Elegir una buena sartén parece una decisión menor hasta que empieza a condicionar todo lo que pasa en la cocina. Sellados que no sellan, alimentos que se pegan, calor mal distribuido o superficies que se deterioran rápido suelen tener más que ver con el material elegido que con la receta. En un contexto donde crece el interés por una cocina más saludable, sin químicos y con mayor control técnico, vale la pena repasar qué mirar antes de comprar.
Durante años, el mercado estuvo dominado por sartenes con recubrimientos antiadherentes. Son livianas y prácticas, pero también las más frágiles: se rayan, pierden propiedades con el uso y, en muchos casos, obligan a un recambio frecuente. Frente a eso, los llamados “materiales nobles” —hierro, acero al carbono y acero inoxidable— volvieron a ganar protagonismo tanto en cocinas profesionales como domésticas.
El material importa (y mucho)
El primer criterio para elegir una sartén es entender para qué se la va a usar. El hierro y el acero al carbono son ideales para cocciones largas, altas temperaturas y platos que requieren inercia térmica: carnes, verduras asadas, tortillas. Pesan más, tardan en calentarse, pero una vez que lo hacen mantienen el calor de forma pareja.

El acero inoxidable juega en otra liga. Su principal virtud es la respuesta inmediata: sube y baja la temperatura con rapidez, lo que permite mayor control. Es el material preferido para sellados rápidos, reducciones, salteados delicados y salsas donde el punto justo lo es todo. Además, no reacciona con alimentos ácidos, no retiene olores ni sabores y no necesita curado.En este escenario se inscribe el reciente lanzamiento de la primera línea de acero inoxidable de KANKAY, una marca local conocida hasta ahora por sus productos de hierro. La novedad no pasa solo por sumar un material, sino por reflejar un cambio de hábito: más precisión, menos artificio y utensilios pensados para durar décadas, no temporadas.
Detalles técnicos que marcan la diferencia
No todo acero inoxidable es igual. Un punto clave es la composición: el estándar 18/8 (18% cromo y 8% níquel) garantiza resistencia a la corrosión y seguridad alimentaria. Otro aspecto central es el fondo. Las mejores sartenes combinan capas: un núcleo de aluminio encapsulado entre acero permite distribuir el calor de manera uniforme y evita los temidos “puntos calientes” que arruinan una cocción.
También conviene mirar la compatibilidad con fuentes de calor. La base magnetizada amplía el uso a cocinas de inducción sin resignar rendimiento en gas o eléctrica. Y un detalle valorado por cocineros profesionales: la capacidad de generar fond, esa capa dorada que queda adherida al fondo y que es la base de salsas y sabores más profundos.
Salud, limpieza y durabilidad
Otro eje cada vez más relevante es la salud. Las sartenes sin recubrimientos —sin teflón ni PFAS— evitan la liberación de sustancias químicas con el desgaste. El acero inoxidable, bien usado, ofrece higiene total y una limpieza sencilla, incluso después de cocciones exigentes. Puede ir al horno, a la parrilla y tolera un uso intensivo sin deformarse.
Un error común es pensar que hay un material “mejor” que otro. En realidad, se complementan. El hierro aporta potencia y rusticidad; el inoxidable, precisión y control. “Son dos materiales distintos según la cocina que te guste”, suele repetirse entre quienes trabajan con ambos. Tener más de una sartén no es un lujo: es una forma de ampliar recursos.
En tiempos de consumo más consciente, elegir bien una sartén implica mirar más allá del precio o la moda. Material, construcción, durabilidad y tipo de cocina que se quiere hacer deberían pesar más que cualquier promesa de antiadherencia eterna. Al final, la sartén perfecta no es la que se vende como milagrosa, sino la que se adapta a cómo —y cuánto— se cocina.
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por R.N.


















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