El presidente estadounidense Donald Trump señala mientras habla en Verst Logistics en Hebron, Kentucky. (JIM WATSON / AFP)

Atrapado en su desmesura

De la electrizante pulseada entre Donald Trump y la teocracia persa en la antesala del apocalíptico ultimátum salió mejor parado el oscuro régimen iraní ante la mirada del mundo.

Fue un tic-tac ensordecedor el que marcó la cuenta regresiva hacia el ultimátum que dio Donald Trump con una amenaza apocalíptica: “morirá una civilización entera”.

Esa grandilocuencia potenció la imagen de un Trump perdedor en la pulseada aterradora. En definitiva, fue la presión directa de China, y no la advertencia tremebunda que hizo en la antesala de que venciera el ultimátum, lo que logró que el régimen iraní aceptara eso que había rechazado sistemáticamente desde el inicio de la guerra: una tregua y posteriores negociaciones para poner fin al conflicto.

Por eso, la foto que dejó la tregua acordada en la antesala del Armagedón anunciado muestra a Trump atrapado en su retórica tremendista. El acuerdo alcanzado es insignificante en relación con la devastación que había sido anunciada.

La reapertura del Estrecho de Ormuz no es un logro de Trump en esta guerra, porque esa yugular de los hidrocarburos estuvo siempre abierta y fue cerrada por Irán semanas después de iniciadas las acciones bélicas, precisamente para tomar de rehén a la economía global hasta que la presión internacional y también de la sociedad estadounidense hicieran cesar los ataques norteamericanos e israelíes sobre su territorio.

De no ser porque la desmesura retórica y gestual son rasgos de la personalidad de Trump, la amenaza de matar “a una civilización entera” pudo interpretarse como el aviso de un ataque nuclear. De hecho, muchos en el mundo la interpretaron así y Washington tuvo que explicar que el plan no era lanzar bombas atómicas, sino destruir la totalidad de los puentes y centrales eléctricas, paralizando completamente el funcionamiento de esa sociedad.

El magnate neoyorquino sabía que devastar la producción energética de Irán era una mala idea. Se lo había explicado el canciller alemán. Con mucha paciencia, Friedrich Merz le explicó que hacer eso sería un crimen de guerra, implicaría niveles genocidas de muertes civiles y el régimen iraní respondería devastando la producción gasífera y petrolera de Qatar, Bahréin, Kuwait, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, causando una crisis energética global que debilitaría más a la Casa Blanca que a la cúpula de la Guardia de la Revolución Islámica, donde reside el poder desde la muerte de Alí Jamenei.

La foto no detiene la filmación y todo puede volcarse en un sentido u otro en cualquier momento. Pero en esa postal, el que aparece retrocediendo y bajando el tono es el presidente norteamericano. Él cometió la negligencia de escalar públicamente sus amenazas hasta niveles descabellados, a pesar de que el régimen siempre se alimentó políticamente de las amenazas.

La negligencia mayor fue hacer públicas tales amenazas. La necesidad de advertir al régimen sobre las devastaciones tiene que ver con su debilidad política en este conflicto. Por el hecho de ser una dictadura, el régimen iraní no tiene que preocuparse por la opinión pública, ni por recibir críticas en la prensa o de las bancadas opositoras en el Majlis. En cambio, a pesar de Trump, en Estados Unidos todavía rige una democracia y el actual presidente vio diluirse velozmente su popularidad desde que comenzó esta guerra.

Como en todo conflicto, quien preside una democracia tiene más límites que un régimen autoritario. Trump agigantaba sus amenazas en el terreno donde su país tiene una superioridad abrumadora sobre Irán: el militar. Pero si esas amenazas se hacen públicas y alcanzan niveles exorbitantes, terminan volviéndose caricaturescas, como todas las frases de grandilocuencia extrema que utiliza en todos los órdenes el desmesurado líder ultraconservador.

