Milei y Trump (CEDOC)
El valor mundial de Malvinas
En Argentina siguen siendo el refugio donde se guarecen los gobernantes en problemas, además de una causa que unifica. Pero hay un cambio geopolítico en marcha.
Que la causa Malvinas “es la más importante y sagrada que tenemos los argentinos”, como dijo Javier Milei, es cierto. Pero es tristemente cierto. Una verdad absurda. No porque en la disputa por las islas la razón esté del lado británico. No lo está. Es una verdad absurda porque la causa “más importante y sagrada de los argentinos” debería ser la democracia con desarrollo y equidad social.
Eso es lo que garantiza el bienestar, las libertades y los derechos de todos los argentinos.
El país entero debe estar de acuerdo en que las islas Malvinas tienen que ser recuperadas. Pero más importante que estar de acuerdo en eso, es acordar que la democracia socialmente equitativa y económicamente desarrollada es algo más “importante y sagrado” que cualquier cuestión geográfica o geopolítica.
El oportunismo del presidente no es errado, porque es cierto que Malvinas es el único tema que unifica posiciones. Lo demostró Galtieri con aquella triste Plaza de Mayo ovacionando a un dictador obtuso que encabezaba un régimen que asesinó y torturó argentinos a escalas industriales.
No hubo postal más gris y reveladora de la tragedia argentina. Nos une enfrentar la injusticia de que islas tan cercanas estén en manos de una potencia usurpadora lejana, pero no nos unió sacar del poder a los militares que lo habían usurpado y lo usaron para cometer crímenes en masa.
El general que mandó miles de jóvenes sin preparación ni armamento adecuado a enfrentar un ejército poderoso y dotado de armas de última generación, fue una muestra de lo que un escritor inglés del siglo 18 le dijo a su amigo escocés James Boswell y éste escribió en su libro La Vida de Samuel Johnson: “patriotism is the last refuge of the scoundrel” (el patriotismo es el último refugio del canalla).
Galtieri buscó en Malvinas refugiarse del descontento que crecía por la debacle socioeconómica. Confiaba en que Ronald Reagan ayudaría a la dictadura porque ésta adhería a la Doctrina de Seguridad Nacional que promovía Washington para combatir al marxismo en Latinoamérica.
Confiaba erróneamente en que esa doctrina y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) serían más fuertes que el Tratado del Atlántico Norte y que la ideología que unía a Reagan con Margaret Thatcher en la llamada “Revolución Conservadora”.
Aquel error de cálculo y su consiguiente canallada les costó la vida a 649 soldados de argentinos. Para el país que ovacionó a un dictador impresentable en la Plaza de Mayo, lo único enaltecedor fue la destreza de los valientes pilotos y el coraje heroico de los jóvenes que combatieron sin el adiestramiento, ni las armas ni la conducción adecuada.
A Milei no se le habría ocurrido usar Malvinas en su intento de recuperar centralidad en el escenario político, si Donald Trump no detestase a los gobiernos europeos de centroizquierda y centroderecha, y si Europa no le hubiera negado el apoyo de la OTAN en la guerra contra Irán y Londres le hubiera dado el permiso que reclamaba para usar en ese conflicto las bases norteamericanas situadas en territorios británicos.
De todos modos, más allá de la furia del magnate neoyorquino con Europa en general y con el Reino Unido en particular, hay un futuro cercano que juega a favor de la posición argentina.
Así como los líderes chavistas se acostaron anti-yanquis y amanecieron trumpistas en la noche de la captura de Maduro, Milei pasó en un santiamén de la indiferencia por Malvinas al nacionalismo malvinero.
Horas antes de hacer pública su metamorfosis había elogiado el golpe de Pinochet y alabado al dictador chileno que, durante la guerra de 1982, colaboró con las fuerzas británicas pasándoles información de alto valor estratégico.
A esa colaboración se la agradeció personalmente Margaret Thatcher en la residencia de Surrey donde Scotland Yard mantuvo arrestado a Pinochet por un pedido del juez Baltasar Garzón. Sin embargo, Milei elogió al único colaborador sudamericano que tuvieron los ingleses en la guerra de Malvinas.
Milei es el presidente que rompió políticas de Estado como rechazar la autodeterminación de los kelpers. Pocas semanas antes de malvinizarse, no refutó a su ministro de Defensa cuando dijo que el hundimiento del Crucero General Belgrano matando a 323 argentinos que navegaban fuera de las 200 millas establecidas como zona de exclusión, fue un “acto de guerra”, legitimando con la palabra “acto” en lugar de la palabra “crimen” la orden ilegal impartida por Thatcher.
