Thursday 8 de October, 2026

OPINIóN | Hoy 18:58

La granja de Nvidia

Cómo la empresa de chips más valiosa del mundo aprendió a criar a sus propios compradores.

Nvidia fabrica un tipo especial de chip, llamado procesador gráfico. Al principio servía para dibujar las imágenes de los videojuegos y luego alguien descubrió que servía para algo más grande, como entrenar y hacer funcionar la inteligencia artificial (IA). Todo modelo de IA moderno corre sobre miles de estos procesadores y sin ellos no existe la IA como la conocemos. Y Nvidia fabrica los mejores del mundo con una ventaja significativa sobre sus competidores.

Estos chips tienen precios altos. Un solo centro de datos moderno reúne decenas de miles en un edificio lleno de computadoras que trabajan sin parar. La cuenta trepa con facilidad a miles de millones de dólares y muy pocas empresas pueden pagar semejante suma de una sola vez.

Quién los compra

Los compradores grandes son conocidos por todos, son los gigantes de la nube. Este negocio consiste en una empresa armando un centro de datos enorme y costoso, y después alquilándolo. Esa potencia de cálculo por horas, tiene un precio para quien la necesite. El cliente no compra la computadora, sino que la usa a distancia por internet. Amazon, Microsoft y Google dominan ese mercado.

Pero existe otro tipo de comprador más humilde. Son empresas de nube pequeñas y jóvenes. Estas no tienen la caja de un gigante y quieren construir centros de datos en igualdad con los grandes. Y ahí aparece el obstáculo porque nadie les presta el dinero con facilidad. Un banco mira a una empresa joven sin historia y desconfía, teme que la empresa no consiga suficientes clientes.

Qué inventó Nvidia

Aquí entra el movimiento nuevo. Nvidia lanzó la Alianza de Cómputo, un mecanismo con tres partes.

La primera parte es la garantía. Nvidia le hace una promesa al proveedor pequeño, si el proveedor no encuentra clientes para alquilar sus chips, Nvidia le compra la capacidad ociosa a un precio pactado. Esa promesa lo cambia todo porque el banco ya no ve a una empresa frágil y sola, sino un respaldo por la mayor compañía de chips del mundo. Con ese apoyo, el préstamo aparece.

El cobro es otro componente. A cambio de esa garantía, Nvidia se queda con un porcentaje de los ingresos que el proveedor gana alquilando su nube. Ya no vende el chip y se despide para siempre, porque ahora cobra una tajada del negocio que esta infraestructura hace posible. En suma, baja por la cadena de valor.

El tercer elemento es más sutil, porque el porcentaje que Nvidia cobra baja con los años. Con el tiempo el gigante tecnológico se lleva una porción cada vez menor. Esta es la forma de acompañar al proveedor mientras es débil y soltarlo cuando ya camina solo.

Los primeros animales criados en esta granja tienen nombre y apellido. Una empresa australiana llamada Sharon AI despliega hasta 40.000 de estos procesadores; Firmus, una compañía de Indonesia, se le suma. Ese campus crecerá hasta los 360 megavatios de potencia. Son cifras enormes para compañías que ayer eran diminutas.

Por qué es criar y no vender

Un vendedor común entrega el producto y cobra su precio, ahí termina todo su interés en el asunto. Nvidia hace algo bastante distinto, porque cuida que el comprador sobreviva en el tiempo, le consigue el crédito que necesita y garantiza el ingreso durante años. Por lo tanto, lo acompaña en cada paso del camino y se preocupa por su salud financiera con esmero. La realidad es que Nvidia necesita al comprador vivo y sano. Porque un cliente saludable vuelve una y otra vez a comprar chips. La ternura aparente es la misma del ganadero con su animal, se le cuida con esmero aquello que se piensa aprovechar.

Casi todos leen esta noticia como una muestra de poder. Nvidia es tan fuerte, dicen, que fabrica a sus propios clientes. La lectura suena razonable a primera vista, pero resulta equivocada.

