El Super Bowl nació como liturgia: el ritual más eficaz de la identidad estadounidense convertida en producto global. Por eso el show de medio tiempo no es un “entretiempo”: es el altar. Y este 8 de febrero de 2026, ese altar lo tomó Bad Bunny con un gesto tan simple como explosivo para la política contemporánea: hablarle a Estados Unidos en español, en su propia casa.
La discusión se vendió como entretenimiento, pero se consumió como plebiscito cultural. Trump lo sintetizó a su manera —“absolutely terrible”— y convirtió una performance musical en otro capítulo de su guerra contra el “país que cambia”. En esa lectura, la ofensa no es un paso de baile ni una canción: es la idea de que el evento más “norteamericano” del año pueda ser, por 13 minutos, panamericano.

El show, de hecho, jugó a dos puntas con precisión. Por un lado fue defensa: la puesta como carta de amor a Puerto Rico, la identidad latina en modo orgullo, las banderas y el remate moral (“el amor es más poderoso que el odio”, “Together, we are America”). Por el otro, fue afrenta para el estadounidense promedio que espera en el entretiempo una confirmación, no una pregunta: la confirmación de que el centro sigue siendo el centro. No lo fue. Y ese desplazamiento, más que cualquier consigna, es el núcleo político del asunto.
La NFL no quería pancartas. Y Bad Bunny tampoco necesitó panfleto: le alcanzó con la escena —la “casita”, la iconografía caribeña, la electricidad como herida histórica (“El Apagón”)— para recordar que el imperio también tiene periferias internas. Y que esas periferias hoy están atravesadas por una agenda caliente: ICE como marca de época. No es un capricho de los organizadores solamente: venía de los Grammy, donde soltó el “ICE out” y “no somos animales” en pleno prime time. Y ocurre mientras el país discute, con protestas y casos graves, el costo humano del endurecimiento migratorio: episodios recientes en Minneapolis —con investigaciones y polémica pública— funcionan como telón de fondo de una sensibilidad nacional en ebullición.
En esa escena de símbolos también importaron los invitados. Ricky Martin no fue solo un cameo: fue puente generacional, “latinidad” mainstream de exportación y legitimación dentro del propio canon pop. Lady Gaga, por su parte, agregó otra capa: la del cantante como actor político en campaña permanente. Su historial de militancia pública —de Joe Biden a Kamala Harris en los últimos ciclos— hace que su sola presencia se lea como guiño, aunque cante una salsa y no un discurso.
¿Y la puja “hasta en lo deportivo”? La final Seahawks–Patriots permitió a muchos armar un frame tentador: costa oeste versus tradición, ciudad azul versus nostalgia roja. Pero ahí conviene no comprar el marketing editorial sin ticket: los equipos no votan; los públicos sí, y el Super Bowl se volvió el único lugar donde todas esas tribus consumen el mismo contenido al mismo tiempo. Esa es la verdadera batalla: quién define qué es “americano” cuando el producto más americano del planeta se vende, cada año, como producto global.

El capítulo más cínico (y más contemporáneo) fue el de la narrativa de riesgo. En la previa circuló la versión del “chaleco antibalas” asociado a su outfit de Bad Bunny en los Grammy y también al SuperBowl: un rumor no confirmado que, sin embargo, funcionó perfecto como combustible del conflicto. En 2026 la política se juega así: no solo en lo que se dice, sino en lo que se deja circular. Bunny entendió la lógica de la atención: si Trump necesita enemigos simbólicos, él puede ocupar ese lugar —y convertirlo en plataforma.
Al final, el show no “arruinó” el Super Bowl: lo reveló. Reveló que el entretenimiento masivo ya no puede prometer neutralidad. Reveló que la identidad estadounidense está en disputa y que la disputa se libra, justamente, en el escenario más visto. Y reveló algo incómodo para el mito clásico del deporte: que incluso la pelota ovalada, cuando rueda, también arrastra banderas.


















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