Mucho se ha dicho sobre la pelea de Javier Milei con la prensa. Menos se ha mirado cómo la ordena. Entre el 10 de diciembre de 2023 y el 9 de octubre de 2026, el presidente publicó en X 478 posteos en los que convierte a un periodista o a un medio en villano, y 46 en los que presenta a uno como héroe: diez ataques por cada elogio. Leídos en conjunto, revelan una clasificación con dos cortes.
El primero es la verdad. Seis de cada diez ataques acusan al periodista de mentir o lo ubican en una figura que miente por definición: el que cobra por escribir o el que opera para su negocio. Ni el error se salva: «unos por incapacidad y otros por adicción al sobre», escribió en abril de 2026. El resto es insulto puro, como la sigla NOL$ALP («no odiamos lo suficiente a los periodistas») o la cifra «(95%)», dirigido sobre todo al colectivo. Pero cuando pone nombre y apellido, Milei acusa de mentir: entre los periodistas que nombra, el mentiroso es la figura más frecuente. El que no sabe también difunde algo falso, y para el relato presidencial el efecto es el mismo.
Dueños y empleados. El segundo corte es económico: ¿para quién miente el periodista? Está el empleado que miente por quien le paga, el «ensobrado» o la «pluma esclava», y el dueño que miente por su negocio, como Clarín, «el gran operador argentino», o los Saguier, a cuyos columnistas llama «esbirros». El empleado domina con claridad: cuando Milei dice para quién trabaja el periodista, lo presenta como empleado más del doble de veces que como dueño, 106 posteos contra 45. El dueño queda para los grupos, no para las personas: contra periodistas con nombre propio, la figura del que opera por su cuenta aparece apenas cinco veces. El blanco individual es casi siempre alguien que sirve a otro, aunque pocas veces se diga a quién. La «pauta» es el mandante sin rostro.
Al cruzar los dos cortes aparece el héroe. Milei no condena la propiedad de los medios: 39 de los 46 elogios son para periodistas que hablan desde su propio medio o su propia cuenta, como Javier Negre y La Derecha Diario, Alejandro Fantino y Neura, o Diego Laje desde su cuenta en X. Son dueños de su palabra, como Jorge Fontevecchia lo es de Perfil. Lo que separa a Negre de «Tinturelli» no es la propiedad, sino el lado de la verdad en que el presidente los coloca.
Los empleados honestos son raros: siete posteos en casi tres años, a menudo dentro de un ataque al medio donde trabajan, como el elogio a Claudio Savoia en medio de una andanada contra los «operadores siniestros de TN». La excepción confirma la regla: si en TN hay uno honesto, los demás mienten porque quieren o porque les pagan. Y el lugar no es fijo: en mayo de 2024 Milei citó a Ignacio Ortelli, junto a Eduardo Feinmann y Esteban Trebucq, como testigo fiel de una entrevista; cuatro meses después lo incluía entre los «mentirosos y corruptos». Bastó que leyera un discurso presidencial como una arenga para pasar del elogio a la lista negra.
La hoguera. El propio presidente expuso su propia clasificación en agosto de 2026: lo critican «unos por falta de pauta, otros por ignorancia y finalmente los resentidos envidiosos». Corrupto, ignorante, resentido: tres maneras de mentir. Ninguna contempla que el periodista pueda tener razón.
Ese es el núcleo del problema. En una democracia la crítica de la prensa puede ser acertada o equivocada, y se discute. En la narrativa presidencial no es un juicio sino un síntoma: quien informa algo que molesta, miente, y quien miente lo hace por dinero, negocio o envidia. El honesto queda definido, por descarte, como el que coincide. Así funcionaban las hogueras: la condena precedía al juicio.
La clasificación tiene consecuencias. Desde 2025 la hostilidad pasó de las palabras a los actos del Estado: el fin de la pauta oficial, la Oficina de Respuesta Oficial, el retiro de acreditaciones en la Casa Rosada. Cuando el villano está definido de antemano, cada medida contra él se presenta como defensa de la verdad.
Queda una ironía. Un presidente enemigo del dirigismo económico ejerce sobre la prensa un dirigismo moral: no fija precios, pero reparte certificados de honestidad. Y en ese reparto el mercado no decide nada. Decide él.
*Por Alejandro M. Estévez, Profesor UBA, UTDT, UNLZ.
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