Sentado en chancletas en el frente de su casa en Pujato, Santa Fe. Tomando el fresco como un vecino más, que es lo que nunca quiso dejar de ser: uno de los nuestros. Para ese entonces, para cuando las cámaras lo registraron de vuelta en su pago natal para la Navidad de 2024, mientras los chicos de la familia combatían el furibundo calor santafesino a puro manguerazo, Lionel Scaloni ya era el hacedor de unas cuantas maravillas en forma de copa.
Para empezar, la Sudamericana de 2021, después la de 2022 y también la de Catar 2022, ésa que nos hizo llorar a todos y nos sacó a la calle de a millones, a saltar y cantar abrazados a perfectos desconocidos. Hay quien dice que Dios está en los detalles y, de ser verdad, quizá lo divino de este hombre de casi cincuenta años que hizo del fútbol su pasión y su vida sea precisamente eso: lo pequeño. Su modo de estar sin que se note. Todo eso que no casi no se ve pero que aún así – o tal vez precisamente por eso- hace toda la diferencia.
Hoy –ya limpiados los mocos y secadas las lágrimas, todavía rumiando la angustia del casi, ya plegadas las banderas y guardados los gorros de Argentina en el fondo del placard- la figura de Lionel Scaloni brilla bajo una nueva luz, parecida a la de los atardeceres de su pueblo, un caserío chato a unos cuarenta kilómetros de Rosario. Hoy los autodenominados expertos en liderazgo hablan de su “estilo de dirección”, del “liderazgo silencioso” y se dedican a analizar cada uno de sus gestos y palabras tratando de extraer de ahí alguna clase de enseñanza. Eligen sus diez mejores frases o lo muestran en algún intercambio con los jugadores para explicar cómo logra lo que logró. Escuchan sus entrevistas y analizan sus decisiones casi como quien lee El arte de la guerra de Sun Tzú, y tratan de ver allí algo secreto y revelador. Pero tal vez semejante operación resulte innecesaria. Todo está ahí, siempre estuvo a la vista. Expuesto.
Esa fue la gran diferencia. Lionel Scaloni viene del campo, de esa parte de Santa Fe donde se siembre maíz, trigo y soja y a la que algunos llaman “la Pampa gringa” porque fue poblada hace más de un siglo por colonos venidos sobre todo de Italia. A él, de hecho, algunos lo llaman “El gringo” y otros –sus más recientes compañeros de ciclismo, deporte al que se pasó con el fervor de los conversos hace algunos años- le dicen así: “El ciclista”. Curioso, sobre todo tratándose de alguien que se dedicó a jugar a la pelota desde chico en el Sportivo Matienzo, el club de su pueblo, y con el tiempo terminó convirtiéndose en un jugador profesional. Pero tal vez no haya nada de casual en eso porque, justamente, en el ciclismo la caída es parte de lo previsto. Está en el horizonte cierto de las posibilidades y eso, de alguna manera, va modelado el espíritu. Caerse, levantarse y seguir: ése es el ciclo. Según contó alguna vez en una entrevista para Olé, eso lo aprendió de su papá, un chacarero que aun vive en Pujato. El, que lo llevaba siempre a los entrenamientos, le enseñó eso de la constancia. De no rendirse. Pero también algo igualmente importante: la audacia. El impulso de animarse y de ir al frente. “Heredé un poco de mi viejo eso de no tenerle miedo a nada. Mi viejo siempre fue un tipo muy positivo. Yo le decía: “Papá, no sé, el domingo jugamos con tal”. Y él me respondía: “No tengas miedo, no pasa nada, dale para adelante”. Bien tipo de campo. Y ese “dale para adelante” resumía un montón de cosas: que no tuviera miedo, que si perdés no pasa nada, al otro día te levantás y seguís”, reveló hace poco en una entrevista.
Definitivamente hay en Scaloni una combinación extraña de audacia y de sentido común, de alas y de pies en la tierra. “Scaloni nunca fue director técnico antes de la Selección argentina. Otros técnicos venían de ser entrenadores de clubes, de manejar otras selecciones y Scaloni, nada. Entonces, eso le hizo arrancar por una hoja en blanco total, algo que definitivamente marcó la diferencia. ¿Por qué? Porque uno cuando agarra una selección tiene que manejar un montón de cosas: los egos de los jugadores que, además de ser multimillonarios, son estrellas mundiales. Y, frente a eso, él se paró frente al grupo con una humildad total. El es un tipo de pueblo, de campo, que además en ese momento estaba aprendiendo mientras hacía. En ese sentido, se fue gestando un aprendizaje mutuo”, recuerda Matías Mancuso, periodista deportivo y redactor de Olé que este año viajó al pueblo natal del DT para entrevistarse con vecinos y amigos del gestor de la Scaloneta y descubrir que tal vez el gran “secreto” sea no haberse traicionado nunca. “Y eso se ve en su manera de conducirse y en su manera de conducir al equipo. Lo que él quería era promover un recambio generacional, y eso hizo que los jugadores jóvenes se sintieran a gusto con un entrenador que también lo era – o que al menos no tenía tanta historia detrás-y que también estaba haciendo sus primeras armas en la Selección. Ese lado humano que muestra en cada una de las charlas también fue algo disruptivo, porque el técnico suele estar más arriba, en una especie de pedestal, y con Scaloni nada que ver. La relación es de “tú a tú” y creo que eso hizo posible todo lo que se logró”.














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