El sistema que detecta con 99% de eficacia la copia. (Entrupy)
Falsificaciones de lujo: cuáles son las marcas más copiadas
"Superfakes" y el sistema que detecta con seguridad la copia. Carteras, zapatillas y relojes, los productos preferidos.
Louis Vuitton es la marca de lujo más falsificada del mundo. Tiene un alto nivel de reconocimiento, una fuerte carga simbólica y su asociación directa con estatus social la convierten en el objeto perfecto para copiar. Al usar sus productos falsificados, los usuarios capitalizan una necesidad profunda de pertenencia y validación social, incluso cuando eso implica resignar autenticidad.
Estas son las conclusiones a las que llega el último estudio de Entrupy, la empresa de tecnología que revolucionó el mercado de las copias al desarrollar una plataforma especializada en la autenticación de productos suntuarios. Para hacerlo, utiliza inteligencia artificial y visión computarizada.
Su investigación determinó que la casa francesa, propiedad del multimillonario Bernard Arnault, concentraba el 32,76 por ciento de las imitaciones. Las cifras surgen a partir del volumen de objetos analizados por la aplicación de Entrupy en todo el mundo, que además comunicó un ranking de las marcas más falsificadas. Las italianas Prada y Gucci ocupan el segundo y el tercer puesto de ese ranking. A ellas les sigue Chanel, con un estimado de 500 millones de dólares en productos falsos escaneados durante el último año. Por último, en el top cinco, con un 4,32 por ciento de las falsificaciones, se encuentra la no menos reconocida Yves Saint Laurent.
Copias de lujo
Las llamadas “superfakes” (“fake” quiere decir “falso” en inglés) son el gran fenómeno que tensiona el mercado del lujo. En su mayoría provienen de China. Se trata de falsificaciones de altísima calidad, que imitan con gran precisión materiales, costuras, herrajes, tipografías e incluso el packaging de los productos originales. A diferencia de las copias más económicas, están pensadas para pasar desapercibidas ante consumidores exigentes y vendedores especializados, lo que dificulta la detección aún a los ojos entrenados.
“Me pasó muchas veces. Hay gente que no sabe que sus productos no son originales porque se los regaló un tío, un primo o el marido. De hecho, hace poco me llegó un bolso Vuitton de monograma que, si no hubiera sido por la autenticación, habría resultado indetectable. Hay carteras falsas de miles de dólares que pueden llegar a salirte tres o cuatro mil dólares, como es el caso de las réplicas de la cartera Birkin de Hermès”, explica Florencia Corral Acosta, dueña de The Circle Boutique, un negocio que se dedica a la moda circular en el barrio de Puerto Madero.
“Se falsifican los modelos con monograma, con gran presencia del logo. Se trata de pertenecer a un grupo social sin gastar lo que realmente vale el producto. Es más, tuve una situación en la que la aplicación decía que la cartera no era verdadera. Pero había una persona que la quería igual y arregló un precio por fuera de nosotros, porque no vendemos productos falsos”, recuerda Corral Acosta.
El sistema Entrupy es altamente eficaz. Tiene un microscopio que se alimenta de inteligencia artificial. Con el dato de la marca, el tipo de cuero y de tela; pide distintas partes del objeto para escanear. Tras la verificación, si es positiva, se emite un certificado con un código QR que lleva directamente a la página de la empresa autenticadora, indicando que es original. La tecnología es 99% eficaz y tiene un reaseguro financiero: si el sistema se equivoca, se hacen cargo económicamente del error.
Suelen utilizar este sistema comercios de reventa, plataformas de e-commerce y hasta las tiendas oficiales de las diversas etiquetas.
El valor simbólico
Según Alejandro Pelfini, sociólogo especializado en estudios sobre élites y globalización y director de posgrados en la Universidad del Salvador, detrás de cada bolso falso hay un fenómeno sociocultural profundo que va más allá del comercio ilegal. “Este tipo de consumo no se basa tanto en demostrar atributos profesionales, culturales o de desempeño, sino en mostrar objetos o vivencias que cumplen con la función de señalar que ‘lo lograste’”.
La falsificación, especialmente de ítems con logos grandes y fácilmente reconocibles, “responde a una lógica de distinción aspiracional y a la construcción identitaria a través de la exhibición. No solo se compra lujo, se consume su representación social. Es un deseo de pertenecer a un grupo más selecto, cuando en realidad no se tienen todas las credenciales para ello”, explica Pelfini. Y agrega: “La pregunta es por qué se está dispuesto a gastar en imitaciones que pueden ser muy buenas, pero que son caras, aunque su costo sea inferior al de los originales”.
De acuerdo con datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que produce informes económicos, comerciales y regulatorios de referencia global; los bienes falsificados representan casi un 2,5 por ciento del comercio mundial, con un valor estimado en 467 mil millones de dólares anuales.
Otros “fakes”
Las zapatillas son otro de los segmentos con mayor volumen de copias. El ranking está liderado por la marca Nike, especialmente en sus líneas Air Jordan, Air Force 1 y Dunk, que concentran la mayor cantidad de pares detectados como no auténticos. Le sigue Adidas, con los modelos Superstar y Yeezy. El informe denominado “State of the fake” indica que los falsificadores utilizan actualmente tecnologías de finanzas y pagos como blockchain y criptomonedas para ocultar sus operaciones y así poder reinvertir las ganancias en negocios legítimos.
Con Rolex a la cabeza en relojería, la lógica es la misma: marcas con alto reconocimiento, fuerte carga simbólica y asociación directa con estatus se convierten en el objetivo perfecto de la industria de las copias. Junto a ella aparecen otras casas históricas como Omega, Cartier, Patek Philippe, Audemars Piguet y TAG Heuer, cuyos modelos más icónicos son replicados de manera sistemática. En ese proceso, el reloj deja de ser un instrumento de precisión: se transforma en un recurso simbólico orientado al reconocimiento social donde el valor no reside en la mecánica ni en la herencia relojera, sino en lo que el objeto comunica hacia afuera en términos pertenencia y validación.
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