Friday 24 de July, 2026

OPINIóN | Hoy 07:22

Fútbol, pasión de multitudes y multimillonarios

El certamen significó para la Argentina un breve momento de empoderamiento frente a las principales potencias del mundo. La polémica por Malvinas.

Como acaba de recordarnos la edición más reciente del Mundial, hoy en día el fútbol es el opio favorito de los pueblos. Fortalecido cada vez más por los medios de difusión electrónicos y por una plétora de negocios chicos y grandes que lo aprovechan, el “juego bonito” es una droga sumamente poderosa que abre los portales de la mente a un universo paralelo que es muy distinto de la versión chata en que, bien que mal, nos ha tocado vivir, uno en que, entre otras cosas, la Argentina es una gran potencia capaz de imponerse a todos los demás países. Por seis semanas, buena parte de la población recibió dosis fuertes del estupefaciente que le permitió alejarse por un rato de las banalidades molestas de la vida cotidiana y trasladarse anímicamente a una dimensión más emocionante y menos problemática.¿A qué se debe el poder magnético del Mundial? Incidió mucho el deseo instintivo de tantas personas de fusionarse con una multitud nacional presuntamente representativa que, en la Argentina, crecía día a día merced a los triunfos agónicos de la selección y que, si bien le eludió el triunfo final, hizo una muy buena campaña. El entusiasmo colectivo, no sólo popular sino generalizado, ya que escaseaban los reacios a dejarse conmover por lo que sucedía a su alrededor, se vería intensificado por los esfuerzos vigorosos de los medios, tanto los tradicionales como los novedosos, por estimularlo. Lo harían no sólo por motivos comerciales sino también porque ni sus directivos ni sus empleados podían resistirse al canto de sirena de la muchedumbre.

Algo muy similar sucedió en docenas de otros países, hasta en algunos, como Bangladesh, en que el fútbol es un pasatiempo un tanto exótico; la ausencia de una selección propia planteó un problema psicológico que muchos bangladeshíes resolvieron haciendo suyo el equipo argentino.

El encanto que ejerce el fútbol puede entenderse. Es un juego muy sencillo. También es el reino de la subjetividad en que los pronósticos y opiniones de quienes han hecho carreras exitosas en base a sus presuntos conocimientos del juego no suelen ser más confiables que las de cualquier televidente casual. Por ser cuestión de un juego en que el azar y el estado de ánimo de los protagonistas pesan tanto como la habilidad, experiencia y condición física, todos pueden sentirse expertos cuando de analizar el partido de ayer se trata aunque a muchos, los exitistas congénitos, les importan más los resultados que los detalles que podrían interesar a los aficionados auténticos; para éstos, ganar por penales después de dos horas de aburrimiento vale tanto como un triunfo brillante.

De más está decir que los medios de los países participantes interpretaron los encuentros a su propia manera que, claro está, a menudo no coincidieron con la predominante en la Argentina. Así pues, para alarma de algunos, en el exterior está consolidándose con rapidez una leyenda negra según la cual los argentinos son los malos más malos del mundo futbolístico, matones natos que tratan de intimidar a sus adversarios jugando sucio, cometen infracción tras infracción mofándose del referí presuntamente comprado y no saben perder con elegancia ya que desprecian las reglas escritas y no escritas que supuestamente rigen en el mundo del deporte. Por cierto, las trifulcas en el campo de juego que siguieron a la derrota por España en la final no contribuyeron a mejorar la imagen internacional de la selección, o la del país.

Virtualmente todo cuanto sucede en el campo de juego se presta a interpretaciones que dependen más de la nacionalidad o del equipo preferido del comentarista y de sus prejuicios personales que de las vicisitudes de los protagonistas. No sólo en Egipto sino también en otros países, entre ellos España, siguen proliferando teorías conspirativas conformes a las cuales los árbitros de la FIFA privilegiaban sistemáticamente a la selección argentina por encima de sus adversarios. Quienes piensan así pueden señalar que, por estar en juego tanto dinero, favorecer a países con largas tradiciones futbolísticas tendría su lógica; a la FIFA no le hubiera servido para vender su producto en Estados Unidos una final entre Cabo Verde -que empató con España y perdió 2-3 ante la Argentina- y el Congo, digamos.  

Sea como fuere, los reparos ajenos tardaron en registrarse aquí, donde por algunas semanas predominó el consenso de que “la Scaloneta” representaba la auténtica esencia argentina mucho mejor que cualquier otra manifestación de aquel esquivo ser nacional. Todos podían coincidir en que la selección se caracterizaba por la tenacidad, la imaginación y la capacidad para obrar en equipo, cualidades que, era habitual lamentar, distaban de ser típicas de la sociedad no futbolística que efectivamente existe. Inspirándose en este concepto, se improvisaron miles de sermones en que se subrayaron los méritos atribuidos a la selección y las deficiencias de la comunidad nacional que la había producido.

