Esta fotografía muestra siluetas de madera de soldados británicos instaladas como parte de la instalación "De pie con gigantes" en el Memorial Británico de Normandía de la Segunda Guerra Mundial. (Damien Meyer / AFP)

Un mundo en trance distópico

Las generaciones nacidas en las últimas dos décadas no habrán vivido acontecimientos que generan optimismo histórico, sino guerras y liderazgos patológicos.

Los japoneses crearon palabras para denominar fenómenos o momentos que no tienen nombre en ningún otro idioma. Komorebi es como llaman al trasluz del sol en las hojas, encendiéndolas como si fueran lamparitas. Y natsukashii es la palabra que se traduce como “nostalgia dulce” y refiere al instante efímero en que la memoria alumbra un recuerdo amable, un momento feliz.

Las últimas décadas están eliminando el natsukashii colectivo. Se reduce la parte de la humanidad que vivió momentos alentadores de la historia, como la derrota del III Reich, la caída del Muro de Berlín y el fin de las dictaduras militares en América Latina. También generó optimismo global ver a Mandela saliendo de la prisión de Robben Island y llevando Sudáfrica desde una dictadura racial hacia la democracia liberal.

Dentro de pocas décadas, sólo habrá gente que recuerde un mundo plagado de guerras y de líderes insólitos postulando el triunfo de la mezquindad y la indiferencia. Conquistadores con delirios imperiales y con menos lucidez y sensibilidad que egolatría y ambición.

Es posible que nunca tengan natsukashii colectivo quienes nacieron cuando el cambio climático se consolidaba debido a la imposibilidad humana de superar un orden mundial inservible para los desafíos existenciales de este tiempo. En la memoria de las últimas generaciones sólo habrá gobiernos y líderes silenciados por poderosos intereses económicos basados en los combustibles fósiles y en otras actividades generadoras de efecto invernadero.

Mientras las leyes gravitatorias de la democracia liberal se alteran hasta el punto de supurar líderes inconcebibles que reivindican la crueldad, muchos puntos del planeta incuban guerras potencialmente catastróficas mientras otros conflictos bélicos siguen su curso destructivo y sin razón.

El trance distópico que atraviesa el mundo multiplica los conflictos y los peligros apocalípticos. También multiplica los liderazgos patológicos fermentados en conservadurismos eufóricos que naturalizan el odio político y el desprecio por los vulnerables y los diferentes.

Con la precisión con que llegaba al jaque mate, Garri Kasparov reflexionó sobre la propaganda que moldea liderazgos anti-liberales como los de Trump, Putin, Netanyahu y los líderes ultraderechistas que los veneran. Y la conclusión del célebre ajedrecista es que “su objetivo es agotar el pensamiento crítico y aniquilar la verdad”.

Eso fue lo que logró la propaganda de los totalitarismos marxistas y nazi-fascistas en la primera mitad del siglo pasado, creando gigantescas distopías. Y es lo que está debilitando la democracia liberal y la racionalidad secular en lo que va del siglo 21.

Rusia continúa practicando un expansionismo que caducó catastróficamente con la Segunda Guerra Mundial y ahora es reimpulsado por el deseo de Putin de imperar sobre la totalidad de Europa. El imperialismo regional del jefe del Kremlin atrasa, pero logró hacer metástasis en los Estados Unidos, donde Trump ya posa como emperador de las Américas.

No es malo que caigan dictadores bananeros como Nicolás Maduro ni lo sería que caiga un régimen medieval como la teocracia persa. Lo malo es que sus caídas alimenten el poder de un “egócrata” inmoral que maneja la mayor superpotencia como si fuera una de sus empresas.

En la memoria de los jóvenes actuales habrá un mundo de espaldas a la sangre que corre por Sudán y el resto del Sahel. También estará Gaza convertida en gigantesca tumba de civiles que fueron usados por Hamás para demonizar con sus padecimientos al Estado judío, y masacrados por orden de Netanyahu y la camarilla extremista que impera en Israel.

Quizá vean también una guerra entre dos vecinos que siempre fueron aliados: Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos (EAU). El tenor de las acusaciones del todopoderoso príncipe saudí Mohamed bin Salman contra Mohamed bin Sayed al Nahyan, el emir de Abu Dabi que preside el país vecino, así como las incitaciones de Riad a que algunos emiratos rompan la monarquía federal, habrían resultado inconcebibles antes de la intervención de ambos países en la guerra interna del Yemén y del alineamiento de EAU con Trump y con Netanyahu. Pero en el mundo de hoy ya no sorprende que dos viejos aliados se conviertan en enemigos.

Las generaciones que no vieron la derrota de Hitler ni la caída del Muro ni a Mandela dejando de ser el preso 46664, verán la invasión de China a Taiwán y, posiblemente, a Japón enfrentándose con el gigante asiático.

Más distópico aún: es posible que vean una guerra entre Estados Unidos y Europa por el control de Groenlandia. De hecho, ya están viendo al emperador “egócrata” avanzar sobre la isla gigantesca que está situada entre Islandia y Canadá. Y como tiene voracidad por los minerales que el cambio climático va dejando a la intemperie, quizá después vaya por el ártico canadiense, anexando lo que ya ha proclamado como “Estado 51 de la Unión”.

No es un avance lineal. Que varios países europeos enviaran tropas a Groenlandia mostró que amenazar a Dinamarca y el resto de Europa con una guerra, tuvo un efecto contrario al esperado. Por eso giró en U durante el Foro de Davos, diciendo que no recurrirá a la fuerza. La otra buena señal emitida en ese cónclave suizo fue el discurso de Marc Carney que deslumbró a los líderes centroderechistas y socialdemócratas.

Como en tiempos de Pierre Trudeau, el primer ministro canadiense irradió liderazgo y lucidez, convirtiéndose en el más explícito de los críticos de Trump, y advirtiendo a las potencias intermedias que “si no estamos en la mesa, estaremos en el menú”.

No obstante, el protagonista del momento es el magnate neoyorquino. Él es quien rediseña el escenario mundial.

Las actuales generaciones verán morir la democracia con que nació Estados Unidos. Salvo que un juicio político, sumado a una reacción masiva contra las señales totalitarias que emite la cacería humana lanzada contra los inmigrantes, haga caer a Donald Trump y lo muestre sentado en el banquillo de los acusados.

Si además de la caída del millonario “egócrata”, el mundo ve a Rusia levantarse contra el belicismo sanguinario de Putin, y a la democracia israelí poniendo fin al expansionismo brutal de Netanyahu, se haría posible el resurgir del natsukashii.

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