Al afirmar que cultura “es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica” determinando “el modo de pensar y de vivir” de una comunidad, Milán Kundera no contradijo sino que especificó la afirmación previamente hecha por André Maurois: “cultura es lo que queda una vez que se olvida todo lo aprendido”.
Tanto en el autor de La Insoportable Levedad del Ser, como el escritor francés que hizo monumentales biografías de Napoleón, Disraeli, Chateaubriand, Victor Hugo y Balzac, entre otros grandes personajes de la historia y la literatura, la cultura es un sentido común compartido, sostenido por capas de valores que sedimentan la historia.
No se trata de acumulación de conocimiento sino de una lente común para mirar la realidad política, social y moral; el cimiento que determina la forma y la solidez de lo que experiencia y conocimiento edifiquen. Hay sociedades con capas sedimentarias sustentando un sentido común democrático, mientras que en otras los sedimentos no sostienen con vigor la cultura liberal-demócrata. Cuando esa cultura política es vigorosa, la sociedad reacciona contra las arbitrariedades del gobernante.
En Latinoamérica, los populismos de izquierda y derecha quieren cobrar con acumulación de poder y con derecho a la impunidad los éxitos que obtengan sus gobiernos. Y mientras se sienta beneficiada por un gobernante, la sociedad sin cultura liberal le otorga la cuota de poder que reclame, le permite ser arbitrario y lo declara impune.
En las sociedades con vigorosa cultura democrática no se tolera que un gobernante quiera cobrarse de algún modo el éxito que tenga su gobierno. Para la cultura liberal-demócrata, el éxito no da derechos. Cuando los valores políticos liberales se convierten en el sentido común de una sociedad, ni el éxito ni los aciertos de un líder le otorgan derecho a la arbitrariedad, la corrupción, la vulgaridad, el sectarismo o la crueldad.
En la historia latinoamericana, la cultura democrática no tiene raíces profundas. Uruguay y Costa Rica son la excepción. En Uruguay centroizquierda y centroderecha no se han aparato del centro ni han apostado a la polarización ni lanzaron “batallas culturales”.
Sin embargo, en “la Suiza centroamericana” ha triunfado nuevamente el Partido del Pueblo Soberano (PPSO) del presidente Rodrigo Chávez, un líder populista sin apego a la tradición liberal-demócrata costarricense. Y el triunfo de Laura Fernández, su candidata, prolonga el alejamiento de la línea política tradicional.
La vencedora hizo su campaña proponiendo un gobierno similar al del salvadoreño Nayib Bukele, quien tuvo éxito en materia de seguridad forzando los límites legales e institucionales a la acción policial y se lo cobra a la sociedad con cuotas de poder autocrático. Parece democracia pero no lo es. Se trata de “mayoritarismo”, que no es lo mismo. En la democracia impera la ley, en el mayoritarismo la voluntad del líder al que apoya la mayoría.
Eso comenzó a construir Chávez en Costa Rica y seguirá haciéndolo su discípula y sucesora en el cargo. Ergo, Costa Rica seguirá alejándose del trayecto democrático admirable que inició en 1948, que abolió el ejército y dio próceres de la democracia como José Figueres, quien en la década del 50 la encaminó a convertirse en la más estable de Latinoamérica; Oscar Arias, el héroe de la pacificación de América Central con las negociaciones que condujo en los ’80 a través del Grupo Contadora. También Luis Guillermo Solís, un modelo de líder anti-personalista.
Que un fundamentalista evangélico como Fabricio Alvarado haya pasado a segunda vuelta en el 2018 hizo sonar la primera alarma en esta democracia considerada de gran calidad institucional a nivel mundial. Perdió el ballotage, pero en la elección siguiente ganó Rodrigo Chávez iniciando una deriva que ahora se prolonga. Otra mala noticia para el centro liberal-demócrata en Occidente. Costa Rica muestra que hasta los países de mayor calidad democrática pueden descarriarse.
Rusia ha dado muchas celebridades universales en la literatura y otras artes, además de su prolífico quehacer científico, pero en materia de cultura política los sedimentos sirvieron a la edificación del zarismo y también el comunismo soviético. La construcción que no respondió a esa base cultural fue la efímera democracia liberal surgida en los ‘90, tras el derrumbe de la URSS.
Vladimir Putin demolió esa construcción débil por su falta de raíces culturales en la historia rusa, y restableció el modelo despótico impulsado por Iván IV Vasilievich, creador de los cimientos del poder absolutista abocado al expansionismo territorial en los tiempos del Gran Ducado de Moscovia.
Bajo los escombros que dejaron las dos guerras mundiales, Europa pudo encontrar los cimientos construidos por el pensamiento liberal de Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Diderot, entre otros filósofos cuyas ideas influyeron en la Revolución Francesa, a su vez influida por la Revolución Gloriosa en Inglaterra, gravitante sobre el pensamiento liberal de Locke y Adam Smith.
También las raíces de la cultura de la tolerancia que se hunden en la historia de los Países Bajos a partir de Guillermo de Orange-Nassau, “el Taciturno”, para erradicar los conflictos religiosos tras la reforma protestante, aportaron a la cimentación de un edificio que resguarda las libertades y los derechos y garantías individuales.
Hitler y Mussolini dinamitaron ese cimiento pero, tras ser derrotados, sobre él se edificaron las democracias aglutinadas en la Unión Europea. Contra esa construcción libran su “batalla cultural” los líderes inconcebibles que fermentaron en los pantanos ultraconservadores de estas décadas.
Lo mismo hacen Netanyahu y sus socios fundamentalistas, abocados al expansionismo territorial y a debilitar la democracia israelí, mientras Trump serrucha los pilares de la democracia que nació junto con la independencia de Estados Unidos. Empezó rompiendo la tradición de equilibrio entre jueces liberales y conservadores en la Corte Suprema y, como no hubo reacción en la sociedad, ahora avanza sobre la FED y otras instituciones cuyas autonomías son parte del sistema.
Ese liderazgo en expansión contra-institucional es el que, ahora en Minnesota y antes en California, Óregon y otros estados, produjo inquietantes postales de país totalitario.















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