Trump y Peter Thiel (CEDOC)
El totalitarismo que viene
Peter Thiel creó los instrumentos para penetrar en la intimidad de las personas, poniendo fin a la vida privada y diluyendo al individuo en una masa controlable.
Los autoproclamados defensores de la libertad, la propiedad privada y el individualismo, podrían ser en realidad liberticidas que han creado las armas para eliminar la privacidad y diluir en una masa al individuo. En “1984”, Orwell describió al totalitarismo como una suerte de ojo gigante que penetra la intimidad de las personas. Henkel Von Donnersmarck describió magníficamente en “Das Leben der Anderen” (La Vida de los otros) el espionaje del Estado infiltrando la privacidad de la gente. Dos brillantes y esclarecedores retratos del totalitarismo modelo siglo 20. Pero lo que escribió Andrew Nicol y dirigió Peter Weir se asomó de la manera más lúcida y original al totalitarismo modelo siglo 21. En la magnífica “The Truman Show”, al descubrir que vivía en una realidad inventada para el consumo de una sociedad culturalmente castrada, Truman Burbank se rebela contra el poder que lo controla todo.
La pregunta es si la humanidad se rebelará como Truman Burbank cuando se descubra observada en su intimidad; si podrá entender a tiempo que la palabra “libertad” en boca de los neo-reaccionarios es la bala en el fusil de los “liberticidas”, porque tiene un significado tan deformado de su verdadero espíritu como la palabra “democracia” en el nombre de la extinguida República Democrática Alemana (RDA) y en la actual República Popular Democrática de Corea, país comúnmente llamado Corea del Norte. Los que dicen defender la propiedad privada y reivindican el individualismo, han creado la tecnología para abolir la privacidad y, por ende, disolver al individuo en una multitud despojada de soberanía. La tecnología de Peter Thiel y su ideología serían la base del totalitarismo que viene.
En “El Momento Straussiano”, Thiel usa un ejemplo demoledor para explicar lo que se propone. Sostiene que así como el 11-S “mostró que para salvar la democracia había que sacrificar la libertad”, el actual avance de la innovación tecnológica muestra que para salvar “la libertad” hay que sacrificar la democracia. Una frase sin sentido, salvo que se entienda por libertad algo diferente a lo que significa en el pensamiento liberal-democráta. La palabra Libertad, en la mente de Thiel está adulterada en el mismo sentido que la adulteró la corriente ultraconservadora que se autodenomina libertaria. En las páginas de su libro “De Cero a Uno” queda claro que a su autor no le interesa siquiera la libertad de mercado, porque propone dejar todo en manos de “monopolios creativos” que considera poderosas turbinas del “progreso vertical” de la tecnología.
También Murray Rotbard proponía generar grandes monopolios y darles el protagonismo económico que en el liberalismo debería tener el mercado. Pero lo distintivo de Thiel y otros neo-reaccionarios es la creación de los instrumentos que generarán el nuevo totalitarismo. Para el discípulo más poderoso del filósofo francés René Girard, autor de la Teoría del Deseo Mimético, “la libertad y la democracia son incompatibles”. Las empresas tecnológicas de Peter Thiel avanzan velozmente en el manejo de la información privada de los habitantes del mundo. La democracia latinoamericana, que en las recientes décadas pasadas estaba debilitada por el chavismo y el populismo filo-chavista, ahora está acechada por el ultra-conservadurismo feroz y plutocrático que genera líderes como Bolsonaro y Milei. Thiel es el principal impulsor de lo que se ha dado en llamar “dark enligthment”: ilustración oscura.
Financió el asenso político del opaco J.D. Vance y amasó una fortuna inmensa con Palantir Technologies, proveyendo análisis masivo de datos y vigilancia predictiva al Pentágono, la CIA y el ICE, la jauría de lobos feroces que usa Trump en la cacería de inmigrantes. Palantir Tecnologies es un eslabón en el nuevo foco del poder antidemocrático. En los años 50 del siglo pasado, Dwaight Eisenhawer llamó “complejo industrial-militar” al poder anti-democrático que conformaban los militares inescrupulosos y los fabricantes de armas.
El correlato actual de aquel poder fáctico y naturalmente enemigo del Estado de Derecho, es el “complejo digital-militar”. El más poderoso exponente de ese poder fáctico es Peter Thiel, el empresario que maneja en gran medida el gobierno de Trump y al que Milei le está abriendo la puerta del poder real en la Argentina. El creador y CEO de Palantir ha sostenido en sus libros que “la libertad y la democracia son incompatibles; que es necesario dejar todo el poder en manos de las elites innovadoras y que urge “apartar a las mayorías de las decisiones de gobierno”.
En su ensayo “La educación de un libertario” promueve un autoritarismo con “darwinismo social”, sosteniendo que deben gobernar los impulsores de innovación tecnológica, sin trabas burocráticas, políticas y jurídicas. Una suerte de “sofocracia”, pero en lugar del gobierno de los filósofos que proponía Platón en “La República”, Thiel propone que los CEOs de empresas tecnológicas manejen el poder sin controles ni límites. Intentando llevar a la realidad el método que Thomas Moro ideó en su libro Utopía, donde describe la vida igualitaria en una isla inexistente, Thiel propone las “seasteadings” y son ciudades flotantes en alta mar sobre las que no rijan las leyes de ningún país.
Compartiendo convicciones con intelectuales schmittianos, como el neo-reaccionario Curtis Yarvin, propone iniciar la pos-democracia, que en lugar de presidentes elegidos y controlados por la sociedad, sean gobernadas por los millonarios dueños de empresas tecnológicas. Como resume su pensamiento un lúcido artículo de La Marea, valioso medio independiente organizado como cooperativa no comercial, el poder del mundo que propone Peter Thiel ya no descansa sobre las armas sino sobre los algoritmos.
Thiel puede espiar a miles de millones de personas en todo el mundo, gravita sobre la administración Trump desde que el celoso e intelectualmente mediocre jefe de la Casa Blanca se sacó de encima a otro tecno-plutócrata antidemocrático: Elon Musk. Y seguirá manejando los hilos del poder desde Silicon Valley, si consigue que el sucesor de Trump sea J.D. Vance, el hombre gris que financió y que le responde como un perro a su amo.
Que venga inversión tecnológica a la Argentina es una buena noticia económica, pero si Thiel va a usar también aquí su capacidad de recopilación masiva de datos y va a ser con Milei, un presidente fan de los multimillonarios, lo que hace siempre, entonces no es una buena noticia para la democracia liberal y sus derechos y libertades públicas e individuales. Quizá, en su última visita felicitó a Milei por impedir el ingreso de periodistas a la Casa Rosada. La libertad según Thiel, Trump y Milei, no incluye la de prensa. O la incluye siempre y cuando no la ejerzan los periodistas. Esa gente a la que reconocen aún “no odiar lo suficiente”.