Friday 24 de July, 2026

MUNDO | Hoy 05:37

Milei no puede visitar a Bolsonaro, pero Lula sí pudo visitar a CFK

Alexandre de Moraes cortó las comunicaciones de Bolsonaro mientras Lula visitó sin trabas a Cristina Kirchner en su detención en San José 1111.

Javier Milei tenía en la agenda de su gira internacional por Brasil, Perú, Ecuador y Colombia una escala breve pero cargada de simbolismo: visitar a Jair Bolsonaro en Brasilia, donde el expresidente cumple prisión domiciliaria. El encuentro estaba previsto para el viernes 25 de julio, el mismo día en que Milei participará de la convención del Partido Liberal en San Pablo, donde el PL formalizará la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro para las elecciones de octubre. La visita no se concretará. El ministro Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal, la bloqueó.

Lo que prohibió Moraes

La decisión no fue improvisada. El viernes 17 de julio, Moraes había endurecido el régimen de Bolsonaro después de que Flávio leyera en redes sociales una carta escrita por su padre, algo que el juez interpretó como una comunicación política indirecta que violaba las condiciones de la prisión domiciliaria. La sanción fue contundente: treinta días sin visitas, con excepción de médicos, fisioterapeutas y abogados, y una prohibición más larga que impide cualquier encuentro con "fines político-electorales" hasta después de las elecciones de octubre.

Lula

Cuando la defensa de Bolsonaro pidió una excepción puntual para recibir a Milei, a su canciller Pablo Quirno, a Karina Milei y a un intérprete, Moraes contestó el sábado que el pedido había quedado directamente sin efecto. Ni siquiera se molestó en analizarlo caso por caso.

No es el único vetado: el propio Flávio Bolsonaro tiene prohibido visitar a su padre durante los próximos noventa días, un plazo que atraviesa toda la campaña y llega hasta después de la primera vuelta. El resultado es un aislamiento casi total. Bolsonaro no puede hablar con la prensa, no puede recibir dirigentes extranjeros, no puede manifestarse políticamente ni siquiera a través de terceros. Es, en los hechos, un silencio administrado por decisión judicial. 

Milei y Bolsonaro

El espejo de 2018

Vale comparar ese silencio con lo que vivió Lula da Silva cuando estuvo preso en Curitiba, entre abril de 2018 y noviembre de 2019, condenado en la causa Lava Jato. Según un relevamiento del Instituto Lula, en esos 580 días el entonces expresidente recibió más de 500 visitas (Flávio Bolsonaro elevó esa cifra a 572 durante la reciente polémica), dio 22 entrevistas a medios brasileños y extranjeros, y difundió otras tantas cartas de contenido político y electoral.

Lula

La Justicia brasileña, después de idas y vueltas entre distintos ministros del Supremo, terminó autorizando que periodistas ingresaran a la sede de la Policía Federal para entrevistarlo. Lula incluso mantuvo su candidatura presidencial desde la cárcel hasta que la Justicia Electoral se lo impidió, y en ese momento pudo designar a Fernando Haddad como su reemplazante. Entre las visitas que recibió estuvo la de Alberto Fernández, entonces precandidato argentino, que salió de la cárcel de Curitiba diciendo que no dudaba de la inocencia de Lula.

Alberto Fernandez

Es decir: hace ocho años, un expresidente preso en Brasil pudo dar entrevistas, escribir cartas políticas, recibir dirigentes extranjeros y sostener una candidatura. Hoy, otro expresidente, bajo un régimen más leve en apariencia (arresto domiciliario), tiene prohibido todo eso.

El espejo en Buenos Aires

Y hay un tercer paralelo. El propio Lula, ya como presidente de Brasil, viajó a la Argentina en julio de 2025 con motivo de la Cumbre de Mercosur y visitó a Cristina Fernández de Kirchner en el departamento de Constitución donde cumple su propia prisión domiciliaria por la causa Vialidad. Nadie en la Justicia argentina se lo impidió. Nadie exigió que la visita se limitara a médicos o abogados.

Lula

Lula se fue de ese encuentro con una foto sosteniendo un cartel que decía "Cristina libre", en un gesto explícitamente calcado de la campaña "Lula livre" que había acompañado su propio encarcelamiento, y que el kirchnerismo adoptó después como bandera de campaña. Meses más tarde, en febrero de 2026, volvió a posar con el mismo cartel durante un acto partidario del PT en Brasil, con una delegación argentina presente. 

Lo que esto deja ver

El contraste es incómodo para cualquier relato lineal. En 2018, Lula preso pudo comunicarse con el mundo entero. En 2026, Bolsonaro, bajo arresto domiciliario y no en una celda, no puede ni recibir una visita de cortesía de un presidente extranjero. Y mientras tanto, la Justicia argentina permitió que ese mismo Lula, ya en ejercicio del poder, convirtiera una visita a CFK en un acto de campaña con simbología incluida.

Pero hay lecturas que matizan la comparación. Bolsonaro fue sancionado por incumplir una condición judicial concreta (la carta difundida por Flávio), mientras que la restricción a Lula en 2018 nunca llegó a ese nivel de bloqueo total, aunque sí hubo intentos, rápidamente revertidos, de impedirle dar entrevistas. Los regímenes de detención tampoco son idénticos, y cada expediente judicial tiene sus propias reglas y plazos. La pregunta que queda flotando no es jurídica. Es política: qué tipo de opositor puede seguir hablando desde la prisión, y qué tipo de opositor tiene prohibido hasta recibir una visita.

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Maximiliano Sardi

Maximiliano Sardi

Editor de Noticias

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