Imagen del senador brasileño, Flavio Bolsonaro, candidato presidencial del Partido Liberal de Brasil, asistiendo a una mitin de campaña, en Río de Janeiro, Brasil. (inhua/Daniel Ramalho)

Tiempo de relatos salvajes

Más allá de los flancos que ofrece Lula, en la carrera electoral brasileña picó en punta la violencia retórica y la brevedad estridente del lenguaje de las redes sociales.

Las urnas siguen siendo lámparas de Aladino de las que, en lugar de salir genios que cumplen deseos, salen engendros que satisfacen fobias y odios. Eso explica que un personaje opaco y mediocre como Flavio Bolsonaro haya podido superar a Lula. Al presidente brasileño se le pueden criticar muchas cosas, lo que no se puede es equipararlo con quien lo derrotó en la primera vuelta. En inteligencia y trayectoria, el líder del PT es un gigante y Flavio una miniatura de su padre, Jair Bolsonaro, la versión original.

Que la estatura política de Lula es inmensa y la de su rival ínfima, no es una apreciación subjetiva. Equivale a decir que el rey de España es más alto que el presidente de Francia. Y que Felipe VI es más alto que Macron es evidente. Sólo hace falta verlos de pie uno al lado del otro.

Para comprobar la diferencia que en capacidad y liderazgo pone a Lula por encima de Bolsonaro, sólo hace falta escucharlos. Incluso poniendo todos los bolsonaros juntos en un lado de la balanza, no se acercan al peso histórico que tiene el líder del PT. Sin embargo, en la primera vuelta, el gris Flavio superó al presidente Lula da Silva.

Por cierto, el líder del PT tiene un lado oscuro. Entre otras cosas, su política exterior, plagada de silencios frente a despotismos criminales como el de Vladimir Putin; con posicionamientos inaceptables como apoyar a Rusia contra Ucrania en el comienzo de esta guerra eslava, además de apoyos a dictaduras como la chavista y la castrista.

A la corrupción de su gobierno no la justifica la corrupción de esa familia ultraconservadora. Y a pesar de que en este mandato el gabinete no muestra su amplia coalición que va desde la centroizquierda hasta la centroderecha, en el actual proceso electoral Lula representa el centro, la democracia liberal.

Brasil siempre tuvo un centroderecha con mayúsculas. Desde Tancredo Neves y José Sarney hasta Fernando Henrique Cardoso y Garaldo Alkmin, entre otros, fueron grandes y respetabilísimos líderes.

Alkmin es ahora vicepresidente de Lula. Pero aquella centroderecha tan lúcida y admirable, ha sido barrida por un “infraconservadurismo” que supura liderazgos patológicos, adictos a la violencia retórica, que sacó del placar al Brasil homofóbico, misógino y racista que guardó silencio desde el fin del régimen militar hasta la llegada a la presidencia del capitán expulsado del ejército por falta de equilibrio sicológico y emocional.

Al fenómeno en ascenso se lo puede denominar “ultrismo”. En literatura, el “ultraísmo” fue una corriente vanguardista de la primera mitad del siglo 20 que nació en España y tuvo exponentes tan brillantes como Borges. Por el contrario, en la política, el “ultrismo” es la actual tendencia a votar liderazgos impresentables que irradian intolerancia.

El ultrismo se da por derecha e izquierda. La prueba está en Alemania, donde las elecciones regionales alumbraron victorias neonazis en Sajonia-Anhalt y en Mecklemburgo Pomerania, mientras que en Berlín, como si no fuera la ciudad donde el totalitarismo marxista levantó un muro, ganó Die Linke, el partido de los neo-marxistas alemanes. Pero la regla, por el momento, es el fortalecimiento de lo que José F. Peláez llama “infraderecha”.

Para ese lúcido articulista español, la extrema derecha que crece en el mundo “no es derecha; no asume la cosmovisión de la derecha ni la supera. Ni siquiera llega al nivel de la derecha. Es, en realidad, infraderecha”.

En Brasil, la centroderecha, incluyendo al gran Fernando Henrique Cardoso, o bien integra la coalición de Lula o bien la apoya. Pero en absoluto apoya al bolsonarismo y demás expresiones “infraconservadoras”. En Latinoamérica, el infraderechismo o infraconservadurismo está en asenso y contiene figuras como De la Espriella y Milei, además del bolsonarismo.

En la carrera hacia el Palacio del Planalto, el gris Flavio picó en punta y a Lula el trayecto al ballotage le quedó cuesta arriba. ¿Cuáles son las claves de interpretación de esta realidad con rasgos distópicos? Algunas de esas claves se encuentran en las redes sociales, la seguridad, la religión y la economía.

Las redes cambiaron el lenguaje de la comunicación política y, en ese escenario, Flavio juega de local. En las redes se diluyen las ventajas que tiene Lula, porque allí el mensaje breve y efectista se impone sobre el discurso medular y la argumentación.

La infraderecha es joven y domina las redes porque es producto de ellas. Por eso logró quedarse con la bandera de la seguridad. Los gobiernos del PT no son de mano blanda con la delincuencia, pero la seguridad no aparece en su discurso, mientras que en el discurso infraconservador el tema es protagónico y se transmite de manera eficaz.

La religión también propulsó al bolsonarismo. Flavio es evangélico y esas iglesias están en crecimiento, mientras que Lula es católico, o sea de la iglesia que en Brasil lleva décadas decreciendo. Las iglesias neo-pentecostales, que son la base política del bolsonarismo, penetraron el bastión social del líder del PT: las clases bajas.

Brasil siempre tuvo la mayor cantidad de católicos entre los países el mundo, pero los evangélicos, que eran el 5% en la década del 70, pasaron a rondar el 35% en la actualidad. Y los pastores evangélicos hacen proselitismo sin ruborizarse. Los neo-pentecostales penetraron las clases bajas, trasladando muchos votos de Lula a Flavio.

La economía es otro punto débil del presidente. Su fragilidad tiene puntos en común con los gobiernos de Joe Biden y de Milei. Biden logró crecimiento económico y puso la inflación bajo control, pero los precios quedaron altos y las clases medias lo sintieron.

Lula tiene, como la tuvo Biden y la tiene Milei, la inflación bajo control pero con los precios altos. En las clases medias y bajas de Brasil, las familias se endeudan, como en Argentina. Y esas deudas son una carga angustiante. En Brasil la regla es que hay dos rondas de votación (con la excepción de Fernando Henrique Cardoso, que ganó en primera vuelta) y al ballotage lo ganan los que ganaron la primera vuelta. ¿Puede Lula romper la regla? Sería imposible si la diferencia hubiese sido de cuatro puntos o más. Pero fue de dos puntos y la pregunta es a cuál le quedó más margen de crecimiento.

Lula necesita que voten los millones que a los encuestadores dijeron que lo votarían a él pero les faltó entusiasmo para ir al centro de votación, hacer largas colas y depositar su papeleta. Difícil que se pueda y que alcance, pero no imposible.

En Las Mil y Una Noches, el genio de la lámpara hizo rico al pobrísimo Aladino para que pudiera conquistar a la princesa Badulbudrul. Pero hoy Occidente está en el capítulo en el que Jafar, el malvado gran visir del sultán, se apodera del mágico candil para engendrar liderazgos que sólo multiplican las riquezas de los que ya son muy ricos.

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