El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, baila un poco después de pronunciar un discurso en el retiro de miembros del Partido Republicano (GOP) de la Cámara de Representantes en el Kennedy Center en Washington, DC. (Mandel Ngan / AFP)
Las Américas enfrentadas
El choque en Naciones Unidas entre Donald Trump y sus coreutas latinoamericanos, con la vereda donde se encuentran Lula da Silva, Claudia Sheinbaum y el canadiense Mark Carney.
Como una efigie de Jano, las Américas tienen dos rostros mirando en direcciones opuestas. Pero esos rostros no son la América del Norte mirando hacia el Ártico y la del sur hacia el Antártico. En esta versión del dios romano, una cara mira con desprecio el multilateralismo y considera “comunismo” todo intento colectivo de conjurar amenazas a la humanidad, mientras que la contrapuesta defiende la soberanía de la amenaza que representa el unilateralismo y propone compromisos para salvar a la especie humana de las acechanzas que representan el cambio climático, las pandemias que el calentamiento global multiplica y los saltos tecnológicos que pueden volverse contra ella.
El Jano americano quedó expuesto en la Asamblea de Naciones Unidas. La voz cantante de la cara unilateralista fue Donald Trump. Lo acompañó un coro de presidentes latinoamericanos cuyos discursos sonaron como ecos del que dio el jefe de la Casa Blanca. Trump fue la estrella del firmamento ultraconservador y los ecos latinoamericanos defendieron sus posiciones con fervor.
El principal objeto de ensañamiento de esta voz solista acompañada por un coro, fue la propia ONU. Los exponentes de la versión panamericana de la ola reaccionaria la describen como si no fuera lo que en realidad es: un reflejo de la eterna pulseada entre el orden y el desorden que se libra sobre el orbe.
Atacarla suena como culpar al espejo por mostrarnos demacrados, envejecidos o lo que sea que nos defraude al observar nuestra propia imagen. En la cara multilateralista sobresalió un trío afinado. La voz más destacada y resonante de la expresión opuesta a la visión del líder de MAGA y sus ecos latinoamericanos, fue la de Lula da Silva. Respecto a la ONU, el líder brasileño explicó que el principal responsable de su mal funcionamiento es el Consejo de Seguridad, o más precisamente que sus cinco miembros permanentes (no los otros diez) tengan poder de veto.
Es en el Consejo de Seguridad donde nace la imposibilidad de entendimientos y el descontrol, ergo, el caos reflejado en la multiplicación de las guerras que, sumadas, alcanzan niveles de violencia superiores al de la Segunda Guerra Mundial. Con lucidez, Lula planteó tres disyuntivas cruciales del mundo en esta etapa de la historia: multilateralismo o unilateralismo; soberanía o subordinación y democracia o extremismo.
El lado oscuro de la política exterior de Lula está en su ausencia de crítica hacia todas las dictaduras, especialmente hacia las más cercanas en la geografía y en lo referido a la pose ideológica: el chavismo y el castrismo. Por eso no plantea la disyuntiva “democracia o dictadura”. No obstante, su versión de esta disyuntiva es la más adecuada para el momento que atraviesa el sistema demo-liberal.
“Democracia o extremismo” es lo que se dirime en Europa y en las Américas, donde principalmente la ultraderecha, pero también la izquierda ideológica y por ende extrema, están desplazando a las dirigencias de centroderecha y centroizquierda.
En la disyuntiva planteada por Lula, el centrismo es el andamio de la democracia liberal y el extremismo su abismo. En la misma cara de las Américas se lució la visión canadiense, expresada por el primer ministro Mark Carney en distintos foros paralelos a la Asamblea General, y expuesta en el hemiciclo del 760 de First Avenue por la canciller Anita Anand.
Con otras palabras y ejemplos, el líder socialdemócrata de Canadá desplegó el razonamiento que se resume en una frase popular norteamericana que fue usada años atrás por el ex secretario de Estado Anthony Blinken: “si no estamos en la mesa, estaremos en el menú”.
Esa visión prioriza la defensa de un “multilateralismo con valores humanistas”, la necesidad de regular la IA y la concientización de lo que implica el cambio climático. También el apoyo a Ucrania y a la “solución de los dos estados” para israelíes y palestinos. México expresó una visión similar, a la que sumó un duro cuestionamiento al torniquete que aplica Trump a Cuba. En la vereda contrapuesta, el chileno José Antonio Kast, el ecuatoriano Daniel Noboa y el argentino Javier Milei fueron ecos de Trump en el ensañamiento con la ONU.
Tiene lógica que los líderes de potencias poderosas con ambiciones hegemónicas pretendan imponer el unilateralismo. Se entiende menos que haya gobernantes de potencias medias y de países débiles que se sumen al linchamiento de la ONU por estar alineados de lleno con alguno de los gigantes. En ese andarivel, el discurso de Milei fue el más argumentado. Lo que Trump lanzó como piedrazos, el presidente argentino fundamentó con argumentos y dogmas ideológicos.
En esa mirada, la ONU y demás organismos multilaterales vienen a ser algo así como usinas comunistas que difunden miedos paralizantes valiéndose de pandemias, fenómenos climáticos, avances tecnológicos etcétera, con el objetivo de establecer control sobre las sociedades.
Lo que ve la cara del Jano americano que mira hacia el unilateralismo, son miedos creados y difundidos por usinas “comunistas” para clausurar la libertad. El multilateralismo es el instrumento elegido por los “enemigos de la libertad” para poner la humanidad bajo control. De tal modo, la misión sagrada de los “defensores de la libertad” es acabar con esos miedos y con todas las regulaciones y controles que impulsa ese ente fantasmagórico al que llama “comunismo”. En esa pulseada de visiones contrapuestas, en materia de elegancia, lucidez y contundencia se destacó el presidente de Brasil.
En su política exterior y su política interna Lula tiene flancos débiles. Eso explica que un político tan mediocre como Flavio Bolsonaro le esté resultando un hueso electoral duro de roer. Pero la elocuencia inteligente de Lula lo mostró muy por encima de sus pares latinoamericanos.
Su discurso tuvo imágenes y definiciones de alto vuelo. Por caso, haber parafraseado a Von Klausewitz corrigiendo a ese gran teórico decimonónico de la estrategia militar, al decir que “la guerra no es la continuidad de la política por otros medios, sino el colapso total de la política”.
Sin leer ni fisgonear una hoja con apuntes, al referirse a la disyuntiva “soberanía o subordinación”, Lula se diferenció de los ecos latinoamericanos de Trump desnudándolos con una metáfora potente y reveladora: “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”. En la mitología romana, Jano representaba los comienzos y los finales, porque una de sus caras miraba hacia adelante, el futuro, y la otra hacia atrás, el pasado. Las dos caras contrapuestas que se vieron en la ONU creen y dicen ser la que mira hacia adelante. La historia dirá cuál de ellas realmente lo hace. Y lo más importante: cuál es el futuro hacia el que marcha la humanidad.