Epstein y Trump (CEDOC)
La mancha venenosa
El Caso Epstein crece y oscurece la imagen de Donald Trump, quien le sumó el escándalo racista de mostrar como monos a Barack y Michelle Obama.
Pasó de ser la estrella tory con mayor chance de suceder a Harold Macmillan en el 10 de Downing Street, a lavar los platos, limpiar los baños y barrer el comedor comunitario para homeless. Fue el ostracismo que se auto-impuso John Profumo por el escándalo sexual que sacudió a los británicos en 1963. Sin que sus años de trabajo voluntario lo disculpen, fueron al menos una muestra de dignidad y arrepentimiento, algo que no se está viendo en Donald Trump, manchado por el Caso Epstein. Por el contrario, el magnate neoyorquino suma inmoralidades, como la incontinencia barbárica que evidenció un video racista hecho en la Casa Blanca y difundido por el mismísimo presidente.
Profumo era el secretario de Guerra y la figura más potente del gobierno conservador. Los británicos lo admiraban y le creyeron cuando negó la relación extramatrimonial que le adjudicó un diario amarillista. Pero el MI-5 corroboró que era amante de la striper Cristine Keller, a la que había conocido en una de las fiestas que organizaba un turbio miembro del jet set: Stephen Ward.
La indignación fue inmensa porque, además, la esposa traicionada era la actriz Valerie Hobson, admirada y muy querida por el público británico. Profumo tuvo que renunciar a la Secretaría de Guerra y a su prometedora carrera política, provocando la posterior renuncia del premier Macmillan. El sismo sacudió la Guerra Fría porque el mismo aparato de inteligencia interior descubrió que la jovencita que bailaba en toples en locales nocturnos, también era amante del agregado militar de la embajada soviética, Yevgeny Ivanov, colocando el escándalo en la dimensión del espionaje.
Hasta ese momento, Stephen Ward era el arquetipo del millonario que amasaba influencias y poder formando parejas inconvenientes en las fiestas que hacía con prostitutas de alto vuelo, chicas menores de edad y señores de la realeza y de los establishments político, empresarial y económico.
El Caso Profumo fue el escándalo sexual más resonante y de más graves consecuencias de la historia, si se excluye el conflicto que causó el príncipe troyano que le robó la esposa a Menelao y la convirtió en su mujer. Ningún entuerto sexual causó un estrago con tantos muertos como la Guerra de Troya. Pero el sexo fue siempre un instrumento de poder y causa de innumerables tembladerales políticos como el que tuvo su origen en una fiesta de Stephen Ward.
La versión sudamericana y clase B de aquel pintor de la british higth society, fue Fernando Spinoza Melo. Un patán al que Menem nombró embajador argentino en Chile y organizaba orgías en la embajada, invitando a miembros del poder político y económico trasandino y convidándolos con prostitutas esbeltas para filmarlos y sobornarlos. En ese subsuelo moral, el Caso Profumo fue el más grave hasta que Jeffrey Epstein se suicidó (o lo suicidaron) en una cárcel norteamericana.
En la novela “Lolita”, un pervertido llamaba “nínfulas” a las niñas de entre 9 y 14 años por las que sentía una oscura y viscosa atracción. Por eso se casó con la madre de una niña de doce años, llamada Lolita, por la que había perdido definitivamente la cabeza. Con su libro de los años 50, Vladimir Nabokov puso el dedo en una llaga social: la atracción perniciosa que muchos hombres y mujeres sienten por los púberes y los adolescentes.
Por eso llaman “Lolitas” a las menores que resultan sensuales. El nombre con que suelen llamar a las niñas púberes y adolescentes que hacen modelaje. De ese modo los empresarios de la alta costura y las revistas sobre lujos y jet set dan constancia del vínculo entre el modelaje con menores de edad y la pervertida atracción sexual que sienten muchas personas propensas a la bancarrota moral.
Con “Lolitas” construyó Jeffrey Epstein el negocio pervertido que multiplicó la fortuna que había amasado en los mercados financieros. Muchas adolescentes estaban en la pasarela del pederasta que industrializó la pedofilia para ganar dinero, influencia y poder en dimensiones descomunales. Desde que quedó al descubierto, el Caso Epstein no dejó de crecer y ya es el escándalo sexual y delictivo de mayor gravedad en la historia.
Su onda expansiva sacudió al premier británico Keir Starmer por haber tenido como embajador en Washington a un allegado a Epstein; podría romper el matrimonio del príncipe Haakon, heredero del trono noruego, con su esposa la princesa Mette-Marit Tejssen Hoiby, opaca la imagen de Soon-Yi, la ex hijastra y actual esposa de Woody Allen; ensucia a Bill Gates, a Elon Musk y al intelectual izquierdista Noam Chomsky, además de agregar otra mancha a Vladimir Putin y Benjamín Netanyahu, entre tantos personajes relevantes de los escenarios de la fama y el poder. Pero en el escenario del hombre que industrializó la pedofilia, esta nada menos que Trump, y como protagonista en esa trama de sexo, poder y miseria moral.
Quince años de estrecha relación entre el magnate neoyorquino y el anfitrión de la “isla de la fantasía” sexual situado en el archipiélago de las Vírgenes, vuelven imposible imaginar que Trump nunca supiera ni imaginara de qué se trataba el negocio de Epstein. También hay que esforzarse para descartar que haya abusado sexualmente de adolescentes. Además de los videos de las fiestas de Epstein, otros antecedentes parecen evidenciar bajos instintos en Trump.
Eso lo pone a la sombra del juicio político, situación que agrava el ataque racista que hizo al matrimonio Obama con un fotomontaje que puso las caras de Barack y de Michelle en cuerpos de monos. El racismo blanco siempre recurrió a los simios para señalar la escala zoológica en la que situaba a los afro-descendientes. Caricaturas en panfletos apoyando a la confederación sureña en la Guerra de Secesión, mostraban como primates a los esclavos negros. Animalizarlos era una manera de naturalizar la esclavitud.
El racismo de Trump ya había dado muchas señales. Lo inconcebible es que no haya tenido la inteligencia elemental para contener esos reflujos. Que a un presidente le falle el “control de esfínter” mental lo incapacita para ocupar semejante cargo. También lo incapacita haber sido habitué de fiestas pedófilas, mostrando instintos retorcidos. Como los del profesor al que atraían las nínfulas y se enamoró de Lolita en la novela de Nabokov.