Netanyahu y Trump (Temes)

¿Las campanas están doblando por los ayatolas?

Las claves de la avanzada de Donald Trump y Benjamin Netanyahu sobre Irán. ¿La inestabilidad de Medio Oriente puede contagiar al mundo?

Por ser Donald Trump un personaje tan polémico, fue de prever que muchos comentaristas, sobre todo los vinculados con el progresismo norteamericano, atribuirían la guerra que está librando contra el régimen islamista iraní a la estupidez caprichosa que a su juicio es su característica principal. A veces, quienes lo desprecian brindan la impresión de preferir que el Irán de los ayatolas sobreviva a la embestida aérea que lo está demoliendo a que el hombre al que odian tenga un pretexto para ufanarse de haber eliminado la posibilidad de que se dotara de un arsenal nuclear para borrar del mapa al “ente sionista” judío y una multitud de árabes musulmanes que viven en el mismo vecindario. Es que hoy en día todo ha de subordinarse a las vicisitudes de la política local.          

Sea como fuere, aunque nadie cree que Trump sea un pensador estratégico lúcido, es evidente que, para él y Benjamín Netanyahu, la prioridad inmediata es impedir que el régimen teocrático de Irán consiga armas nucleares y, si pueden, poner fin a una dictadura atroz con la esperanza de que la reemplace un gobierno con el cual podrían convivir. Tales objetivos son legítimos. No exagera el secretario de Estado norteamericano Marco Rubio cuando dice que Irán está gobernado por “fanáticos religiosos y lunáticos”  que, para más señas, juran tomar al pie de la letra doctrinas escatológicos chiítas conforme a las cuales les ha tocado ser protagonistas en un conflicto cósmico entre el bien y el mal.

Sin embargo, aun cuando Trump y Netanyahu alcancen sus objetivos, no habrán eliminado el peligro planteado por el islamismo radical cuyos adeptos suelen ser muy inteligentes y claramente no temen morir. Puede que el lema predilecto de Sarmiento según el cual “las ideas no se matan” sólo sea una verdad a medias, ya que a través de los siglos muchas que consideramos aberrantes que en el pasado motivaban la adhesión apasionada de millones de personas, han sido consignadas al olvido, pero sucede que el ideario de los ayatolás chiítas y sus equivalentes igualmente fanatizados del mundo sunnita dista de haber perdido su poder de atracción.  

Los mandatarios de Estados Unidos e Israel confían en que su aplastante superioridad militar, más el apoyo creciente que les están brindando aliados árabes atacados por Irán, les permitan destruir al régimen islamista aunque, huelga decirlo, no parecen tener en claro lo que podría suceder en los meses próximos. Esperan que el pueblo iraní logre liberarse de la tiranía clerical pero sabrán que podría haber una guerra civil prolongada en que el país se vería despedazado.

Si bien muchos dicen temer que Trump y Netanyahu se las hayan arreglado para desatar una convulsión regional que podría ser mucho más destructiva que las provocadas por las caídas del tirano iraquí Saddam Hussein y el libio Muammar Gaddafi, la irrupción del Estado Islámico y la invasión del sur de Israel por Hamas en octubre 2024, también tendrán que preocuparse por lo que podría suceder en Europa, América del Norte y Latinoamérica, donde hay miles de células islamistas y “lobos solitarios” interconectados por el Internet. En opinión de algunos especialistas, el centro de gravedad del islamismo militante está alejándose del Oriente Medio, donde los gobiernos están resueltos a reprimirlo, para asentarse en Europa donde pocos lo toman realmente en serio.  

En el mundo occidental, la mayoría de los políticos y quienes los asesoran propenden a dar por descontado que todos los credos religiosos son benignos y que, por ser cuestión de un asunto privado, no les corresponde discriminar entre los distintos cultos. Asimismo, muchos gobiernos han llegado a la conclusión de que, por ser el islamismo integrista un fenómeno minoritario en el mundo musulmán, hay que minimizar su importancia porque sería sumamente injusto tomar medidas en su contra que podrían molestar a los autoproclamados líderes de las nutridas comunidades que se establecieron en países como Francia, el Reino Unido, Alemania, Suecia, España y Estados Unidos en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.  

Al obrar así, brindan a musulmanes que de otro modo estarían dispuestos a integrarse a las sociedades en que viven motivos para anteponer su lealtad hacia el mundo islámico a todo lo demás, ya que quieren ahorrarse problemas con correligionarios de actitudes más agresivas y saben que no les ocasionaría prejuicios negarse a colaborar con las autoridades de los países en que se han afincado. También ha sido contraproducente la propensión de los políticos occidentales a reaccionar frente a sanguinarios atentados yihadistas hablando de la necesidad de distinguir entre el islam “auténtico”, por tratarse, dicen, de “la religión de la paz”, y la versión supuestamente espuria de las bandas terroristas que toman al pie de la letra lo escrito en los textos sagrados de su fe.

