Un hombre aparece junto a una fotografía del expresidente cubano Raúl Castro y del fallecido líder cubano Fidel Castro en su casa de La Habana, Cuba. (YAMIL LAGE / AFP)
¿Cuba abandona el socialismo?
Fidel Castro siempre rechazó reformas y aperturas como las que está aplicando el régimen para lograr inversión externa y que florezca el capitalismo interno.
Cuba abandona el socialismo. Ese podría ser el título sobre lo que sucede en la mayor de las Antillas. Aunque, por cierto, la veracidad que se asigne a tal descripción depende de la posición ideológica que se tenga. Para el izquierdismo emocional y religioso se trata de una jugada necesaria para sortear el estrangulamiento energético que impone Donald Trump, un paso atrás para dar luego dos hacia adelante, como planteó Lenin al implementar en 1921 la NEP (nueva política económica): una emergencia temporal que justificó exclusivamente en la Primera Guerra Mundial.Por el contrario, para el ultra-conservadurismo libertario las reformas y aperturas anunciadas cambian poco y nada la realidad en la isla “sometida al comunismo”.
Incluso desde las posturas sin religiosidad ideológica habrá lecturas diferentes. Lo cierto es que las reformas que anunció Miguel Díaz Canel y aprobó el Partido Comunista implican abandonar el socialismo tal como lo concebía Fidel Castro.El comandante que creó el régimen y confiscó las haciendas y todos los negocios y empresas privadas que existieron hasta 1959, además de gran parte de las propiedades residenciales, jamás habría aceptado una apertura al capital privado como la que se está intentando ahora.
Fidel se negaba a extender un certificado de defunción a su modelo colectivista, aún cuando ese sistema económico estaba visiblemente muerto en Cuba. Se negó a aceptar esa realidad hasta el último latido de su corazón.A esa altura, la economía socialista estaba intubada y funcionaba artificialmente por el pulmotor petrolero venezolano al que Hugo Chávez había conectado Cuba. Los demás movimientos de esa economía reptante se daban en el terreno del mercado negro.
Pues bien, si Fidel Castro resucitara se volvería a morir gritando a sus herederos que lo están traicionando. Como si hubiesen tenido una alternativa que no implicara continuar sometiendo a la población a vivir en la carencia y la penumbra.En fin, más vale tarde que nunca, aunque implique un premio inmerecido a Trump.
Bajo la presión del cerco energético tendido por el jefe de la Casa Blanca, el régimen cubano ha decidido hacer lo que debió hacer, como mucho, en la década del 90: poner fin al sistema colectivista de planificación centralizada y abrirse a la inversión privada, interna y externa.
En el campo comunista, Deng Xiaoping fue el visionario. Tras la muerte del dogmático Mao Tse-tung y de la efímera dictadura del llamado “Grupo de los Cuatro”, liderado por Jian Qing, la viuda del “Gran Timonel”, el líder reformista pudo imponer la visión por la que bregaba desde hacía décadas y le había valido el castigo de la Revolución Cultural y luego el ostracismo. Deng anunció en 1978 la apertura de la economía china y, desde entonces, el gigante asiático no paró de enriquecerse y crecer hasta volverse una superpotencia de escala global.
Por esa misma vía encaminó el reformista Nguyen Van Linh a Vietnam en 1986, convirtiendo ese país del sudeste asiático en una economía vigorosa cuyas turbinas más potentes fueron los capitales privados. Las inversiones llovieron desde el exterior, incluido los capitales de la potencia que antes había regado Vietnam con napalm y defoliantes como el Agente Naranja, que exterminó la jungla que rodea el río Mekong, o Cuu Long (Río de los Nueve Dragones) como lo llaman los vietnamitas.
Paralelamente, el régimen comunista de la vecina Laos abría también su economía a los capitales privados, en un proceso bautizado Chintanakan Mai (Nuevo Mecanismo Económico). Asia se adelantó a Rusia en admitir el fracaso del comunismo, por eso los partidos comunistas asiáticos se mantuvieron en el poder, mientras la Unión Soviética colapsaba a fines de los años ochenta.
Ese colapso dejó a Cuba sin el pulmotor que mantenía funcionando su insustentable economía. Por eso Fidel Castro tuvo que aceptar la propuesta de su hermano menor: abrir la economía a inversiones privadas extranjeras. El régimen llamo “Periodo Especial” a ese tramo durísimo, en el que la industria turística se convirtió, con inversiones de capitales españoles, mexicanos y canadienses, en la turbina de la languideciente economía cubana.
En ese entonces, Raúl Castro había prestado atención a las reformas en China, Laos y Vietnam, entusiasmándose con hacer lo mismo en Cuba. Pero su dogmático hermano no compartió tal entusiasmo y, ni bien apareció Hugo Chávez reemplazando con petróleo venezolano el petróleo que recibía gratis de la URSS, Fidel puso fin a la apertura económica y sólo dejó permanecer a los capitales extranjeros que desarrollaron la hotelería.
El propio Raúl Castro abandonó su incipiente reformismo, por eso dejó el país atado al dogmatismo de Fidel cuando lo reemplazó en el máximo liderazgo y, tras la muerte de su hermano y su propio envejecimiento, buscó un personaje gris, Miguel Díaz Canel, para que mantuviera el sistema económico y social intacto tras su retirada del escenario visible, aunque sin abandonar del todo el poder. Temía que, a diferencia de los casos chino, vietnamita y laosiano, el Partido Comunista perdiera el poder si abría la economía al capitalismo.
El statu quo era deplorable. El sistema había caducado y solo producía empobrecimiento en una sociedad condenada a entumecerse en el altar de esa religión ideológica que es el castrismo. En ese estado comatoso estaba la economía cubana cuando Trump aplicó el bloqueo a los buques cisterna que llevaban petróleo que el régimen no pagaba, sino que recibía a modo de ayuda humanitaria.
El régimen cubano ya no tiene brazos para mantener a flote la economía, pero si para reprimir las protestas callejeras y para mendigar asistencia humanitaria. Por razones diferentes, Rusia y México enviaron algunos buques petroleros para palear el corte del suministro de petróleo venezolano que se produjo tras la captura de Maduro y su encarcelamiento en los Estados Unidos.Esa compasión internacional quedó cortada por el torniquete aplicado por Trump. Y la asfixia total que produjo obligó al régimen a impulsar un programa que transformaría la realidad económica y social de Cuba.
Falta ver si Donald Trump permite que la nueva realidad fluya por sí misma en la isla antillana o si lo mismo mantiene la presión hasta lograr que caiga el régimen. Su fracaso ha sido tan grande en la guerra contra Irán, que en el Partido Republicano y también en las bases de MAGA pusieron el grito en el cielo y el camino hacia las urnas de noviembre se le puso aún más cuesta arriba.
En semejante escenario, nadie descarta que Trump busque en Cuba un trofeo como el que consiguió en Caracas. La isla no tiene petróleo ni las riquezas mineras de la Cuenca del Orinoco. Pero tiene un Castro en el poder. Falta ver si la nomenclatura cubana es tan miserable como la chavista, y acepta convertir Cuba en virreinato.