En esta fotografía, facilitada por el Servicio de Emergencias de Ucrania, se observa a rescatistas ucranianos trabajando en el lugar de un ataque ruso contra un centro educativo en Komyshuvakha, en la región de Zaporiyia, en el contexto de la invasión rusa de Ucrania. (SERVICIO DE EMERGENCIAS DE UCRANIA / AFP)
Guerras entre conocidos
Rusos y ucranianos se conocen desde adentro; israelíes e iraníes, como extraños. Por qué esa diferencia explica cómo se pelean las dos grandes guerras.
El mundo tiene hoy dos grandes guerras activas. Una enfrenta a Rusia con Ucrania, la otra enfrenta a Israel y a Estados Unidos con Irán. Se parecen en poco, pero hay una diferencia que casi nadie mira y explica mucho, y es el grado en que los enemigos se conocen.
Rusos y ucranianos vivieron siglos bajo el mismo imperio. Hablan lenguas hermanas, se casaron entre ellos, rezaron en las mismas iglesias y estudiaron en las mismas academias militares. El general Oleksandr Syrskyi, comandante del ejército ucraniano hasta julio de 2026, nació en la región rusa de Vladímir y se formó en la escuela militar de Moscú junto a compañeros que hoy lideran tropas rusas. Somos pocos y nos conocemos mucho, dice el refrán. Hay una palabra en ídish que lo dice mejor: ineveynik, desde adentro. Rusos y ucranianos se conocen desde adentro, en las entrañas.
Esa intimidad hace que la guerra no consista en destruir al otro sino en hacerlo sufrir hasta que acepte. Para eso hay que saber dónde le duele y qué padecimiento está dispuesto a soportar. Ese saber no figura en los manuales, se aprende en la infancia, en la lengua, en la mesa familiar.
Rusia lo olvidó al principio, conocía tanto a Ucrania que creyó que se rendiría en días. Cuando esa expectativa fracasó, los dos países se acomodaron con naturalidad a una guerra de resistencia. Son pueblos estoicos y cada uno sabe que el otro no se quiebra por el dolor. La atrición tiene causas militares, desde las minas hasta la artillería, pero la velocidad con que ambos aceptaron el desgaste revela cuánto se conocen. Esa experiencia opera también en el detalle, un agente ucraniano puede pasar por ruso durante meses porque conoce el idioma, los modales, los documentos y el arte del soborno; es el mismo en ambos países. Las operaciones ucranianas que insertaron camiones cargados de drones en el corazón de Rusia descansaron sobre esa ventaja. Un espía así no necesita traductor.
La guerra con Irán es lo contrario. Israelíes e iraníes se enfrentan desde culturas ajenas, con lenguas distintas, con calendarios y dioses separados. Israel estudia a Irán de manera sistemática desde hace décadas y su inteligencia logró una penetración extraordinaria, sabía dónde dormía cada científico nuclear y dónde se reunía cada general. La prueba llegó el 28 de febrero de 2026, cuando el primer golpe de la guerra mató a Alí Jamenei, el líder supremo, el hombre más protegido de Irán. Pero el régimen no se rindió tras medio año de bombardeos, bloqueos y sanciones. Tampoco alcanzó el plazo de 60 días que Washington y Teherán se dieron para negociar un acuerdo final, que venció en agosto sin resultado. Ahí aparece la diferencia entre dos clases de saber.
La inteligencia puede penetrar una organización sin ingresar una cultura. Se puede conocer el cuerpo del enemigo, cada búnker y cada dormitorio, y desconocer su umbral de dolor. Irán soportó décadas de sanciones y el sufrimiento del país jamás se tradujo en decisiones del poder. Quien mira desde afuera confunde el padecimiento de la nación con el tormento del régimen.
Israel suple esa distancia porque allí viven más de 100.000 judíos de origen persa, llegados en oleadas desde 1948 y, sobre todo, tras la revolución de 1979. Hablan farsi, guardan recuerdos familiares y mantienen lazos con la disidencia interna iraní, lo cual sin duda ayudó a los servicios israelíes. Pero es un saber de exiliados, que conoce a la perfección el país que dejó, aunque esa sociedad ya no existe. Es decir, su reloj se detuvo el día de la partida.
Estados Unidos conoce el precio de esa lejanía. En Afganistán acumuló durante 20 años montañas de información y nunca comprendió el sistema que esa información describía. Los afganos lo resumieron en una frase: ustedes tienen los relojes, nosotros tenemos el tiempo. Con Irán repite el método desde hace más de 40 años y espera que las sanciones derrumben al régimen porque proyecta su propia aritmética del sufrimiento sobre una sociedad que cuenta distinto.
Conocer al enemigo no garantiza un acierto, y Rusia lo demuestra. Pero entre íntimos el error se corrige pronto, porque la respuesta del otro llega legible. Sin embargo entre extraños, el error se fosiliza y puede durar generaciones. El forastero sabe exactamente dónde golpear sin tener claro cuánto duele. El íntimo puede equivocarse sobre el padecimiento, pero entiende el grito. Esa es la verdadera ventaja de las guerras entre conocidos, y no está en acertar, sino en aprender.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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