Mojtaba (CEDOC)

El enigma del líder oculto

La pregunta que crece entre los iraníes, sin que nadie la pronuncie, por la no aparición de Moqtada desde el bombardeo en el que murió su padre, el ayatola Alí Jamenei.

En “Bajo Fuego”, la guerrilla que lucha contra el sanguinario Anastasio Somoza necesita que, tanto sus combatientes como aquella corrupta dictadura nicaragüense, no se enteren de que el comandante Rafael había muerto en combate. Por eso el FSLN lleva al reportero gráfico norteamericano Russell Price hasta donde oculta el cadáver de su líder y le pide que lo fotografíe de tal modo que parezca vivo.

Traicionando principios profesionales pero convencido de que el régimen somocista era cruelmente criminal, Price “resucita” a Rafael con una foto magistral y el efecto político de esa mentira fotográfica favorece a los insurgentes en su lucha contra la dictadura.

Algo similar a lo ocurrido en la película de Roger Spotiswoode que protagonizó Nick Nolte en 1983, podría estar pasando en el régimen iraní. Nadie vio a Moqtada Jamenei salir vivo entre los escombros de la residencia donde un bombardeo mató a su padre. Nadie lo vio asumir el supremo liderazgo cuando el clero lo designó como sucesor del ayatola Alí Jamenei. Nadie siquiera escuchó su voz portando los mensajes que los voceros del gobierno pronuncian en su nombre.

Dicen que no aparece en público por cuestiones de seguridad, pero eso no explica que no grabe los mensajes que supuestamente él redacta y ordena difundir. Su padre tampoco aparecía en público durante conflictos anteriores, pero grababa videos con imagen y voz desde sus escondites para que la población y todos en el régimen lo vieran y escucharan, sabiendo así que estaba vivo.

En lo referido al poder y la guerra no alcanza con que se diga que el líder está vivo y liderando, sino que esa vida y liderazgo deben ser probados. Porque si no hay líder, el poder puede resquebrajarse y entrar en lucha de facciones, mientras que para el enemigo esa muerte es un trofeo que lo fortalece en la guerra.

El generalato iraní sabe que esta guerra no se gana en el Golfo Pérsico ni en el Estrecho de Ormuz ni en ningún otro rincón de Oriente Medio, sino en Estados Unidos. Igual que el gran estratega vietnamita Vanguyen Giap sabía que la victoria no estaba en los campos de batalla donde el vietcong combatía a los marines del general Westmoreland, sino en la sociedad norteamericana. Y fue allí donde Vietnam ganó aquella guerra.

Ahora, para alcanzar esa victoria, el régimen iraní necesita tener un líder inmortal. Y la única forma de ser inmortal es ya estar muerto.

En los funerales de Alí Jamenei estuvieron las máximas autoridades civiles: el presidente Masoud Pezeshkián y Baqer Qalibaf, el titular del Majlis (parlamento), además de todos los miembros del clero y la cúpula en pleno del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI). Por eso no tiene sentido decir que el actual líder supremo no asistió al funeral de su padre por razones de seguridad, cuando allí estuvo la totalidad del régimen, ergo, los enemigos externos tuvieron la oportunidad de exterminar el liderazgo entero.

La ausencia absoluta de Moqtada Jamenei, su total invisibilidad, es un enigma. Y la pregunta que se desprende de ese enigma es si realmente sobrevivió al bombardeo que mató a su padre y que, supuestamente, lo dejó malherido pero vivo.

La historia mundial está repleta de casos de líderes que estuvieron ocultos y desde allí se comunicaban con sus respectivos bandos. Lo que no existe en la historia es un ocultamiento total, que excluye las pruebas de vida como imágenes desde guaridas inexpugnables. Por eso la situación en Irán justifica la hipótesis de la muerte de Moqtada Jamenei.

En esta hipótesis la estrategia apunta a mantener unido el régimen en torno al dictat de su ala dura, a la que pertenece o pertenecía el líder desaparecido, y se basa en el dogma del chiismo duodecimano. Para la vertiente coránica mayoritaria en Irán, el duodécimo descendiente del profeta Mahoma fue ocultado en el siglo IX con el objetivo de protegerlo de los califas abasidas.

Durante lo que se conoce como la Ocultación Menor, o Pequeña Ocultación, Muhamad Bin al Hassan, considerado Al Mahdi (“guiado por la divinidad”) se comunicó a través de ulemas que actuaron como voceros llevando sus mensajes al clero chiita y a la comunidad de los fieles. Pero tras la muerte del tercer y último de los ulemas mensajeros, comenzó lo que la doctrina mística del chiismo llama la Ocultación Mayor, o Gran Ocultación.

En Samarra hay una cueva bloqueada por una puerta inaccesible, a la que los fieles llaman Bab al Ghayba (puerta de la ocultación) y donde creen que se escondió de los califas abasidas el Mahdi.

El chiismo duodecimano, también llamado imamí, o ithna ashariyya, que en lengua árabe significa “de los doce”, se ha mantenido unido durante más de mil años en la espera de Mohamad bin al Hassan, también llamado Hujjat Allah, considerado “el Mahdi”. Los chiitas están convencidos de que, al final de los tiempos, saldrá de la Gran Ocultación para salvar a los fieles del profeta del cual desciende.

No sería una estrategia descabellada recurrir a ese mito del Islam chiita para conjurar los peligros que podría causar el vacío de liderazgo causado por la muerte del ayatola Alí Jamenei.

La ausencia repentina de quién lideró la teocracia persa durante casi cuatro décadas, más aún habiendo sido asesinado por el enemigo, podía hundir el régimen en luchas de facciones.

La hipótesis planteada en este artículo señala que, para evitar ese caos, se creó un nuevo “imán oculto”: Moqtada Jamenei. Y a través de ese enigmático líder que, como el Mahdí, se invisibilizó y habla a través de voceros, mantiene el poder en manos del clero más reaccionario y del ala militar más fanática del régimen.

El actual “imán oculto” llamó a vengar la muerte de su padre matando a sus responsables: Trump y Netanyahu. Primero lo hizo con un mensaje verbalizado por sus voceros y luego con un gigantesco mural en la esquina de Enghelab, donde las multitudes protestaron en 1979 hasta la caída del sha Pahleví.

En ese punto neurálgico de Teherán, antes llamado Plaza de la Estatua porque estaba el monumento de Reza Shah, padre del último emperador, un mural muestra el cadáver de Trump en un féretro, con su panza voluminosa venciendo los botones de la camisa que lleva como mortaja.

“Mataremos a Trump”, dice el letrero. Lo mismo que, días antes de la aparición del mural, había dicho Muqtada Jamenei. En rigor, dicen que dijo. Porque el líder no mostró ni su rostro ni su voz desde que un misil cayó donde se encontraba.

Nadie se atreve a dudar en voz alta sobre la vida de quien se supone que lidera a los iraníes. Nadie murmura la pregunta que, fantasmal, recorre las ciudades y aldeas persas. Hoy Muqtada es como el Mahdi. Y nadie cometería la herejía de dudar de la existencia del Imán oculto.

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