Tuesday 20 de October, 2026

OPINIóN | Hoy 04:35

Los abanderados de las formas: estética (y ética) de la crueldad

Por qué el modo de decir es un modo de ser y de hacer.

"Mentirosos", "basuras", "traidores", "imbéciles", “ensobrados”, “pauteros”, “mandriles”, “ratas”, “soretes mal cagados”, “parásitos”. Expresiones que antes habrían marginado a cualquier aspirante a un cargo público hoy resuenan con fuerza en conferencias de prensa, cadenas nacionales y publicaciones digitales de los principales mandatarios políticos.

En la política contemporánea, el insulto ya no es un exabrupto aislado, sino una estrategia de comunicación deliberada y una herramienta de poder. Desde la teoría del discurso, el lenguaje y el estilo con que alguien se presenta, constituye su marca. Es la construcción de una identidad que se refleja en sus mensajes. Líderes de diversas latitudes hacen de la violencia verbal el núcleo de su discurso y la presentan como rebeldía o autenticidad frente a una corrección política que juzgan vacía de contenido.

Hace unos días, el presidente Javier Milei xceó (o twitteó) un artículo de La Nación que cuestionaba sus agresiones a periodistas. Lo tituló, en mayúsculas: «LOS PELOTUDOS ABANDERADOS DE LAS FORMAS…». Reivindicaba así el derecho a un uso procaz del lenguaje en beneficio del contenido. Seguidamente, Santiago Oría, algo así como un ministro de Ilustración Pública y Propaganda, como no podía ser de otra manera, abyecto cual adlátere, salió a avalar la posición del presidente. Afirmó que «las formas es el lenguaje de los MEDIOCRES», más allá de la falta de concordancia gramatical de número, y pasando por alto la utilización inadecuada de mayúsculas, solo justificable por énfasis estilístico.

En una entrevista a Marcelo Longobardi, en un pasaje sobre el vínculo del gobierno con el periodismo, el entrevistado subraya la importancia de las formas en el discurso político. Remite a dicho episodio de las redes y reflexiona que «esta cuestión de las formas no falta mucho para que pase al fondo», en alusión a una potencial censura legal. La advertencia llega tarde: las formas ya son el fondo.

Una vieja idea

Pocos términos en la historia de Occidente tienen tan larga historia. El término latino «forma» sustituye desde el inicio a dos palabras griegas: morphé (forma) y eîdos (idea). Mientras la primera hace referencia a las formas visibles, la segunda a las conceptuales. Esta doble herencia contribuyó a la diversidad de significados del término. Su amplitud semántica es revelada a partir de la existencia de sus términos opuestos. Uno de ellos es el término «contenido». Si el contenido es su opuesto, entonces la forma es la apariencia externa o estilo. Y el correlato de la forma es el contenido, sentido y significado.

La relación entre fondo y forma (o contenido y forma, contenido y continente, pensamiento y lenguaje, sustancia y apariencia, qué y cómo, sustancial y formal, etc.), constituye uno de los debates más antiguos y ricos de la crítica literaria, la poética, la estética y la filosofía. La cuestión aborda la manera en que el pensamiento o el mensaje se entrelaza con la estructura o el lenguaje para crear significado.

Como sugiere Tatarkiewicz en Historia de seis ideas (1976), los antiguos sofistas fueron quizás los primeros en establecer esta distinción. Casi paralelamente, Demetrio de Falero utilizó la fórmula: «lo que dice la obra» (contenido) y «cómo lo dice» (forma).

Durante siglos, la forma o continente fue vista como un mero adorno o envoltorio para el fondo. Lo importante era lo sustancial y no la manera en que ello se expresaba. Recuerdo que entre mi infancia y adolescencia solía tener discusiones con mi familia en torno a esta cuestión. Entendía que no importaban las formas. Defendía con vehemencia una «verdad universal». Esta es la visión del presidente.

Asume una postura que nos recuerda a Platón, quien desconfiaba de las apariencias de la palabra, considerándolas un armazón cambiante, e incluso engañoso, frente a la esencia de las Ideas inmutables. Milei entiende que la verdad, el contenido o el fondo existen en un plano puro, incontaminado, y que la forma es una máscara que usan los mediocres para simular.

Frente a esa concepción platónica, Aristóteles, concibe que el mundo del lenguaje se corresponde con el del pensamiento y con la realidad. No hay disociación. De él justamente proviene nuestra forma de entender la verdad. Por ello, para el estagirita, como también para Cicerón, la persona prudente converge con el orador perfecto, vinculando estrechamente el contenido con las formas.

Gracián: la forma es el fondo

Pasados los debates medievales y renacentistas, en plena modernidad barroca, Baltasar Gracián llevó la cuestión a otro nivel. En Arte de ingenio. Tratado de agudeza (1642) y Oráculo Manual. Arte de prudencia (1647), articula la estética y la ética. Defendió la agudeza del pensamiento (contenido) y la del lenguaje (forma). Contenido y forma se implican mutuamente en una unión indisociable de pensamiento y estilo. Para el filósofo aragonés, ser y parecer, fondo y forma, se copertenecen éticamente. La forma es el modo en que la prudencia se realiza en el mundo. No es decoración, es la arquitectura del ethos, del carácter, del modo de ser.

Sus aforismos lo dicen con precisión: «Hase de ir con arte en comunicar el arte» (OM, af.212). Con sus típicos juegos de palabras, para Gracián, el arte de la prudencia debe ser comunicado de manera ingeniosa y al mismo tiempo prudente. Tener sabiduría práctica para transmitir la máxima de la acción y que no sea rechazada. No alcanza con que el moralista recomiende una serie de normas de prudencia, sino que es necesario, además, como sugiere Checa (1992), ejercitar la prudencia en el mismo acto de su enunciación. La prudencia es así, inseparable del empleo adecuado del lenguaje.

