas que estaba recorriendo Europa, junto a mi novio, y en todas las ciudades que visité me sorprendió que la gente en la calle no se cuidara. Un grupo de jóvenes cenaba hamburguesas dentro de un subte en Bruselas sin limpiarse las manos o una empleada de un supermercado de París, tosía, agarraba el dinero y servía el pan con la misma mano repleta de microbios. En mi caso, que padezco una cardiopatía congénita de nacimiento, esos descuidos no ocurren en mi vida cotidiana. Desde que me enteré en Madrid del primer caso de coronavirus en la ciudad me convertí en Blanca, el personaje de la película Toc Toc que se lavaba las manos después de tocar cualquier cosa por miedo a infectarse.

Una vez en Andorra, cuando pensé que las cosas se iban a recomponer ya que estaba acompañada también por mi hermano y su novia (ambos trabajaban en un centro de sky en la ciudad de Soldeu) se agravó situación. La aerolínea que debía traerme de regreso al país, el 19 de marzo, canceló mi vuelo y por supuesto, no daban respuestas. Diez personas llamando por teléfono a la empresa, todo el día y todos los días. Otras cinco intentando comunicarse con Cancillería y mientras tanto yo, llenando por décimo quinta vez el formulario de repatriación con la esperanza de que llegue el “recibido” o algún mensaje alentador para volver a casa,

pero no tenía suerte. Tampoco tuve éxito con el seguro médico, que cuando los contratas son los mejores del mundo ya que prometen salvarte de todas las pandemias y las guerras, pero al mostrarme preocupada afirmaron que “no se iban a hacer cargo si tenía coronavirus”.

En ese momento estallé, estaba a miles de kilómetros de casa, sin protección sanitaria y con la presión por las nubes. El miedo de enfermarme se unió al de necesitar medicación especial para mantener mi corazón enfermo tranquilo pues no tenía remedios para llevar adelante un tratamiento durante 15 días.

Mientras le pedía el milagro de volver a todos los santos, el universo y los familiares muertos, se decretó el Estado de alarma en Andorra: los infectados aumentaban y la cifra de muertos por los países que había pasado crecía sin parar.

El calendario fue mi gran aliado y la información que circulaba en las redes sociales, también. Todas las mañanas, abría las ventanas y aguantaba el aire por diez segundos para verificar que mis pulmones estuvieran “sanos”; después contaba los días que me separaban de los epicentros de la epidemia como Madrid, Londres y París. Así fui tachando el posible contagio.

Después de una espera que llevó más de una semana, logré comunicarme con Cancillería y explicarles los motivos de mi urgencia, acompañados de certificados médicos y permisos para que me ayuden a volver a

casa. No puedo negar que lloré varias veces para que me tuvieran compasión y comprendieran mi miedo a morir al decir “tengo una cardiopatía congénita, insuficiencia respiratoria y la arteria pulmonar dañada”. “Que lo resuelva tu aerolínea”, “hay mucha gente como vos”, “solo tenes que esperar”, eran las respuestas que recibía por WhatsApp o mi familia a través del 0800.

Finalmente, el milagro que tanto había exigido llegó porque pudimos comprar los pasajes para volver a casa. Como el endoso no fue posible nos endeudamos hasta dentro de dos años, pero no hay dinero que pague la tranquilidad de mi mamá ni de su papá. En ese momento, feliz con mi ticket, creí que tenía un pie en La Plata aunque lo peor, sí lo peor, estaba por llegar.

Dos días en colectivo me separaban del aeropuerto de Madrid, uno de los puntos más peligrosos del continente, en el que la situación se agravaba a diario. A raíz del aumento de casos, las empresas de transporte suspendían los servicio de un minuto a otro, aunque una vez más la suerte me acompañó para llegar, la madrugada del 24 de marzo, a Barajas.

En todo el tramo llevé conmigo barbijos, alcohol, toallitas desinfectantes y guantes. Creo que exageré pero al menos aportaban un gramo de tranquilidad a mi vida. Sin embargo, el panorama era desolador, más de 500 argentinos esperaban regresar como sea al país y ofrecían millones por la repatriación. De esa cifra, sólo 270 entraban en el avión e incluso muchos afirmaron tener el lugar confirmado pero luego no pudieron subir.

Le pasó a una pareja de rosarinos que estaba delante de mí.

Una vez en el avión, agradecí a todos los que habían colaborado con su ayuda. ¿Qué más me podía pasar? Una decena de pasajeros admitió síntomas y tenían una revisión médica especial, usaban barbijos y se autoaislaban para garantizar el bienestar del resto. Pero hubo un hombre que hizo todo mal, a tres asientos de distancia, en la fila 34, estaba él, sin reaccionar, tosiendo -sin ningún tipo de protección, ni siquiera tapandóse la boca con el codo- y a simple vista con mucha fiebre. Después de tres horas de viaje, el capitán pidió, como en las películas, si un médico se podía reportar. Fueron cinco, lo examinaron y debatieron la situación. A poco más de dos metros estaba yo, mirando cómo lo inyectaban, qué decían y entré en paranoia. No sólo me indigné con él sino con los tres familiares que lo acompañaban que tampoco admitieron su problema.

Ahora, estoy en La Plata, aislada. Mi familia me hizo todas las compras antes de llegar para evitar cualquier tipo de contacto. Sin embargo, no veo la hora que se pasen estos 14 días de cuarentena para sentirme, de una vez por todas, en paz.

por María Pilar Padula

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