Trump y Xi Jinping (Bloomberg)
La trampa de Tucídides: el mensaje de Xi a Trump en la Casa Blanca
Xi Jinping llevó a la Casa Blanca una advertencia de 2.500 años. Taiwán, los chips y los aranceles marcan los límites de su amistad con Trump.
La imagen fue cuidadosamente construida: Donald Trump recibió a Xi Jinping con honores, habló de una "gran amistad" entre ambos y hasta fue personalmente a buscarlo a la base aérea de Andrews. Pero detrás de la ceremonia, las sonrisas y la cena de Estado en la Casa Blanca apareció una cuestión mucho más profunda: cómo evitar que la competencia entre Estados Unidos y China termine convirtiéndose, en algún momento, en un enfrentamiento militar. Xi puso incluso un nombre histórico al problema: la "trampa de Tucídides".
El concepto remite al historiador griego que describió la Guerra del Peloponeso y la tensión que se produjo entre una potencia dominante, Esparta, y otra en ascenso, Atenas. En la política internacional contemporánea, la expresión se utiliza para describir el riesgo que aparece cuando una potencia emergente comienza a disputar el liderazgo de otra establecida. China sería hoy la potencia ascendente; Estados Unidos, la dominante. Xi quiso dejar claro que, desde la perspectiva de Beijing, ese desenlace no es inevitable.
"China y Estados Unidos pueden beneficiarse de la cooperación y ambos perderán con la confrontación", planteó frente a Trump. Propuso aumentar el diálogo político, sostener contactos regulares entre las Fuerzas Armadas y mejorar los mecanismos destinados a impedir que un incidente o un error de cálculo termine provocando una escalada.
No fue una referencia casual. En mayo, durante la visita de Trump a Beijing, Xi ya le había preguntado directamente cómo pensaba Estados Unidos evitar esa "trampa de Tucídides". Ahora llevó su propia respuesta a Washington.
El presidente chino incluso recurrió a una fórmula pensada para seducir a su anfitrión. Aseguró que el objetivo chino de lograr el "gran rejuvenecimiento de la nación" y el lema trumpista de "Make America Great Again" podían avanzar simultáneamente. La frase resume la propuesta china: aceptar que Estados Unidos y China competirán, pero establecer reglas que permitan que esa competencia no se convierta en una guerra. El problema es que casi todos los grandes asuntos que definen la relación bilateral contienen hoy elementos de confrontación.
El primero es Taiwán. Beijing considera a la isla parte de su territorio y no renuncia a la posibilidad de utilizar la fuerza para lograr la reunificación. Estados Unidos mantiene una política deliberadamente ambigua sobre cómo respondería ante una eventual acción militar china, mientras continúa siendo el principal respaldo internacional y proveedor de armamento de Taipei.
Por eso adquiere particular importancia la propuesta de Xi de mantener canales permanentes entre las fuerzas militares de ambos países. En una región donde aviones y buques estadounidenses y chinos operan cada vez más cerca, un incidente podría desencadenar una crisis que ninguno de los dos gobiernos hubiera buscado originalmente. Pero la competencia ya excede ampliamente a Taiwán.
La nueva frontera es tecnológica y tiene como centro la inteligencia artificial. Washington intenta preservar su ventaja mediante restricciones a la exportación hacia China de chips avanzados, semiconductores, software y equipamiento utilizado para fabricarlos. Beijing, mientras tanto, destina enormes recursos a reducir su dependencia de la tecnología occidental y desarrollar una industria propia.
La disputa por los chips es mucho más que una pelea comercial. Los semiconductores avanzados son el insumo fundamental de la revolución de la inteligencia artificial y, al mismo tiempo, un componente estratégico para sistemas militares, telecomunicaciones, satélites y centros de datos. Quien controle esa tecnología tendrá una ventaja decisiva en la economía y la seguridad de las próximas décadas.
