Carlos y Donald Trump (CEDOC)
Todos contra Trump
La masterclass que dio en Washington sumó a Carlos III a la legión de celebridades que sopapean al jefe de la Casa Blanca: el Papa y los líderes de Alemania, Italia y España entre muchos otros.
Fue en el Capitolio donde finalmente se recibió de rey. Con elegancia británica, amable lucidez y el discreto encanto del acento inglés, Carlos III marchó a contramano de todos los posicionamientos de Donald Trump. Y cuando la totalidad de los legisladores demócratas junto a buena parte de los republicanos lo aplaudieron de pie durante largos minutos, fue el momento en el que Charles Philip Arthur George Mountbatten Windsor dejó de ser el hijo de Isabel II y se convirtió definitivamente en Carlos III, monarca del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, y soberano de los catorce reinos que integran la Commonwealth.
En el histórico edificio de Washington que en el 2021 hizo atacar por las turbas que causaron siete muertes, el personaje vil y arrogante que niega el cambio climático, le entrega Ucrania a Vladimir Putin y conspira contra la OTAN y contra la Unión Europea, recibió una lección de responsabilidad ambiental, defensa del sistema liberal-demócrata, importancia crucial del “checks and balances” en el equilibrio de poderes, así como también de valores occidentales, de la urgencia de frenar el agresivo expansionismo de Rusia, de la necesidad de respetar el derecho internacional y de que también en América haya quienes paguen las consecuencias de sus vínculos con Jeffrey Epstein, entre otras cosas.
“Los británicos tenemos con Estados Unidos todo en común, excepto el idioma”. Como si parafraseara aquella lúcida ironía de Oscar Wilde en El Fantasma de Canterville, el ilustre visitante se atrevió a decir en el escenario político norteamericano las razones por las que hoy los gobiernos del Londres y Washington parecen estar hablando idiomas diferentes.
Muchos en el Reino Unido y en Europa no podían creer que fuese ese rey insípido quien dijera ante el mismísimo Trump todo lo que el narcisista y malicioso presidente norteamericano detesta que le digan. Algunos hasta se habrán pellizcado para verificar que no fuera un sueño. Y efectivamente, no lo era. Quien cuestionaba las posiciones del magnate neoyorquino era el tímido rey al que todos saben inteligente y preparado, pero pocos imaginaban actuando más allá del protocolo y la formalidad.
En el célebre cuento de Wilde, el fantasma de Sir Simon Canterville expresa la flemática aristocracia británica mientras que la familia Otis, llegada desde un país sin pasado, prosapia ni tradición representa un mundo moderno que no sentía miedo por la presencia espectral que quería atemorizarlos sino que, por el contrario, tenía la insolencia de reírse y hacerle burla.
Carlos parafraseó en términos de significado la idea planteada por el poeta y dramaturgo de la era victoriana, pero no para resaltar la diferencia entre una alcurnia perezosa y una modernidad impertinente como el cuento aludido, sino para mostrar la abismal diferencia entre la visión geopolítica del actual líder norteamericano y la de los demás miembros de la OTAN, así como también la distancia oceánica entre el modelo iliberal que encarna Trump y la democracia liberal que defienden las centroizquierdas y las centroderechas europeas.
Lo que más le interesó remarcar al monarca británico en Estados Unidos es el deber moral de ayudar a Ucrania frente a la guerra criminal que le impuso Rusia. Su discurso dejó en claro que Trump aleja a Washington de sus aliados europeos, rompiendo un vínculo histórico que ha sido exitoso en términos militares, económicos y políticos. No lo dijo, pero se deduce que lo hace por identificarse ideológicamente con el asesino serial que habita el Kremlin, igual que las ultraderechas quintacolumnistas de Rusia que intentan destruir la UE y la alianza atlántica desde adentro.
No sólo del rey inglés recibió un sopapo. A Trump lo sopapeó también el primer Papa norteamericano de la historia, León XIV; la líder pos-fascista italiana Georgia Meloni; el líder español Pedro Sánchez, fortalecido por sus enfrentamientos con el jefe de la Casa Blanca y con otro de los líderes más criticados del momento: Bejamín Netanyahu. Hasta Tucker Carlson, el periodista pro-Putin que lo ayudó a volver al Despacho Oval, se distanció de él pidiendo disculpas a los norteamericanos que lo votaron guiándose por sus comentarios en Fox News.
Incluso el primer ministro eslovaco Robert Fico, otro quintacolumnista del Kremlin en la Unión Europea, empezó a despegarse de Trump tras la caída de Viktor Orban, el fan que tenían los presidentes de Estados Unidos y Rusia en Budapest. Pero el cachetazo que más le dolió fue el que le estampó en la mejilla otro líder centroderechista: el canciller de Alemania.
Frederich Merz puso en palabras la sensación que recorre el mundo sobre la guerra en Medio Oriente: la dictadura de los ayatolas “está humillando” al presidente de Estados Unidos que se lanzó al conflicto de manera torpe y negligente.
A todos ellos, Trump habría tildado de “perdedores” o “personas horribles”, como le respondió a la periodista de CBS que, tras el atentado en el Hilton, le preguntó lo que pensaba del manifiesto que escribió el fallido magnicida llamándolo “violador, pedófilo y traidor”. No gritó ni gesticuló, pero le dijo a Norah O’Donnell “eres una vergüenza” y una persona “horrible”
Lo sacó de quicio escuchar en boca de la reportera de CBS las tres palabras con que Cole Allen cargó lo que suponía su epitafio y fueron disparadas con excepcional puntería sobre la de por sí deteriorada imagen del presidente.
El atacante del Hotel Hilton fracasó en los dos objetivos que se había planteado: masacrar altos funcionarios y morir baleado por los cientos de agentes y guardaespaldas que se encontraban en el salón de la cena de corresponsales. Era de esperar que, antes de gatillar contra la cúpula del gobierno, gatillaría contra él un verdadero ejército vistiendo saco y corbata.
Dos fracasos pero un éxito inesperado: la munición verbal con que cargó su “manifiesto” impactaron donde tenían que impactar: el Talón de Aquiles del presidente que constituyen las denuncias de agresiones sexuales que tenía antes de entrar a la Casa Blanca, su servil funcionalidad a Putin y su oscuro vínculo con Jeffrey Epstein.
Trump sintió el impacto sobre su imagen pública, en avanzado estado de deterioro debido a sus vilezas y arbitrariedades.