Ahora, el gobierno que intentó fallidamente extranjerizar tierras en la Argentina continental, se declara en defensa de territorios argentinos de ultramar. El mandatario que permitió a su ministro de Economía enviar a Londres el oro del BCRA dejándolo bajo custodia del Banco de Inglaterra, amenaza al Reino Unido con sancionar a las empresas que inviertan en la extracción de petróleo alrededor del archipiélago.
Las medidas apuntan en un sentido correcto, sobre todo por la reformulación geopolítica que da al Atlántico Sur un inmenso valor geoestratégico. Pero lo que motivó la súbita malvinización de Milei no fue el plan petrolero británico sino la indignación de Trump con Londres por apoyar la negativa europea a involucrar la OTAN en la guerra con Irán y porque le negó el permiso para usar las bases norteamericanas en territorios británicos.
En abril, un documento interno del Pentágono sugirió amenazar a los aliados que rechazaron apoyar la guerra contra Irán. Siguiendo ese consejo, Trump se acercó al comunista, pro-chino y nuclearizado régimen norcoreano, y amenazó a Corea del Sur con reducir las maniobras militares conjuntas que realizan fuerzas norteamericanas y surcoreanas y resultan imprescindibles para mantener a raya a Corea del Norte. ¿La razón? Seúl no aceptó apoyar la guerra contra Irán.
Por lo mismo amenazó a Londres con Malvinas. Y por eso Milei se metamorfoseó y, por primera vez, habló como un presidente de todos los argentinos proponiendo unidad, y no como el líder sectario que habitualmente vocifera insultos procaces contra todos los argentinos que no piensan como él.
Llevaba meses con su liderazgo desdibujado y jaqueado por cuestiones que opacan su gobierno, como el endeudamiento de millones de argentinos que pidieron préstamos sintiendo en la sien el revólver de no llegar a fin de mes. El proyecto petrolero inglés se conocía desde hace tiempo. Lo nuevo es el enojo de Trump con Europa y particularmente con Londres. Una furia que acabaría si, por ejemplo, en el Reino Unido se adelantaran las elecciones y ganara su amigo Nigel Farage o algún tory ultraconservador.
Milei está convencido de que Trump lo apoyará siempre, por amistad y porque adhirió al Escudo de las Américas, iniciativa más parecida a la Doctrina de Seguridad Nacional aplicada contra las izquierdas en la década del ‘70 que al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) que Ronald Reagan dejó de lado en 1982.
Aún siendo Trump tan poco fiable, en Washington hay think tanks que ven cambios geopolíticos por venir. El Atlántico Sur no tiene hoy el mismo significado que en la década del 80, cuando China todavía era el gigante pobre que había dejado Mao. Hoy es la superpotencia que aumenta el valor estratégico del Atlántico Sur.
De por sí, el petróleo que rodea el archipiélago sería más fácil y menos costosos de extraer si estuviera cerca de una costa amiga y no de las situadas en el Mar del Norte. Por eso Londres negocia con Chile. También podría encontrar costas cercanas en países sudamericanos cuyos gobiernos de corte socialdemócrata son repudiados a viva voz por Milei, como el de Brasil, o fríamente ignorados como el uruguayo.
Para petroleras norteamericanas sería más funcional y rentable operar desde Argentina que desde la lejana Gran Bretaña. Esa realidad sumada al factor chino modificarán la situación de las islas en el mediano plazo y el cambio fortalecerá las aspiraciones argentinas.
Pero si Trump tomara acciones decisivas de presión contra Londres y obtuviera concesiones significativas, por ejemplo el traspaso total de la soberanía siguiendo el modelo de Hong Kong, la soberanía compartida como propuso Harold Wilson en 1974 a Perón (cuya muerte frustró esa posibilidad) o la soberanía argentina sobre la isla Gran Malvina, con el petróleo que quede del lado argentino el líder de MAGA no haría algo muy diferente a lo que está haciendo con el de Venezuela.
Si gracias a Trump se obtuviera soberanía en todo o en una parte del archipiélago, flameará la bandera argentina pero los negocios se decidirán en Washington.
No sería la mejor de las opciones, pero no sería peor que la situación actual.
Lo seguro es que, aunque cierto, resulta absurdo que Malvinas sea “la causa más importante y sagrada para los argentinos”, en lugar de que lo sea la que no representa Javier Milei: democracia con desarrollo y equidad social.