La “hemiplejía moral” de la que habló Ortega y Gasset afloró en una declaración de Lula sobre Cuba. “Paren ese maldito bloqueo… y dejen que los cubanos vivan sus vidas”, bramó el líder brasileño.
Ciertamente, el embargo sólo implicó padecimiento para los cubanos y nunca sirvió para debilitar al régimen y reemplazarlo por una democracia. Al contrario, alimentó al castrismo dando argumento a su “relato”. Pero si se trata de reclamar que “dejen a los cubanos vivir sus vidas”, más que a los gobernantes norteamericanos (o además de ellos) hay que reclamárselo a la dictadura cubana.
“Cuba tiene problemas, pero son los problemas de los cubanos”, explicó el presidente brasileño refiriéndose a la soberanía de la isla. Lo que no dijo es que uno de los problemas más graves de los cubanos es la vieja nomenclatura que cercena derechos y libertades, además de mantener la censura, la represión y la persecución política.
Tampoco dijo que los pueblos sometidos a dictaduras no son soberanos. Soberanas son las oligarquías burocráticas que los gobiernan. A ese poder no lo limita un mandato popular, sino lo que los dictadores entienden por mandatos de la historia y de la ideología.
Lula lo sabe bien. Y si lo olvidó se lo puede recordar Gabriel Boric, quien no titubea a la hora de llamar “dictadura” a los regímenes de Nicaragua, Venezuela y Cuba. Lula sabe la diferencia entre democracia y dictadura. Todos sus gobiernos han sido respetuosos de las libertades y derechos que caracterizan al sistema demo-liberal.

Ni la centroizquierda que gobernó con Joao Goulart ni los gobiernos del PT debilitaron la democracia liberal en Brasil. Lo hicieron las dictaduras militares conservadoras y el gobierno ultraderechista de Jair Bolsonaro. Pero a la hora de mirar más allá de Brasil, Lula se vuelve miope y cae en la hemiplejía moral que describió el autor de La Rebelión de las Masas, añadiendo en el prólogo de la segunda edición que “ser de izquierda o ser de derecha es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.
Por cierto, la imbecilidad tiene una presencia totalizadora en los cónclaves ultraderechistas. En la comparación con las cumbres ultraconservadoras, la diferencia es oceánica y a favor de la cumbre progresista realizada en Barcelona.
En todos los encuentros de la Conferencia de Acción Política Conservadora y demás eventos de lo más oscuro y reaccionario de Occidente, los discursos rebosan de insensibilidad, anti-humanismo, negacionismo del cambio climático, desprecio por los débiles y los vulnerables, y menosprecio a la ciencia y a la democracia liberal.
La lucidez y la solidaridad son grandes ausentes en las cumbres que reúnen a los líderes de Chega (extrema derecha portuguesa), Vox (fascismo español), el lepenismo de Francia y demás ultraderechas europeas. A esos encuentros que tienen como abonado a Javier Milei, acuden también los exponentes de MAGA y J.D. Vance, el personaje gris que ocupa la vicepresidencia de Estados Unidos.

Giorgia Meloni, una derechista inteligente, con soberanía intelectual y vuelo propio, está tomando distancia de esa jauría de “orbanes” y “abascales”, así como también de sus líderes imperiales: Trump y Vladimir Putin.
Vance, Abascal, Orban, Wilders y demás habitués de las cumbres “iliberales” no tienen la estatura de Claudia Sheinbaum y de la italiana Elly Schlein, entre tantas otras figuras presentes en Barcelona. Y en sus públicos abunda la crueldad del bullyng y el inmoral y negligente racismo. Lo mostró el coro multitudinario que en Madrid, pudiendo llamar a delcy Rodríguez corrupta y autoritaria, le gritaba “mona”. A esa misma hora, la presidenta mexicana intercambiaba ideas con Joan Manuel Serrat en el encuentro de Barcelona.
Parece obvio que el presidente de la Generalitat catalana Salvador Illa está más al centro que Isabel Díaz Ayuzo, la guapísima derechista que preside la Comunidad de Madrid.
No puede haber dudas de que Lula y Yamandú Orsi están más cerca del centro que Milei y Flavio Bolsonaro. Que en la cumbre progresista haya estado Serrat es otra señal de la inmensa diferencia ética y estética entre el encuentro en Barcelona y los cónclaves de la ola reaccionaria.
A Pedro Sánchez se le pueden cuestionar la falta de escrúpulos a la hora de negociar acuerdos para seguir en La Moncloa, pero es evidente que supera en talento y elegancia a los grises dirigentes del PP. También mira desde arriba a Santiago Abascal y su cruzada para resucitar el franquismo y devolver el féretro del “generalísimo” al Valle de Los Caídos.

Al inescrupuloso Sánchez no le tiembla el pulso a la hora de firmar acuerdos con Euskal Herria Bildu y otras expresiones de la “ezker abertzale”, que significa izquierda nacionalista y en realidad es ultraizquierda y ultranacionalismo heredero del Herri Batasuna, el brazo político del sanguinario Euskadi Ta Askatasuna (Patria Vasca y Libertad): ETA.
En el lado oscuro de Sánchez figura también haberse quedado en el poder tras la última elección, en la que quedó detrás de Alberto Núñez Feijoo.
No violó ninguna ley. En el parlamentarismo gana el que consigue más apoyos en las demás bancadas y el PP no pudo sumar apoyo en partidos más centristas como el PNV, por necesitar también el apoyo de Vox, línea roja que otras fuerzas de centroderecha no están dispuestas a cruzar.
Núñez Feijoo ofreció hacer coalición con el PSOE para que los españoles puedan tener en la presidencia al ganador de la elección, pero el líder de los socialistas prefirió bloquear al más votado para seguir encabezando un gobierno pactado con fuerzas que de buena gana romperían España para imperar sobre sus respectivos trozos del mapa.

Ese es el punto que faltó en la cumbre progresista para “Defender la Democracia”. La causa es la mejor: salvar el sistema demo-liberal del oscurantismo ultraconservador que quiere reemplazarla por los mesiánicos y agresivos liderazgos “iliberales”, o sea los del bloque que perdió un referente en Hungría con la derrota de Orban pero recuperó Bulgaria con el triunfo de Rumen Radev, otro líder ultra del bando anti-OTAN, anti-Bruselas, anti-Ucrania, pro-Putin y pro-Trump.
Hay más calidad intelectual y más centrismo en las cumbres progresistas que en los encuentros ultraconservadores, pero la vereda opuesta al bloque “iliberal” no tiene sólo progresismo, sino que va desde el centroderecha hasta el centroizquierda. Ese es el espacio donde la democracia liberal se para firme, sin tambalear.
Lula da Silva, quien siempre gobernó con vicepresidentes centroderechistas, lo entiende bien, aunque fuera de las fronteras de Brasil su discurso caiga tan seguido en la “hemiplejía moral” que denunció Ortega y Gasset en La Rebelión de las Masas.
















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