Afd (Bloomberg)
Alemania en el espejo
La ultraderecha logró su mejor elección desde 1945 y Merz quedó herido. Europa ya discute migración en los términos que fijó la AfD.
El domingo 6 de septiembre, en un estado de poco más de dos millones de habitantes, Alemania se miró en un espejo que durante ochenta años prefirió no mirar. Alternativa para Alemania sacó el 43,8 por ciento de los votos en Sajonia-Anhalt, se quedó con 39 de las 83 bancas del parlamento regional y terminó a tres escaños de la mayoría absoluta. No es una elección federal, no define quién gobierna en Berlín. Pero el dato es el reflejo de una época: es el mejor resultado de la extrema derecha alemana en una elección desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
La otra cara del número es la que explica el temblor. La CDU, el partido del canciller Friedrich Merz, se derrumbó del 37,1 por ciento al 17,2%, y pasó de 40 diputados a 15. El SPD, Los Verdes y Die Linke quedaron amontonados en torno al nueve por ciento cada uno. Merz lo dijo con una franqueza inusual: "Estamos profundamente conmocionados". Y admitió que se trata de la peor derrota electoral de su partido en décadas. Al día siguiente aclaró que no piensa renunciar. Alice Weidel, copresidenta de la AfD, ya pidió su cabeza y elecciones federales antes de Navidad.
Lo que viene ahora es un ejercicio de ingeniería política incómoda. Como la AfD no alcanza sola, la única llave posible es el BSW de Sahra Wagenknecht, la escisión roja parda del viejo comunismo alemán, el único partido que no descartó de plano una colaboración. Si eso ocurre, Ulrich Siegmund, un dirigente de 36 años, sería el primer jefe de gobierno de extrema derecha de un estado alemán en la posguerra. La alternativa es igual de frágil: una coalición de todos contra uno, gobernando en minoría, que confirmaría el relato que la AfD viene construyendo hace una década, el de la casta que se junta para ignorar el voto popular.
Conviene decirlo sin eufemismos: el cordón sanitario no se rompió el domingo. Se venía astillando hace rato, y no solo en Alemania. En marzo, en el Parlamento Europeo, el bloque conservador del PPE aprobó el endurecimiento del régimen de expulsiones de migrantes irregulares con los votos de la derecha radical, sin necesitar al centroizquierda. Ese día quedó claro que el debate migratorio dejó de ser una disputa entre democracia liberal y populismo para convertirse en una disputa interna de las derechas por ver quién llega más lejos. Y ahí está el problema de fondo de Merz. Ganó la cancillería en 2025 prometiendo dureza fronteriza, giró a la derecha para retener votantes y el resultado fue el previsible: el electorado prefirió el original a la copia.
La lectura regional es tentadora pero exige matices. Es cierto que la ultraderecha gobierna o condiciona gobiernos en Italia, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Finlandia y Croacia. Que Giorgia Meloni acaba de convertirse en la primera ministra italiana más longeva de las últimas décadas. Que Marine Le Pen y Jordan Bardella encabezan todas las encuestas rumbo a 2027 y que la Agrupación Nacional conquistó decenas de intendencias francesas en marzo. Pero la ola no es lineal. Viktor Orbán perdió el poder en Hungría este año después de dieciséis años. Geert Wilders quedó segundo detrás del D66 en 2025 y se quedó sin gobierno. Y en Suecia, el domingo próximo, la coalición de derechas de Ulf Kristersson, sostenida por los Demócratas de Suecia, llega a las urnas como perdedora en los sondeos frente a la socialdemocracia.
La conclusión incomoda a todos. Gobernar desgasta a la extrema derecha igual que a cualquiera. Lo que no se desgasta es su agenda, que ya migró al centro del sistema y se quedó a vivir ahí. Europa discute hoy migración en los términos que fijó la AfD hace diez años, cuando esos términos eran impronunciables en la televisión pública alemana.
Para Alemania el riesgo es doble y concreto. Hacia adentro, un partido clasificado oficialmente como extremista de derecha confirmado por la inteligencia interior alcanza la puerta del poder ejecutivo en un land. Hacia afuera, la AfD es abiertamente prorrusa, se opone a los paquetes de ayuda a Ucrania y cultiva vínculos con Moscú. Berlín es el segundo financista de Kiev y el ancla presupuestaria de la Unión Europea. Un canciller herido, con dos elecciones regionales encima en las próximas semanas en Mecklemburgo Pomerania Occidental y Berlín, y una coalición con el SPD que cruje en cada votación, es exactamente lo que el continente no puede permitirse en el peor momento de su seguridad desde 1945.
Falta un dato para completar el cuadro. El festejo no fue solo alemán. Richard Grenell, exembajador de Donald Trump en Berlín, celebró el resultado como un nuevo amanecer. Elon Musk, que viene militando abiertamente por la AfD, hizo lo propio. La internacional reaccionaria funciona con una eficacia que sus adversarios todavía no terminan de reconocerle, y opera menos sobre las urnas que sobre el clima de época, que es donde de verdad se ganan las elecciones.
Sajonia-Anhalt no es Alemania. Pero Alemania ya no puede decir que Sajonia-Anhalt es una excepción. Los partidos que construyeron la posguerra europea tienen un problema que no se resuelve endureciendo el discurso migratorio, porque ese camino ya se probó y terminó donde terminó. El problema es que a millones de europeos dejó de importarles qué significa el nombre que están votando. Y esa, no la aritmética parlamentaria de un land del este, es la noticia.