Papa León (Vaticano)

El tuerto y los ciegos

La diferencia con el resto de los opacos integrantes de la administración Trump que exhibió Marco Rubio, al viajar a Roma para reunirse con León XIV.

Igual que las ideologías dogmáticas, cada religión niega veracidad al dogma de las otras religiones. Y como todas ven la falsedad en las demás, todas las religiones son falsas. Pero antes de entender por qué la negación del otro implica la negación propia, las grandes religiones dogmáticas atravesaron la historia tratando de destruirse en guerras santas y sagradas inquisiciones.

Con Juan XXIII, la iglesia católica hizo un gran progreso al promover acercamientos con otras relgiones. Antes de sentarse en el trono de Pedro, Ángelo Giuseppe Roncalli fue nuncio apostólico en la musulmana Turquía, en la cristiano-ortodoxa Grecia y en el más secular de los países occidentales: Francia. En todos fue querido por la población local debido a la bondad que irradiaba y la apertura generosa de su mente, que dejó legados como las encíclicas “Mater et Magistra” y “Pacem in Terris”, además, por cierto, de su más gigantesco aporte al humanismo: el Concilio Vaticano II.

Siguiendo el rumbo fijado por su antecesor, el Papa Pablo VI visitó Jordania, Jerusalén, Nazaret y Belén, además de iniciar la reconciliación con la ortodoxia helena al reunirse con el patriarca Atenágoras I.

La misma vía transitaron los siguientes papas y se dispone a profundizar el actual. Pero hay católicos cuyo conservadurismo oscuro los deja más cerca de la iglesia inquisitorial que de la que procura acercamientos y comprensiones, en lugar de condenas y anatemas.

El catolicismo de Marco Rubio es más cercano a la mirada preconciliar del cardenal Marcel Lefebre, o a la del cardenal ultraconservador norteamericano Timothy Dolan, o a la de otro cardenal ultramontano de los Estados Unidos: Raymond Burke.

Aún así, el secretario de Estado tiene una dosis de lucidez y equilibrio que falta en el resto de la administración Trump, incluido el propio presidente.

Ese rasgo tenue pero existente en Marco Rubio le permitió ver algo que, si bien está a la vista, la indigencia cultural, intelectual y moral le impide ver a sus camaradas en el gobierno: Donald Trump es el presidente más mundialmente cuestionado y aislado en la historia de los Estados Unidos.

Rubio entendió que una de las señales más elocuentes es el deterioro de la relación entre Washington y el Vaticano, vínculo que comenzó a deteriorarse cuando en su primer gobierno Trump bombardeó el pontificado de Francisco a través del cardenal Timothy Burke.

La degradación alcanzó su peor momento cuando el mismísimo presidente atacó al primer pontífice norteamericano desde el origen de la iglesia en las catacumbas romanas.

Ante ese panorama alarmante, el hombre que aspira a ocupar el Salón Oval tras la salida del magnate neoyorquino entendió que era el momento y la vía de comenzar a despegarse suavemente de esa panda de fanáticos negligentes y torpes que están poniendo a Estados Unidos en este insólito aislamiento internacional.

Con ese objetivo viajó a Roma a reunirse con León XIV. Ingresó al Vaticano bajo fuego amigo, porque si bien Trump no impidió el viaje, lanzó un bombardeo contra el pontífice justo cuando estaba recibiendo al jefe de la diplomacia estadounidense.

Marco Rubio fue bautizado, tomó la comunión, hizo la confirmación y se casó por la iglesia. Pero no fue su catolicismo lo que lo llevó al Vaticano, sino la dosis de sensatez y conocimiento del escenario internacional que lo distingue en un gobierno de mediocres y obsecuentes que le dan a Trump lo que Trump quiere: obediencia acrítica y adulación.

El secretario de Estado también es un conservador recalcitrante, que carece de sensibilidad social a pesar de que sus padres fueron campesinos pobres que dejaron Cuba antes de la revolución y vivieron como humildes trabajadores en Estados Unidos. Escaló en el Partido Republicano con la ayuda del Tea Party, el movimiento ultraconservador más extremo hasta que apareció MAGA. Pero es menos burdo que el secretario de Salud Robert Kennedy Jr. y menos fanático que el titular de Defensa Pete Hegseth.

Es el tuerto en el país de los ciegos y, por eso mismo, sabe que puede “ser rey”. Entre lo poco que percibe su limitada visión, está que pelearse con el primer Papa estadounidense de la historia sólo muestra de Trump un nivel de auto-percepción de omnipotencia que atraviesa los umbrales de la estupidez.

Seguramente, Rubio también difiere con este Papa en otros temas. Si eligió como nombre pontificio León XIV es por identificarse con León XIII, el Papa de finales del siglo XIX y principios del Siglo XX que dejó como legado la encíclica Rerum Novarum, matriz de la Doctrina Social de la Iglesia.

También se diferencia del Papa en lo referido a cambio climático, tema en el que comparte el negacionismo del presidente, además de creer que Estados Unidos puede iniciar guerras cuando y como quiera sin que implique lo que denunció León XIV de Trump y Netanyahu: haber iniciado el conflicto con Irán violando el Derecho Internacional.

Aún así, Hegseth, Scott Bessent, J.D. Vance y esa vergüenza de la familia Kennedy llamada como su padre (cuyo espíritu traicionó), no pueden aspirar a nada que no sea vegetar a la sombra del magnate neoyorquino. En cambio Rubio sí puede aspirar a competir por ser el sucesor de Trump con chances de captar votos del centroderecha y el centro puro.

El vicepresidente es la ficha del todopoderoso Peter Thiel, dueño de Palantir Technologies, hombre fuerte del complejo digital-militar y poder detrás del trono. Pero la negligencia y la oscuridad de Vance quedaron expuestas cuando secundó a Trump en los ataques al Papa, evidenciando su propia indigencia intelectual al poner en duda los conocimientos teológicos del sumo pontífice.

Antes de convertirse en León XIV, Robert Prevost estudió y se recibió de teólogo, matemático y filósofo, además de doctorarse en Derecho Canónico. A ese bagaje académico, añadió la experiencia de vivir 20 años entre los más pobres del Perú.

Vance quiso ningunear a un líder religioso con semejante formación intelectual y vivencial, para colmo en el terreno de la teología. Una verdadera certificación de nulidad en el vicepresidente.

En lo referido a entender lo que significa un pontífice y en materia de conocimiento del tablero internacional, el secretario de Estado tiene ventaja. Por eso decidió viajar a Roma para recomponer la relación con el líder católico y también con la primera ministra Giorgia Meloni, una derechista durísima pero inteligente.

Marco Rubio parece ser el único en el gobierno que percibe la amplitud del aislamiento internacional que Trump causó a Estados Unidos. Y puede calibrar lo grave de tan extraña insularidad.

Con eso se justifica que se anime a desafiar a la ficha del poderoso Peter Thiel en el tablero político, para probar que ciertamente, como dice el dicho, “en el país de los ciegos el tuerto es rey”.      

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