Además de financiar, armar y entrenar a los combatientes del “eje de la resistencia” del Oriente Medio, como los de Hamas, Hetzbolláh y los Hutíes del Yemen, el régimen iraní y organizaciones sunnitas de mentalidad parecida han invertido muchísimo dinero y esfuerzo en la creación de agrupaciones islamistas en el resto del mundo.  Lejos de disimular su voluntad de someter por los medios que fueran al resto del planeta a un “califato” regido por la “ley sharia”, raramente dejan pasar una oportunidad para hacer declaraciones rimbombantes en tal sentido.

En esta empresa, los ha ayudado mucho la hostilidad hacia todo lo vinculado con la civilización occidental de una franja de la izquierda, que es muy fuerte y activa en las universidades más prestigiosas del mundo. Hace poco, el gobierno de los Emiratos Árabes Unidos anunció que dejaría de dar becas a jóvenes que querían estudiar en Inglaterra por temor a que regresaran convertidos en yihadistas.

No bien se inició el blitzkrieg contra Irán, elementos de la alianza “roja verde” de ultraizquierdistas e islamistas, acompañados por contingentes de feministas y transexuales, celebraron manifestaciones de protesta en Londres y otras ciudades en que exaltaron la figura del recién fallecido Líder Supremo de la Revolución Islámica Ali Jamenei que, semanas antes, había ordenado la matanza de las decenas de miles de iranís que murieron en protestas callejeras. La brutalidad del régimen incidió mucho en la actitud asumida por Trump que, alarmado por lo que ocurría, se comprometió a ayudar a los manifestantes.. 

Con todo, incluso los convencidos de que el régimen islamista iraní plantea una amenaza tan grave al resto del género humano que hay que eliminarlo, cueste lo que costara, entienden que el precio de hacerlo podría ser decididamente mayor que el previsto por los responsables de la ofensiva estadounidense-israelí. Los muchos islamistas fanáticos que desde su niñez sueñan con una “batalla final” apocalíptica contra los infieles están claramente resueltos a luchar hasta la muerte por todos los medios a su disposición.  Creen que si consiguen provocar caos no sólo en la región sino también en la economía internacional al cerrar el Estrecho de Ormuz por el que habitualmente pasa el 20 por ciento del petróleo mundial, Trump, preocupado como está por los sondeos de opinión y, más aún, por las elecciones legislativas en que el oficialismo de turno suele perder algunos escaños, que tendrán lugar en noviembre, optará por cantar victoria prematuramente, dejándolos en el poder.

Los especialistas en geopolítica ya están elaborando listas, que propenden a reflejar sus propios prejuicios, de presuntos ganadores y perdedores del conflicto que está en marcha. ¿Saldrá fortalecido Estados Unidos? Si dentro de un par de meses Trump pueda jactarse de haber resuelto los problemas planteados por Venezuela e Irán, además de Cuba que por razones internas está a punto de colapsar, tendría buenos motivos para sentirse exitoso. En cuanto al gran rival de Estados Unidos, China, el “gigante asiático” depende tanto del petróleo y gas de Irán y sus vecinos que su economía no puede sino verse perjudicada. Asimismo, aunque Rusia verá aumentar el valor comercial de los hidrocarburos que exporta, el que se haya mostrado incapaz de ayudar militarmente a otro aliado clave reduce aún más su influencia en el escenario internacional. Mal que le pese a Vladimir Putin, Rusia se parece cada vez menos a la gran potencia eurásica de sus sueños y cada vez más a un estado vasallo de China.

Para Argentina, que bajo Javier Milei -que dice ser “el presidente más sionista del mundo- es un aliado incondicional de Estados Unidos e Israel, las perspectivas abiertas por esta guerra son promisorias. Si bien el aumento abrupto del precio del petróleo en los mercados internacionales está provocando algunos problemas locales, a la larga debería resultarle beneficioso. Después de todo, las empresas de países europeos que necesitan alternativas confiables a proveedores tradicionales como Rusia y las monarquías  del Oriente Medio ya están invirtiendo mucho dinero en Vaca Muerta.  Asimismo, aunque existe el riesgo de que la Argentina sufra más ataques islamistas, también corren peligro todos los demás países latinoamericanos que, como los europeos, son blancos naturales de terroristas que creen que Alá les ha ordenado someter al mundo entero a una versión totalitaria de la fe musulmana.

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