Si bien la filípica furibunda que pronunció Javier Milei al dar inicio a una nueva tanda de sesiones ordinarias del Congreso decepcionó a quienes esperaban que hablara de propuestas concretas, sirvió para recordarnos que, para el presidente, lo que más importa es la guerra cultural que está librando contra todo lo vinculado con el viejo orden. Partidario ferviente del “cambio de mentalidad” que, desde hace muchas décadas, están pidiendo los convencidos de que la Argentina fue víctima de una insólita psicosis colectiva que la dejó casi paralítica, Milei da por descontado que el destino de su proyecto, y aquél del país, dependerá por completo de su capacidad para persuadir a los sectores más influyentes que todas las presuntas alternativas a la estrategia que ha formulado terminarían catastróficamente mal y que por lo tanto hay que respaldarlo.
Asimismo, se sabe obligado a hacer pensar que el movimiento que ha creado ya domina el escenario político hasta tal punto que sería insensato negarlo, razón por la que sus asesores de imagen coreografiaron la transmisión por la cadena nacional de la apertura de sesiones con el propósito de brindar una impresión de pujanza irresistible. Es una ilusión ya que el partido de Milei sigue siendo minoritario en Diputados y el Senado, pero puede que el espectáculo que el gobierno montó haya servido para convencer a muchos profesionales de la política de que sería de su interés acompañarlo.
En esta empresa, lo ayuda muchísimo el desconcierto que reina en las filas opositoras. El mero hecho de que un personaje tan extravagante y tan agresivamente libertario como Milei haya logrado no sólo sobrevivir más de dos años en el poder sino que también haya conservado el apoyo de millones de votantes, mantiene traumatizados tanto a los peronistas como a los simpatizantes naturales de los partidos en vías de extinción que podrían calificarse de moderados o centroderechistas.
No extraña, pues, que pocos días transcurran sin que algunos políticos, frustrados por la incapacidad de sus referentes para elaborar alternativas coherentes al programa mileísta, opten por acercarse a La Libertad Avanza. Si bien el nuevo oficialismo aún dista de ser mayoritario, el domingo pasado sus adherentes pudieron darse el lujo de comportarse como si no hubiera dudas en tal sentido.
Los blancos más vulnerables de los insultos que el dueño del micrófono, Milei, disparó contra aquellos que no comparten sus opiniones eran, cuando no, los kirchneristas, seguidos de cerca por los ultraizquierdistas. Sin misericordia, para júbilo de su tropa se ensañó con Cristina, “la chorra” y trató a los kirchneristas como una “manga de ladrones” que durante años se habían dedicado a robar a los demás habitantes del país. Claro, al anarco-capitalista le conviene mucho fingir creer que los kirchneristas todavía están en condiciones de regresar al poder aunque a esta altura hay buenos motivos para suponer que Cristina ya pertenece al pasado. Milei no puede sino rezar para que la expresidenta siga siendo “jefa de la banda” por algunos años más a pesar de permanecer recluida en San José 1111. Si por fin los peronistas encuentran un nuevo líder que, desde luego, tendría que ser un personaje con más carisma que Axel Kiciloff, podrían reagruparse para entonces sacar provecho de las graves dificultades sociales que a buen seguro proliferarán en los meses y años próximos.
Para defenderse, Milei atribuirá los problemas que ya han comenzado a surgir al grueso de empresariado nacional que, acostumbrado como está a vivir rodeado de barreras proteccionistas, es incapaz de competir que rivales extranjeros más aguerridos y que por lo tanto teme verse arrollado por una avalancha de importaciones más baratas y de mejor calidad que la producción local. Según Milei, tales empresarios son “cómplices de la corrupción”, lo que es un tanto injusto ya que, dadas las circunstancias, todos los hombres de negocios tuvieron forzosamente que familiarizarse con las reglas no escritas de los mercados regulados que durante tanto tiempo imperaban en el país.
Sea como fuere, si bien no cabe duda de que Milei está en lo cierto cuando relaciona el desempeño económico lamentable de la Argentina con el proteccionismo que, como dice, lo convirtió en “el país más cerrado del mundo para su nivel de PBI”, es una cosa triunfar en el plano teórico y otra muy distinta manejar con éxito una transición que todos los expertos en la materia creen necesaria.
