ONU (Bloomberg)
Batalla cultural en la ONU
Unilateralismo Vs. multilateralismo, lucha contra las amenazas a la humanidad o negacionismo de esas grandes acechanzas, orden mundial o desorden. Las pulseadas en la Asamblea General.
El problema no es que el multilateralismo sea un obstáculo y la ONU un instrumento inútil para ordenar el mundo. El problema son los enemigos del multilateralismo. Ellos sólo usan el edificio neoyorquino que está en el 670 de First Avenue como escenario para mostrarse ante el mundo durante cada Asamblea General, pero luego degradan a Naciones Unidas porque no quieren límites a los poderes que aspiran concentrar.
Esos líderes que quieren imperar unilateralmente sobre la porción del mapamundi que consideran propia, son apoyados por serviles gobernantes de países sin peso en el escenario global.
Gobernantes como Donald Trump, Vladimir Putin, Xi Jinping y Bejamín Netanyahu, además de marginales poderosos como el norcoreano Kim Jong Un y los ayatolas iraníes, entre otros, llevan tiempo carcomiendo el multilateralismo y culpando a Organización de las Naciones Unidas, como si no fuese lo que es: el reflejo institucionalizado de la armonía y del caos que se debaten en el mundo.
La dirigencia mundial parece encaminada a repetir la destrucción del multilateralismo que ocurrió al estallar la Segunda Guerra Mundial. No fue Woodrow Wilson quien fracasó al diseñar un orden internacional para garantizar la paz y la relación armónica entre los estados. No fueron medidas ingenuas las que propuso aquel presidente norteamericano cuando viajó a la Europa desangrada por la Primera Guerra Mundial, para conducir las negociaciones entre vencedores y vencidos. Lo que faltó fue inteligencia y razonabilidad en los vencedores.
El menos razonable fue Clemenceau. El premier francés impuso las cláusulas punitivas más duras contra los derrotados, con particular ensañamiento con Alemania. El primer ministro inglés Lloyd George fue más moderado, pero no bloqueó la dureza obtusa de su colega galo, mientras que Vittorio Orlando, el jefe del gobierno italiano, sólo prestó atención a lo que incumbía a las ganancias territoriales de Italia.
El Tratado de Versalles expresó más esas miradas con poca visión histórica, que lo esencial de los catorce puntos propuestos por Woodrow Wilson.
El fracaso no fue por la defensa de la autodeterminación de los pueblos ni por el reclamo de respeto a los pueblos nativos y la defensa de sus intereses en los asuntos de las colonias que propuso aquel jefe de la Casa Blanca. Tampoco por su exigencia de “pactos abiertos” y de prohibición total de la “diplomacia secreta”, ni por su idea de crear una gran organización internacional que imponga el multilateralismo y arbitre los mecanismos de solución pacífica de los conflictos.
Fue la necedad desprovista de valores la que hizo fracasar la Sociedad de Naciones y firmó su defunción con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, Woodrow Wilson estaría igual de solo. Aunque lo acompañaría quien se está constituyendo en paladín de la democracia liberal y de la resistencia contra Trump y Putin, junto a algunos líderes centristas europeos: el premier canadiense Mark Carney.
Wilson lamentaría que su propio país, en manos del líder de MAGA, sea el que impulsa a las fuerzas políticas y económicas que quieren destruir el multilateralismo. En el Despacho Oval está la contracara del presidente demócrata que mostró más humanismo y razonabilidad que los gobernantes europeos de la entreguerras.
Trump lo demostró en su discurso ante la Asamblea General, el escenario al que le encanta ir porque ama los eventos donde converge la mirada del orbe, pero donde nuevamente expresó el desprecio que siente por la ONU y por todo lo que represente multilateralismo y reglas internacionales.
También mostró su acostumbrada desmesura retórica al decir que si el régimen iraní no cede en su posición, “aniquilaré a la República Islámica”. Una frase que retumbó como un disparo en el hemiciclo ya que se trata de un ámbito en el que se usa lenguaje diplomático, lo que no incluye amenazas de grueso calibre.
De todos modos, fue menos grave y desmesurada que la amenaza proferida en abril del 2026, cuando dijo que “una civilización entera morirá esta noche”.
La palabra aniquilar, por su raíz etimológica vinculada al latín “nihil” (nada), significa reducir algo a la nada, y ese “algo” no es un ser humano. Pero en el lenguaje bélico de los últimos siglos, aniquilar y aniquilamiento son términos usados para aludir a masacres o exterminios de personas, no a la destrucción de cosas.
De todos modos, las amenazas de Trump, igual que su guerra contra Irán, no han servido más que para regalar escenario y visibilidad para que la oscurantista y represiva dictadura religiosa persa se muestre triunfal y poderosa. Tantas veces dijo el jefe de la Casa Blanca que el aparato militar iraní estaba totalmente destruido y que el régimen le suplicaba un acuerdo de paz, quedando luego desmentido por la realidad, que ya nadie toma muy en serio sus afirmaciones y amenazas. Aunque las más apocalípticas podrían significar que no descarta el uso de armas nucleares sino logra la capitulación iraní o una victoria militar que sea visible y no exista sólo en sus palabras.
Buceando mayores profundidades, Lula da Silva centró su crítica en el Consejo de Seguridad, señalando en esa cúpula de superpotencias los defectos que los partidarios del unilateralismo achacan a la ONU. Con sorprendente puntería, el presidente de Brasil hizo blanco en las principales disyuntivas que tiene el mundo: “optar entre multilateralismo y unilateralismo, entre democracia o extremismo y entre soberanía y subordinación”. Y hasta se atrevió a corregir a Von Clausewitz, al afirmar que “la guerra no es la continuidad de la política por otros medios, sino el colapso total de la política”.
Sólo el lúcido Antonio Guterres se acercó a las profundidades que buceó el presidente brasileño. En su último mensaje como secretario general de la ONU, el diplomático portugués volvió a ser la voz más consciente del fracaso de la dirigencia mundial ante los riesgos existenciales que acechan a la humanidad. “Las líneas de falla de nuestro mundo se están ensanchando”, dijo, y habló de dos transferencias inadmisibles de poder: de los gobiernos a poderosas corporaciones y a megamillonarios, y del ser humano a la tecnología avanzada.
Guterres describió lo que significa la multiplicación de las guerras, el crecimiento de la desigualdad y la indiferencia suicida frente a desafíos como el cambio climático y la IA.
De estar vivo, Woodrow Wilson lo hubiera aplaudido. Y tal vez, como hizo el secretario general que se despedía de su cargo, habría cerrado su discurso explicando que guerras, cambio climático, desigualdades crecientes y descontrol sobre la IA no son realidades separadas sino “capítulos de la misma historia: la historia del poder”.