No fue casual, por lo tanto, que la cena de Estado ofrecida por Trump tuviera entre sus invitados a buena parte de la aristocracia tecnológica estadounidense. Allí estuvieron Jensen Huang, CEO de Nvidia; Mark Zuckerberg, de Meta; Tim Cook, de Apple; Elon Musk, al frente de Tesla y SpaceX, y Sam Altman, CEO de OpenAI.
La fotografía tiene un enorme contenido geopolítico. Frente al líder chino, Trump exhibió a los empresarios que representan algunos de los principales activos estadounidenses en la carrera tecnológica global. La segunda gran batalla es comercial.
Estados Unidos y China continúan enfrentados por los aranceles y por el gigantesco desequilibrio en el intercambio bilateral. La tregua alcanzada por ambos gobiernos el año pasado en Corea del Sur permitió contener temporalmente la escalada arancelaria. Su vencimiento estaba previsto para noviembre, pero fue prorrogada hasta febrero. La extensión no significa que la guerra comercial haya terminado. Más bien demuestra que ambos gobiernos están administrando el conflicto.
Washington reclama mayor acceso de productos estadounidenses al mercado chino y busca reducir el déficit comercial. Trump destacó especialmente durante la visita las nuevas oportunidades para agricultores y ganaderos norteamericanos.
China, mientras tanto, conserva una enorme capacidad exportadora. A pesar de los aranceles y las restricciones estadounidenses, sus productos continúan ingresando masivamente en Estados Unidos y el país asiático se encamina a registrar nuevamente un superávit comercial global cercano al billón de dólares. La paradoja es evidente: las dos mayores potencias del planeta intentan reducir su dependencia estratégica mientras siguen profundamente vinculadas económicamente. Trump y Xi parecen haber entendido esa contradicción.
El presidente estadounidense habló de una relación personal excepcional con su par chino. Xi respondió en términos similares: dijo que ambos se respetan, mantienen contacto y desarrollaron una relación personal capaz de facilitar los acuerdos.
Ese vínculo entre líderes tiene una importancia particular en el estilo diplomático de Trump, que históricamente privilegió las relaciones personales incluso con dirigentes de países considerados adversarios estratégicos.
Xi aprovechó esa característica. "Estoy preparado para trabajar con usted para conducir el gigantesco barco de las relaciones entre China y Estados Unidos hacia un rumbo estable", le dijo.
También introdujo gestos de diplomacia social. Entre sus propuestas apareció una invitación para que 100.000 jóvenes estadounidenses viajen a China mediante programas de intercambio estudiantil, una forma de reconstruir vínculos entre dos sociedades que durante los últimos años comenzaron a mirarse crecientemente con desconfianza. Sin embargo, la cordialidad tiene límites.
Estados Unidos no parece dispuesto a abandonar las restricciones tecnológicas destinadas a frenar el desarrollo chino en áreas estratégicas. China tampoco renunciará a su política sobre Taiwán ni a su objetivo de convertirse en una potencia tecnológica independiente.
Tampoco desapareció la presión comercial. La extensión de la tregua arancelaria hasta febrero mantiene abierta la posibilidad de nuevas negociaciones y deja a Trump una herramienta de presión para obtener concesiones antes de futuros encuentros, entre ellos las reuniones internacionales previstas para los próximos meses.
La visita de Xi a Washington debe leerse, entonces, menos como una reconciliación que como un intento de administrar una rivalidad estructural. China ya no discute simplemente aranceles con Estados Unidos. Compite por mercados, tecnología, inteligencia artificial, influencia diplomática, capacidad militar y liderazgo global. Washington, por su parte, intenta preservar una primacía internacional que mantuvo prácticamente sin competidores desde el final de la Guerra Fría.
Esa es precisamente la situación que explica la referencia de Xi a Tucídides. La pregunta fundamental del siglo XXI probablemente no sea si Estados Unidos y China serán rivales. Ya lo son. Tampoco si competirán económicamente y tecnológicamente: esa competencia está en marcha.