Thursday 12 de March, 2026

OPINIóN | Hoy 13:29

Milei: moral como identidad y duelo

La brecha entre lo que Milei y el Gobierno dicen y lo que hacen no es hipocresía simple: es frontera identitaria. “Nosotros” somos buenos por definición; el otro, corrupto por esencia.

Carlos Pagni publicó ayer en La Nación una de sus columnas comentando con todo detalle la distancia entre lo que Milei predica y lo que hace. Adorni subiendo a su mujer al avión presidencial. Mahiques en el ministerio de Justicia por su capacidad de operar impunidad. El gobierno interviniendo en Fate con la misma lógica que le atribuye al kirchnerismo. Pagni lo llama "la ficción consentida". Y tiene razón. Pero, como diría Steve Jobs, hay más.

La pregunta es: ¿consentida por quién, y por qué?

Si la hipocresía fuera simplemente hipocresía, gente que predica una cosa y hace otra, los escándalos deberían erosionar el apoyo. Imaginen un electorado de moralistas que quedan encantados con ese discurso, frente a la contundencia de los hechos que, recordemos, se inician cuando descubrimos que Milei es un descarado plagiador. Para muchos, como para mí, fue el final del cuento del cruzado y sus amigos más cruzados aún que lo premiaron. No pasó nada, no pasa nada ahora. El votante duro de Milei no atraviesa una crisis cognitiva cuando aparece el caso Adorni o el 3% de Karina. Descarta, desplaza, contraataca. Y lo hace con convicción genuina, no con cinismo. Eso es más que "la ficción consentida".

La explicación es algo que vengo anticipando en mis análisis del fenómeno desde el vamos: la moral, en el universo político de la ultraderecha, no es un código de conducta. Es un rasgo identitario, como lo es ser "estéticamente superiores" en palabras del autopercibido rubio de ojos celestes Milei. La moral tiene que ver bastante con el color real o vivido. Es nosotros. Por eso no evalúa actos. Certifica pertenencia.

Cuando Milei habla de moral, y lo hace constantemente, en el Congreso, en JP Morgan, en cada entrevista y en cada insulto, no está estableciendo un estándar de comportamiento que él y los suyos deberán cumplir. Está trazando una frontera. De un lado, "la gente de bien". Del otro, los kukas, los zurdos, los resentidos. La moral no describe cómo actuar: describe quién sos. O al revés: quién sos describe si sos moral o corrupto. Y una vez que sos parte del endogrupo, tus actos no pueden probar tu corrupción, porque la corrupción es un atributo ontológico del otro. Es lo que ellos son. No lo que se hace o no se hace.

Por eso el acomodo kirchnerista en la obra pública es corrupción. Hablar del pedido de coimas de la hermana del Presidente es resentimiento zurdo. Los plagios son una operación de prensa. El caso Libra ni existe. No hay doble estándar: hay un único estándar que funciona de forma asimétrica por diseño. El muro identitario no es una falla del razonamiento moral, es el razonamiento moral. Eso es lo que hace que sea tan resistente.

Y acá le doy la razón a la izquierda histórica que siempre ha hablado de privilegios operados sutil y solapadamente y no siempre les he creído: esto siempre ha ocurrido en las sombras, sin decirlo. La homofobia internalizada de quienes legislan contra los derechos propios, el racismo de quienes votan contra su comunidad, la misoginia de quienes protegen a sus agresores: todo eso se administraba con discreción, nombrando las cosas de otra manera. El discurso libertario escondía la realidad identitaria. Pero el sistema se agotó y ya no hay con qué taparlo. Se quedaron con los peores jugadores: tarotistas que hablan de Moisés, coimeros que hablan de kukas, violadores que editan Biblias. Es todo lo que queda del dream team de la hipocresía eterna, de la doble moral, del doble estándar. Y es difícil venderlo como filosofía mezclando todo eso y a todos esos, así que queda al desnudo como lo que es: simple y bestial identidad y supremacismo. Un supremacismo al que no le da para argumentar superioridad alguna con semejante equipo, así que insultan y se enojan con la vida.

Este mecanismo no es nuevo ni exclusivo de Milei. Es el núcleo del dispositivo moral de la nueva derecha global, y se ve con una claridad brutal en dos fenómenos que parecen contradictorios y no lo son: la obsesión con The Sound of Freedom y la protección sistemática de abusadores dentro de la iglesia y en las redes de poder del establishment. El pánico moral frente al "groomer woke" o la "ideología de género" convive sin conflicto aparente con el silencio, la complicidad o la minimización frente al abuso concreto y documentado en las propias instituciones. No es hipocresía. Es coherencia con otra lógica: la amenaza no es el abuso en sí, sino que se pueda hablar del propio, lo que requiere inventar uno lejos. Como ya lo he dicho, la política del tero que protege el nido de la propia cloaca. El cacareo moral cumple función política, no ética.

Lo mismo explica algo aparentemente incomprensible como los latinos for Trump. Personas que adhieren con entusiasmo a un movimiento que los excluye, los desprecia y los perjudica materialmente. ¿Por qué? Porque la identidad moral compensa, y a veces supera, el interés concreto. Ser parte de "la gente de bien" tiene un valor subjetivo enorme para quien siente que nunca perteneció del todo. El resentimiento, en este caso, no es contra el poder: es el combustible que alimenta la adhesión al poder.

Pagni cierra su columna preguntándose si la promesa moral de Milei es otra ficción consentida. Pero el problema es más profundo que eso. El periodismo de denuncia, por más riguroso, por más documentado, opera dentro de un circuito que el movimiento ya tiene resuelto. Cada escándalo nuevo es una nueva batalla cultural. Cada denuncia es prueba de la persecución. El endogrupo no se desintegra con la evidencia: se reagrupa alrededor de ella. Es un problema para nosotros que durará mientras no veamos la política de identidad que hay detrás y lo que eso nos informa sobre el pasado y lo que no hemos querido ver.

Hay algo más, y es lo que le da al fenómeno su carácter grotesco: el sistema que esta derecha dice defender ya está muerto. Pueden quemar lo que queda, pueden administrar el colapso con furia y con insultos, pero no pueden evitar que también ellos mueran con él. En el fondo lo saben. Por eso la desesperación, la violencia del tono, la necesidad de enemigos permanentes. El duelo que no se puede nombrar se convierte en guerra. Y la guerra necesita moral. No para guiar la conducta: para justificar que el incendio sea de los otros.

Milei puede hablar de moral como política de Estado mientras su portavoz factura vuelos privados y su hermana es investigada, porque la moral nunca fue el tema. El tema es quién pertenece y quién no. Y esa pregunta, en su mundo, ya está respondida de antemano.

*Por José Benegas, escritor y ensayista.

por José Benegas

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