Desgraciadamente para muchos, es perfectamente posible que, merced a sus recursos energéticos y mineros, la Argentina esté por disfrutar de una etapa de crecimiento macroeconómico sumamente rápido combinado con una prolongada recesión industrial, un bajón duradero del consumo y la pérdida de centenares de miles de puestos de trabajo. Para hacer aún más complicada las perspectivas ante el país, la economía muy competitiva con la que sueña el libertario demandaría capacidades y actitudes que son radicalmente distintas de las exigidas por la existente. ¿Podrán adaptarse a la nueva realidad que se avecina quienes conforman la mano de obra local? A menos que muchos empresarios, técnicos y trabajadores logren hacerlo, las importaciones no se limitarán a insumos y bienes de consumo sino que, como ocurre en los países petroleros del mundo árabe, también tendrían que incluir muchas personas capacitadas.
Así pues, es factible que, por un rato largo, persista una versión actualizada del “modelo” populista en que un sector internacionalmente competitivo, que hasta ahora ha sido el campo, subsidia de un modo u otro a casi todos los demás. Se trataría de una variante de lo que ya está sucediendo en algunos países desarrollados en que un puñado de empresas de alta tecnología genera una proporción muy grande del dinero que se usa para financiar programas de bienestar social. Mal que a muchos les pese, en todas partes hay cada vez más personas que, por los motivos que fueran, no están en condiciones de aportar nada positivo a la economía, de ahí la cantidad creciente de hombres y mujeres sin techo que viven como pueden en ciudades opulentas como Nueva York y Los Ángeles. En la ciudad de Buenos Aires, la presencia ya rutinaria de tales personas en las calles céntricas está motivando preocupación. Hoy en día, el progreso tiene costos humanos equiparables con los de la primera revolución industrial.
Así y todo, a partir de las elecciones legislativas de octubre, el proyecto de Milei, que en los meses que las precedieron perdía ímpetu, está avanzando con vigor renovado. Si bien la reforma laboral que ambas cámaras aprobaron dista de ser tan drástica como le hubiera gustado a Milei, puede ufanarse de haber logrado algo que eludió a una larga serie de presidentes, comenzando con Raúl Alfonsín, cuya incapacidad para doblegar a los sindicalistas incidió de manera muy negativa en su gestión. También contribuyeron a fortalecer la impresión de que el gobierno libertario cuenta con viento en popa la media sanción por el Senado de una nueva ley de glaciares y el aval pleno de la baja a 14 años de la edad de imputabilidad. Puesto que en política las impresiones subjetivas pueden importar aún más que la mera realidad, para asegurarse el apoyo mayoritario el gobierno tiene que hacer creer que sería inútil procurar frenarlo.
¿Colaborará con el mileísmo lo que está sucediendo en el resto del mundo? La guerra que acaba de desatarse en el Oriente Medio podría beneficiar a la Argentina al aumentar el valor tanto comercial como estratégico del gas y petróleo que le sobran. Hasta nuevo aviso no motivará preocupación la caída del precio internacional del petróleo que se registraba antes de la decisión de Donald Trump y Benjamín Netanyahu de intentar poner fin al régimen islamista iraní. Para más señas, es de prever que los países europeos, que, privados del gas ruso, ya buscaban fuentes alternativas de energía, estarán más dispuestos que antes a invertir mucho dinero en la Argentina.
Con todo, esto no quiere decir que el país no enfrentará riesgos muy serios a causa de un conflicto que no le es ajeno. En la región hay muchas células islamistas programadas para cometer atentados suicidas contra blancos judíos, norteamericanos y, por ser el país un aliado virtualmente incondicional de Estados Unidos e Israel, argentinos. Además de ser una dictadura terriblemente cruel que, hace apenas un mes, reprimió una rebelión popular matando a decenas de miles de manifestantes, el régimen teocrático iraní defiende un culto apocalíptico cuyos líderes espirituales enseñan que morir luchando contra los infieles es un privilegio envidiable.
Para justificar el ataque, los gobiernos de Estados Unidos e Israel insisten en que permitir que tales sujetos adquieran armas nucleares tendría consecuencias horrendas para todos los demás, ya que, a diferencia de los comunistas, ultraderechistas u otros con aspiraciones geopolíticas, no se sentirían intimidados por lo que podría suceder si optaran por usarlas sino que, por el contrario, estarían más que dispuestos a provocar una conflagración universal que, según el credo al que adhieren, serviría para inaugurar una nueva era en que el mundo entero se sometería a la verdadera fe, es decir, a la suya.














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