A eso se suma su triunfalismo enfermizo. En el mundo de Trump, la gente se divide en “ganadores” y “perdedores”, y hay países “fantásticos” y “agujeros de mierda”. Eso explica, en parte, los adjetivos y los verbos que usa para describir lo que está ocurriendo en la guerra o lo que hará si el enemigo no capitula. Siempre son frases absurdamente triunfalistas: “estamos arrasando a Irán”, “los devolveremos a la edad de piedra”; “morirá una civilización entera”.

Quien ejerce la desmesura en todas sus formas, como es el caso del jefe de la Casa Blanca, utiliza expresiones que dejan de ser tomadas en serio. Decir que “morirá una civilización entera” equivale a anunciar un holocausto nuclear, algo que quizá Trump contemplaría si la alternativa es quedar con el rótulo que él aplica a todos sus críticos y desafiantes: “perdedor”.

Pero a esta altura de la historia, quien realice el primer ataque nuclear desde Hiroshima y Nagasaki, aunque aniquile totalmente a su enemigo, será el gran perdedor ante la sociedad global y ante la historia.

De no ser así, Vladimir Putin ya habría borrado del mapa ciudades de Ucrania para acabar de una vez por todas con la tenaz resistencia de los ucranianos. Si no lo hace no es por temor a una respuesta nuclear de Washington o Bruselas. Trump no devolvería ese golpe y los arsenales nucleares europeos son insignificantes respecto al arsenal ruso. Putin no lanzó misiles nucleares a Ucrania porque sabe que, aunque se quede con todo el país, si lo consigue recurriendo a la devastación nuclear será considerado un criminal en masa. Quedaría claro que, en términos de guerra convencional, no pudo derrotar a Volodímir Zelenski y al ejército ucraniano. Ergo, sería el gran perdedor que, en lugar de asumir la derrota en los campos de batalla, recurre a un genocidio nuclear.

Algo similar impactaría como un estigma sobre la imagen de Israel y de Estados Unidos si alguno de esos países recurriera a sus armas atómicas para doblegar al régimen iraní. En este caso no se aplica la Doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, porque Irán no tiene arsenal nuclear. Lo que rige en silencio es la segura condena global y el consiguiente aislamiento internacional, junto al estigma nacional que recaería sobre la sociedad del país que aniquile en masa con armas nucleares a la población de un país enemigo.

Benjamin Netanyahu refugió en las guerras su poder jaqueado por denuncias de corrupción y por el rechazo de una porción importante del pueblo israelí, pero parece entender que esa línea roja nuclear no puede ser atravesada.

Esta guerra no lo debilita políticamente porque es lógico que los israelíes quieran destruir un régimen que prometió desde su creación “borrar del mapa a Israel”. Pero esa lógica no se aplica en Estados Unidos. Por eso, la prolongación del conflicto y el crecimiento de sus costos drenaron el respaldo a Trump.

El magnate neoyorquino necesitaba más esta tregua que un régimen fanático que considera lógico martirizar a su pueblo. Y la obtuvo retrocediendo en sus pretensiones.

Lo mejor que puede pasar ahora es una negociación en la cual Irán acepte coexistir con Israel. Es decir, que se comprometa a no atacar a Israel, ni directa ni indirectamente, y viceversa. Mientras que, en el terreno nuclear, lo óptimo sería que Irán entregue el uranio enriquecido al 60% y se vuelva al statu quo acordado por los presidentes Barack Obama y Hassan Rohani en 2015.

Bajo estricto control de organismos internacionales, Irán estaba cumpliendo con aquel acuerdo, que además logró fortalecer a la dirigencia reformista y moderada frente a los clérigos fanáticos.

El acuerdo de 2015 funcionó correctamente hasta que Trump pateó el tablero. Fue a partir de entonces que el ala dura iraní recuperó todo su poder, debilitando a los moderados, y comenzó a enriquecer uranio hasta niveles militares. Por eso, lo mejor que puede hacer Trump ahora es corregir lo que él mismo desarticuló en 2018.

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