El jefe de Gabinete Manuel Adorni intentó negar un privilegio y terminó describiéndolo. Dijo que su esposa viajó en el avión presidencial a la gira por Estados Unidos porque “la invitó Presidencia”, que ella pagó sus gastos y que su presencia no implicó costo adicional, sin tener en cuenta que su problema no era contable, sino político.
En esa misma línea fue la defensa del presidente Javier Milei, quien dijo: “Si supieran el concepto de costo marginal tendrían claro que muchas cosas que se dicen no tienen ni el más mínimo sentido. Pero como pocos economistas lo entienden de verdad y a otros rubros no les importa (ni lo captan) entonces ensucian... ánimo @madorni” (sic).
Hablar del costo marginal es una explicación sobre cuánto le salió a los argentinos que la esposa de Adorni viajara a Nueva York en el avión presidencial, sin contemplar que llevar un familiar a un viaje de trabajo podría ser leído como un privilegio de la casta, algo que el Gobierno prometió que durante esta gestión se terminaría.
El presidente Milei hizo de la lucha contra “la casta” uno de los tres principales pilares de su gestión. Los otros dos son el freno de la inflación y la contención de la inseguridad. El episodio Adorni dejó al Gobierno enredado en una escena demasiado conocida en la Argentina: un funcionario importante, un recurso del Estado y una explicación que supone que la sociedad tiene que agradecer que no haya habido un gasto extra. El asunto pega más porque el propio oficialismo había reglamentado restricciones para el uso de aeronaves públicas y porque, aún cuando la discusión jurídica fina siga abierta, la foto ya quedó armada: una persona sin cargo público y familiar de un funcionario arriba del ARG-01 en una gira oficial. Eso, para cualquier mileísta de entre 2021 y 2023, era casta en estado puro.
Milei construyó su carrera diciendo que los políticos eran una corporación adicta a los privilegios, a los acomodos, a la rosca, al “toma y daca” y al uso privado de lo público. Su éxito electoral nació de esa promesa simple: sacar del medio a una clase dirigente que hablaba de sacrificio ajeno mientras conservaba para sí las ventajas del cargo.
El caso Adorni no es un episodio aislado. Es una pieza más de un proceso de “encastamiento” que atraviesa el Gobierno desde que asumió en 2023. En campaña, “la casta” era una categoría amplia, casi una bolsa negra donde entraban los radicales, con Alfonsín a la cabeza, a quien llamaba el “fracasado hiperinflacionario de Chascomus” y decía tener un muñeco para boxear con la cara del ex presidente; al PRO le decía “Juntos por el cargo”, y a los peronistas los reducía como “kukas”. La lista seguía con los sindicatos, los empresarios amigos del Estado y cualquier dirigente con más de dos reuniones en un despacho oficial. Ya en el Gobierno, en cambio, la palabra se fue achicando hasta desaparecer. Por ejemplo, en la última apertura de sesiones ordinarias, Milei no usó la palabra “casta” en su discurso. Ahora prefiere referirse a ellos como “los políticos” y usó el término siete veces.
Sin embargo, en la práctica convive con un sistema político al que supo domesticar en parte y negociar también, ante la necesidad de gestión y gobernabilidad. La casta dejó de ser una práctica y pasó a ser un problema de identidad partidaria. Si lo hace otro, es casta. Si lo hace Milei, es pragmatismo.
La nota completa, en la presente edición de NOTICIAS.

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