Un negocio sano no necesita criar a su comprador, si la demanda sobra, el vendedor se sienta y elige. Por otra parte, el ganadero que debe engendrar a su propio cliente confiesa algo grave sin proponérselo, al precio que él necesita, los compradores no alcanzan. Criar clientes es señal de fuerza y confesión de un techo al mismo tiempo.

La fuerza de Nvidia es muy real, pero esta potencia y el problema conviven en la misma jugada. Nvidia vende sus chips a un margen alto. Para sostener esas ganancias y ese volumen, necesita compradores que demanden a ese precio. El mercado natural tiene un límite, porque los gigantes de la nube ya compraron mucho y fabrican sus propios chips, así Nvidia baja un escalón hacia abajo. Va hacia empresas más pequeñas y frágiles como una necesidad del negocio.

Esto ya había ocurrido antes

El programa no resulta tan nuevo como parece. Nvidia respalda a sus clientes desde antes, por caso, con una empresa llamada CoreWeave firmó un acuerdo notable. Se comprometió a comprar hasta $6.300 millones de dólares de capacidad no vendida hasta el año 2032. Además posee cerca del 11% de esa misma empresa. Con otra empresa, llamada Lambda, armó un trato parecido con sus chips.

Mirado en conjunto, el patrón tiene un nombre, se llama financiamiento circular. Así, Nvidia pone dinero o garantías dentro de una empresa, y esa compañía usa el dinero para comprar chips a Nvidia, y los fondos retornan al gigante. La rueda gira sin descanso aparente, y cada vuelta de esa rueda engorda las ventas que Nvidia informa al mercado.

A fines de los años noventa, las grandes fabricantes de equipos de telecomunicaciones hicieron algo parecido. Prestaban dinero a sus clientes para que estos les compraran equipos. Las ventas parecían brillantes en los balances, pero cuando los clientes quebraron, se revelaron como préstamos disfrazados. La lección quedó escrita para siempre, cuando el vendedor financia a su comprador, parte de sus ingresos no es demanda verdadera.

El número del que cuelga todo

El proveedor pequeño pide un préstamo al banco y para respaldarlo, ofrece sus propios chips como garantía. Este colateral es un bien que el prestamista se queda si el deudor no paga. Si el proveedor quiebra, el banco se queda con los procesadores y después los vende para recuperar el dinero prestado. Toda la operación descansa sobre cuánto vale un chip usado el día en que hay que venderlo.

Pero ese valor de reventa no es firme ni estable. En 2025 los procesadores usados de la generación anterior se ofrecían a entre 60 y 70% de su precio original. Muchos en la industria esperan que ese valor caiga rápido. La razón es que Nvidia saca modelos nuevos casi cada año, el viejo pierde valor apenas llega la novedad.

Así, todos se paran sobre el precio del chip usado. Ese guarismo sostiene en pie los créditos y estos a los proveedores. Y Nvidia sostiene a todos con su promesa de recompra. Es un círculo que se abraza a sí mismo. Mientras el precio del chip usado aguante, el negocio prospera. El día que ese precio se derrumbe, cae todo de una vez.

El final sin moraleja

Nvidia hace esto porque es lo racional. Su cuello de botella cambió de lugar con el tiempo y durante años el límite fue fabricar suficientes chips. Esa frontera se aflojó y la nueva es encontrar compradores con dinero suficiente para pagar esos equipos. Cuando el problema es la falta de compradores solventes, la única solución está en generar la liquidez.

La empresa más valiosa del mundo se convirtió en criadora de sus propios clientes. Esta los alimenta y espera de ellos que compren sus semiconductores sin parar. Todo el arreglo parece sólido y hasta elegante, pero cuelga de un número que sube y baja en un mercado de equipos usados.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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Mookie Tenembaum

Mookie Tenembaum

Analista internacional, autor de Desilusionismo.

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