Durante décadas el terrorismo fue una cosa inteligible. Tenía rostro, liturgia y enemigo declarado. Buscaba la sinagoga, el mercado navideño, la discoteca en Bali o la oficina judía en Buenos Aires. Golpeaba el símbolo para aterrar al espíritu. Era un terrorismo de catecismo casi medieval en su obsesión por profanar lo sagrado del otro.
Ese terrorismo todavía existe, sin embargo, algo nuevo surgió junto a él, y conviene nombrarlo antes de que la costumbre lo vuelva invisible. La reciente revelación de los servicios israelíes acerca de una red operada de la Guardia Revolucionaria iraní no describe a terroristas que buscaban una sinagoga solamente, sino activistas buscando un oleoducto. El Bakú Tiflis Ceyhán son 1.768 kilómetros de tubería que unen el Caspio con el Mediterráneo y transporta alrededor de un millón de barriles diarios. Atacar ese ducto no mata gente en una calle cualquiera, sino que hiere la columna vertebral de una economía entera.
El terrorismo descubrió la infraestructura hace poco tiempo, así, pasó del rostro al ducto, del mártir al dron. En ese tránsito se hizo menos visible y más devastador, porque un atentado en una sinagoga produce cadáveres y titulares. Por otra parte, un ataque contra una tubería produce colas en las estaciones de servicio, recesiones y debilidad política. La diferencia entre ambos separa la herida y la hemorragia.

El ataque fallido en Azerbaiyán merece una lectura detenida. Este país es uno de los pocos del mundo con mayoría chiíta fuera de Irán y de Irak. Sería, según cualquier lógica confesional, un aliado natural de Teherán. Sin embargo Azerbaiyán comercia con Israel, le suministra petróleo y le compra armas; y por eso mismo Teherán lo trata como enemigo. Entre tanto, la religión sirve cuando le conviene al régimen y desaparece cuando le estorba. No hay fraternidad chiíta sino ambición imperial disfrazada de teología.
Aquí conviene formular la tesis con la claridad que el asunto exige. Irán es un califato que no actúa como si lo fuera. La única diferencia con el llamado Estado Islámico de Mosul y Raqa está entre un fanático con las manos sucias y un fanático con uñas recortadas. Aquel degollaba en video delante de una cámara temblorosa. Este firma tratados en Ginebra, envía embajadores, preside comisiones en la Organización de las Naciones Unidas y luego envía drones contra tuberías ajenas. El primero tenía impudor, el segundo tiene buenos modales.
Las buenas formas confundieron al mundo occidental durante 46 años. Irán tiene parlamento, elecciones, tribunales, cancillería y universidades. Proyecta el aspecto exterior de un estado moderno. Pero las instituciones iraníes son lo que los arquitectos llaman fachadas falsas. Detrás no hay oficinas, sino un aparato clerical que decide, unas milicias que ejecutan y una poesía religiosa que justifica. El resto es decorado para las fotografías con diplomáticos europeos.

El Estado Islámico se vino abajo porque fue tratado, en lo esencial, como lo que era. La respuesta internacional fue predominantemente militar. Hubo coaliciones aéreas, fuerzas especiales sobre el terreno, alianzas con milicias kurdas y bombardeos sostenidos durante años. Los intentos de contención política fueron marginales y llegaron tarde. El peso del esfuerzo estuvo en destruir su capacidad operativa, no en negociarla. Esa es la política que funcionó.
Con Irán se hizo lo contrario durante décadas, con negociaciones, levantamiento de sanciones, la firma de acuerdos y el descongelado de activos. Se recibió a sus presidentes en capitales europeas, por lo que el resultado fue un régimen más fuerte, insolente y con la capacidad para planificar atentados contra oleoductos lejanos desde oficinas en Teherán. Cada concesión se leyó en Qom como una debilidad. Y toda negociación se convirtió en una pausa para el rearme.
Quien crea que esto puede cambiar no estudió la historia del régimen. El aparato no cambió desde 1978, sólo varió de tono, ajustó la máscara y alteró sonrisas con aullidos. Jamás modificó su proyecto, el de todo califato. Este consiste en exportar la revolución, humillar al enemigo, someter al vecino, destruir a Israel, debilitar a Occidente y reemplazar el orden internacional por uno confesional. Es el proyecto que heredó Jomeini y el proyecto que transmite Jamenei.
Hay un detalle que no debe pasarse por alto. En Irán existe un pueblo mucho más culto, plural que está más cansado de sus clérigos de lo que Occidente imagina. Así, las mujeres se arrancan el velo en la calle, los jóvenes que arriesgan la vida por una canción prohibida y vemos intelectuales escribiendo en persa lo que no pueden decir en voz alta. Pero ese pueblo no gobierna, como tampoco mandaba el pueblo iraquí bajo Saddam Hussein, ni el pueblo sirio bajo los Assad, o la población que sobrevivía en Mosul bajo el Estado Islámico. Los estados totalitarios nunca son la nación, sino una minoría armada que se apodera del país y lo usa como escudo humano. Confundir al régimen con el pueblo es el error moral más viejo del pacifismo contemporáneo.
El paralelo con el Estado Islámico, este tiene un límite decisivo. El Estado Islámico nunca tuvo armas nucleares ni estuvo cerca de tenerlas. Por eso se lo pudo destruir. Irán lleva décadas trabajando en un programa atómico que alterna avances y disimulos. Si cruza el umbral, Occidente habrá engendrado un segundo Corea del Norte. Y entonces se aplicará la misma regla que rige con Pionyang. Nada podrá hacerse contra una familia desquiciada manejando un arsenal nuclear garantiza su propia impunidad. Esa es la lección terrible del siglo veintiuno, la bomba otorga inmunidad al loco.
Por eso la ventana es ahora. Cada mes que pasa fortalece la estructura, multiplica las centrífugas, endurece los búnkeres, entrena a los cuadros, extiende las redes. Cada ataque frustrado contra un oleoducto, una célula desarticulada en Alemania, la conspiración contra un rabino en Melbourne son ensayos. El régimen aprende dónde fallaron sus operadores y dónde acertaron.

Conviene decir lo que pocos se atreven, las negociaciones con un califato terminan mal para quien pacta. Estos regímenes son por definición entidades que no reconocen al interlocutor como igual, sino como infiel. Cuando un no creyente negocia con un califato, este entiende que gana tiempo. Y cuando firma, se interpreta como una capitulación del infiel. Por otro lado, cuando Occidente cumple, se entiende como debilidad. Todos los movimientos del infiel son leídos bajo la misma clave, y esa clave rara vez incluye la paz.
La solución, desgraciadamente, se parece a la que se aplicó contra el Estado Islámico. Se debe romper el aparato militar, deshacer la élite clerical, vaciar las instituciones vacías y liberar al pueblo iraní de sus captores; en suma, Irán debe volver a ser Irán. Nadie quiere decirlo porque la palabra suena antigua y violenta. Pero la alternativa es esperar a que un régimen de fanáticos con uñas recortadas consiga la bomba. Entonces no habrá más alternativa que esperar.
Occidente tiene la costumbre de aprender tarde. En cada caso la demora se pagó en millones de vidas. Un oleoducto que casi salta por los aires en Azerbaiyán no es un episodio aislado, sino un anuncio. Quien sepa leer anuncios, todavía puede actuar.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
















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