Por razones parecidas, muchos comentaristas se dedicaron a improvisar odas pindáricas a la genialidad de Lionel Messi. ¿Por qué, preguntaron los autores -que a veces incorporaron a Jorge Luis Borges, el antifutbolista por antonomasia, al equipo de ganadores natos nacionales-, está en tantas dificultades un país que es capaz de producir tantos individuos sobresalientes? Sea como fuere, no sólo en la Argentina sino también en otras partes del mundo, muchos trataron el Mundial como el escenario de la despedida apoteótica de la estrella máxima del juego más popular del planeta que, si bien no logró alzarse con el trofeo codiciado, no defraudó a sus muchos admiradores.

Como pudo preverse, el partido contra Inglaterra tendría fuertes connotaciones políticas al brindar a un grupo de jugadores una oportunidad para hacer gala de su fervor malvinero, un gesto que enojó al primer ministro británico saliente Keir Starmer y dio pie a un incidente diplomático menor. 

Aunque algunos aplaudieron a los responsables del episodio, pocos ignoran que quienes quieren priorizar el tema, personajes como la vicepresidenta Victoria Villarruel, están más interesados en dar rienda suelta a sus sentimientos anglófobos y hacer gala de lo que su jefe Javier Milei calificó de “patrioterismo berreta” que en las islas mismas.  Es que si bien la Argentina, un país muy urbanizado, no carece de territorio despoblado de clima casi tan inclemente como el de las islas en que muy pocos quisieran vivir, no ha perdido su poder de convocatoria la noción impulsada por ciertos nacionalistas a mediados del siglo pasado de que sus muchos problemas se deben a que fue víctima de una injusticia histórica atroz perpetrada por el imperialismo.

Tal convicción es un tanto extraña: de todos los pueblos del mundo, el argentino fue el más beneficiado por el imperialismo europeo de otros tiempos que legó 2.780.400 kilómetros cuadrados de tierra, la mayor parte habitable a la población actual de 46 millones, mientras que los 1.47 mil millones que viven en la India tienen que conformarse con 3.280.000. Y, como todos saben muy bien, la Argentina disfrutó de su período de mayor esplendor bajo la égida de la pax británica.  De todos modos, si están en lo cierto quienes dicen que el deseo de restaurar la situación existente antes de 1833 es el único que comparten todos los argentinos de bien, el eventual triunfo de la causa irredenta sería un desastre, ya que privaría al país de una de sus escasas prendas de unidad, pero tal y como están las cosas es poco probable que ocurra en los años próximos.

Hace casi dos siglos, Karl Marx calificó la religión como “el opio de los pueblos” porque a su entender hacía más tolerables los dolores provocados por capitalismo. Lo mismo puede decirse del fútbol que, como otras manifestaciones de la llamada cultura popular, cumple una función similar en las sociedades modernas. También brinda a los capitalistas anatemizados por Marx y sus sucesores espirituales oportunidades para enriquecerse todavía más.

Para sorpresa de los convencidos de que los norteamericanos permanecerían inmunes a los encantos del fútbol, este Mundial resultó ser un negocio extraordinariamente lucrativo que, dicen, aportó a la FIFA la friolera de 5000 millones de dólares, mientras que otros compartieran montos llamativamente superiores. No extrañaría, pues, que en los años próximos los torneos de fútbol se parecieran cada vez más a las híper-comercializadas competencias deportivas norteamericanas en que cantantes populares y otras “celebridades” del momento aprovechan las oportunidades que les brindan para ganar más dinero, como algunos hicieron en el entretiempo de la final el domingo en Nueva Jersey.

En el mundo antiguo, los ricos mantenían contenta a la gente dándole “pan y circo”, pero a diferencia de lo que sucede hoy en día, en aquella época ellos mismos tuvieron que financiar los espectáculos de su propio bolsillo. Sus equivalentes actuales no soñarían con emularlos. Con la excepción de los políticos que logran apoderarse de las arcas públicas, están más interesados en aumentar sus propios ingresos que en llamar la atención de los pobres a su munificencia. Es de prever, pues, que en adelante el fútbol, comercializado al estilo norteamericano, reciba inversiones que sean aún mayores que las del pasado y que el negocio siga siendo irresistible para personajes corruptos y sus socios políticos.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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