El fundamento de esta unidad entre forma y contenido hay que buscarlo en su concepción de la realidad. Para el aragonés, las cosas no pasan por lo que son (por su fondo), sino por lo que parecen (por su forma), puesto que la mayoría mira lo aparente (la forma), mientras que son los menos los que miran por dentro, los que miran lo sustancial. De aquí que: «[…] todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y razón» (OM, af. 14), mientras que el buen modo todo lo remedia. Hasta negar algo exige arte: «No basta tener razón con cara de malicia» (OM, af. 99), porque en estas cuestiones: «[…] entra el modo: más se estima el no de algunos que el sí de otros, porque un no dorado [adornado] satisface más que un sí a secas» (OM, af. 70).

La obra graciana es una muestra de la superación de la dualidad fondo-forma en servicio de la unidad estilística de ambos. Como señala Povedano (1976), no es apropiado distinguir entre su pensamiento y su modo de expresión. No se los puede separar. La forma es parte misma de la idea y viceversa. Ambos configuran el estilo. Lo formal de los pensamientos es parte misma del estilo literario. El estilo, por su parte, es a la vez palabras y pensamientos.

La objeción previsible es que la corrección política fue durante años coartada de la hipocresía y del encubrimiento. Es atendible. Pero el «modo» en Gracián no es etiqueta cortesana: es la manera en que una idea se hace cargo de sus efectos. Su propia agudeza puede ser filosa; lo que la distingue del insulto es que, por un lado, busca persuadir al otro, no degradarlo. Y por otro, pretende la constitución de un ethos prudencial que salvaguarde a la persona de los peligros que lo acechan en el mundo.

El insulto como contenido y acción

Contra lo sostenido por quienes se abanderan en el contenido en detrimento de las formas, Gracián cuestiona esa idea. Sin circunstancia y sin modo, todo contenido se corrompe.

El lenguaje no es un recipiente vacío en el que volcamos ideas. Tiene sus propias reglas. La forma condiciona en gran medida lo que somos capaces de pensar (el fondo). El fondo es la relación que la forma establece. La forma es la manifestación visible de la sustancia moral.

Cambiar una sola palabra, cambia el significado. Cuando un poeta elige la estructura rígida de un soneto (forma) no lo hace solo por capricho. La tensión que genera rimar y contar sílabas moldea lo que quiere transmitir (fondo). En el discurso político sucede lo mismo. Como sugirió Austin en Cómo hacer cosas con palabras (1955), el lenguaje también realiza acciones; y para Butler en Palabras que hieren (2021), los discursos de odio son actos performativos que ejercen violencia por sí mismos al degradar al destinatario. El insulto, entonces, como recurso discursivo no es un accesorio. Tiene el poder ético de desviar, arruinar e incluso corromper la supuesta verdad del contenido que su enunciador defiende. La violencia verbal sistemática constituye una decisión ética de destruir el lazo social y la empatía con el otro.

La crueldad verbal y la crueldad de gestión obedecen a una misma lógica. Repostear un ataque a un menor con discapacidad, no eliminar la publicación ante el pedido de la familia y escudarse en el ejercicio de su libertad de expresión, manifiesta una absoluta insensibilidad e irresponsabilidad ante una relación asimétrica, o algo peor, la plena conciencia y el aprovechamiento de ella. Vetar la Ley de Emergencia en Discapacidad y no aplicar la ley refrendada por el Congreso, no cumplir con la Ley de Financiamiento Universitario votada dos veces por los legisladores e intimado por la justicia, y ordenar la represión policial a los manifestantes de ambas protestas, exponen el mismo modo de ser (y parecer). Cuando el presidente le dijo a Jaime Bayly en una entrevista, con gestos de regodeo, que los empresarios «van a tener que competir muy bien, ganarse el pan con el sudor de la frente, servir al prójimo con bienes de mejor calidad o mejor precio, sino irán a la quiebra», y luego comercios y empresas cierran pese a la baja de precios, mientras el gobierno les reprocha jactanciosamente falta de adaptación, las formas y el contenido son uno mismo: indiferencia y/o abandono del gobierno a los intereses y necesidades de esos grupos sociales.

Claro que esta política no es un fenómeno meramente local. Las más de sesenta muertes en operativos, redadas y bajo custodia del Servicio de Inmigración (ICE) de los Estados Unidos en los dos últimos años, según registros de HRW y de la ONU, muestran cómo las formas de Donald Trump también son su contenido.

Un modo de ser

En síntesis, durante siglos se vio al continente (forma) como un mero adorno o envoltorio para el contenido (fondo). Se creía que una gran verdad debía adornarse con palabras bellas. Desde la modernidad, esa visión cambió radicalmente. El fondo es la forma y la forma es el fondo.

Cuando la crítica contemporánea señala que en Gracián no hay separación entre fondo y forma, se refiere precisamente a que la forma no es un adorno que se añade a una idea preexistente, sino que el pensamiento nace y existe únicamente a través de su arquitectura verbal. La forma no es un ornamento, es el contenido mismo en movimiento.

Reducir las agresiones verbales institucionales a un mero problema de mala educación o estilo disruptivo es un diagnóstico limitado y empobrecedor. Gracián comprendió que los buenos modos no eran un cosmético para pusilánimes o cortesanos hipócritas, sino la sustancia misma del carácter moral y la inteligencia política. Las formas son el fondo hecho conducta. Y si, como dijo Martín Kohan «la crueldad está de moda», en ello coinciden forma y fondo, estética y moralmente. Insultar al otro no es una decisión decorativa; es un modo de ser en el mundo. Es una posición ética.

* Gastón G. Beraldi es Doctor en Filosofía, profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires.

 

por Gastón Beraldi

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