Friday 10 de July, 2026

OPINIóN | Hoy 09:11

El pastorcito mentiroso, con esteroides

China tiene un problema que ya no puede tapar con cifras ni con discursos triunfales. Cada historia oficial china parte de un núcleo verdadero, lo infla hasta la caricatura y termina destruyendo la credibilidad del conjunto.

China tiene un problema que ya no puede tapar con cifras ni con discursos triunfales. Cada historia oficial china parte de un núcleo verdadero, lo infla hasta la caricatura y termina destruyendo la credibilidad del conjunto. El caso BYD sirve como ilustración perfecta de un patrón generalizado.

Empecemos por lo comprobable. Entre 2009 y 2023, Pekín canalizó $230.900 millones de dólares hacia su sector de vehículos eléctricos. Solo en 2022, BYD recibió $2.100 millones de dólares en subsidios directos. En 2025, la compañía declaró ¥12.470 millones de yuanes en apoyos operativos, equivalentes al 38,2% de su utilidad neta. Sin esos subsidios, la ganancia ajustada caería cerca del 50% respecto al año anterior. La capacidad instalada china ronda los 50 millones de vehículos anuales contra una demanda doméstica de 24 millones. Más del 70% de los modelos se vende a pérdida y más del 50% de los concesionarios pierde dinero. Entre 2019 y 2025 el número de fabricantes chinos pasó de aproximadamente 500 a cerca de 100. AlixPartners pronostica que solo 29 marcas sobrevivirán hasta 2030. El propio presidente de BYD, Wang Chuanfu, calificó la guerra de precios interna como insostenible.

Esto es lo que sabemos, y es grave. Pero lo verdaderamente grave es cómo Pekín lo cuenta.

La propaganda oficial presentó a BYD durante años como prueba del genio industrial chino capaz de desbancar a Alemania, Japón y Estados Unidos en una década. Sin embargo, la realidad es otra porque consiste en capitalismo de Estado con sobreinversión financiada por gobiernos locales, precios artificialmente deprimidos y una guerra comercial doméstica que canibaliza utilidades en toda la cadena. Cuando Volkswagen recuperó el primer puesto en ventas en China durante los primeros dos meses de 2026 y Toyota volvió a subir; BYD cayó al cuarto lugar con apenas 7,1% de participación, y la narrativa triunfal se deshizo en semanas. No hubo milagro, sino un ciclo subsidiado llegando a su fase dolorosa.

El problema es que esto no ocurre solo con los autos, se repite con los semiconductores, cuando anuncian avances que después no se exhiben. También con la inteligencia artificial, ante modelos presuntamente superiores que luego no resisten una auditoría técnica. Por su parte, los paneles solares, el acero, el aluminio, los drones, la biotecnología, los trenes de alta velocidad y la computación cuántica son otros ejemplos del mismo accionar. El guion se repite con la monotonía de un ritual. Primero, una anuncio deslumbrante y segundo, la cobertura mediática occidental entre asombrada e intimidada. El tercer paso es el silencio cuando llega la hora de mostrar el producto o los números auditados. Finalmente, llega el paso cuarto, cuando la aparición de una nueva proeza desplaza la atención de la anterior.

Detrás de cada anuncio hay, casi siempre, algo real y ese es el matiz que la mayoría ignora. China efectivamente avanzó en baterías, produce vehículos eléctricos competitivos, tiene capacidades industriales enormes y formó ingenieros en cantidades que Occidente no iguala.

El núcleo factual existe pero el régimen no puede contar las cosas en su dimensión real. Su obsesión por el face, esa necesidad cultural y política de preservar la apariencia de superioridad, magnifica cada logro hasta volverlo inverosímil. Y cuando lo increíble choca contra la verificación, la verdad del núcleo se contamina. El diez se cuenta como cien y cuando se descubre que era diez, el observador externo ya no cree ni en el diez.

Esto es el daño estratégico que Pekín se inflige a sí mismo. La exageración destruye el activo más difícil de construir en relaciones internacionales, es decir, la credibilidad basal. Un país cuya palabra oficial vale algo puede negociar tratados, atraer inversión de largo plazo y firmar acuerdos industriales complejos. Un país cuyos pronunciamientos se presumen inflados paga una prima de desconfianza en cada transacción. Así, los inversores extranjeros exigen descuentos y los socios comerciales piden garantías redundantes. Los gobiernos occidentales interpretan cada anuncio como posible engaño hasta que se pruebe lo contrario. El costo es invisible en los balances trimestrales aunque se compone en el tiempo con brutalidad.

El caso BYD concentra la patología. Existía la historia real y defendible de un fabricante que integró su producción de baterías, invirtió ¥63.000 millones de yuanes en investigación y desarrollo en 2025 y forzó a Volkswagen a abrir en Hefei su mayor centro de desarrollo fuera de Alemania. Esa historia, contada con sobriedad, habría convencido al mundo de que China tiene capacidad industrial seria en el sector. En cambio, se eligió la épica y se exageró con la muerte de la industria automotriz alemana, del fin de Detroit y con el siglo asiático. Y ahora que Volkswagen vuelve a ser primero en China, el relato se desarma y arrastra consigo la porción verdadera que sí merecía respeto.

La comparación con el pastorcito mentiroso es inexacta solo en la escala. El pastorcito del cuento gritaba lobo cuando no había lobo y China grita lobo cuando hay un cachorro de lobo, y lo describe como manada hambrienta. Cuando los vecinos llegan armados y encuentran una cría. Así, se retiran con la sensación de haber sido usados y la próxima vez que haya una manada de verdad, nadie vendrá.

Esta dinámica ya tiene consecuencias medibles. La inversión extranjera directa en China cayó a mínimos de décadas. Los fondos soberanos occidentales reducen la exposición y las empresas multinacionales implementan estrategias de “China más uno”, buscando manufactura paralela en Vietnam, India o México. Los semiconductores de última generación siguen vedados pese a las declaraciones triunfales sobre autosuficiencia. Por su parte, las empresas chinas que cotizan en Nueva York enfrentan descuentos estructurales respecto a pares de otros mercados. La prima de desconfianza tiene precio y se paga.

Lo más costoso no es la pérdida reputacional inmediata, sino la imposibilidad de ser tomado en serio cuando efectivamente se logre algo grande. Si mañana China desarrollara un avance genuino en fusión nuclear, en un modelo de inteligencia artificial, en terapias génicas, la reacción global instintiva sería incredulidad. El régimen habrá quemado el crédito narrativo necesario para ser tomado en serio.

La pregunta que queda abierta es si el sistema chino puede corregir este patrón o si la compulsión al face es estructural. Todo indica lo segundo, porque la arquitectura política de Pekín premia al funcionario que reporta éxitos y castiga al que reconoce problemas. Así, el subordinado aprende rápido. Entre tanto, la exageración no es un vicio corregible, sino el mecanismo de supervivencia dentro de la jerarquía. Y mientras ese mecanismo opere, cada nuevo anuncio chino llegará al mundo con el descuento automático que ya aplica por defecto.

BYD es solo el último capítulo de una historia más larga. El episodio siguiente ya se escribe y es probable que esté en otro sector, relatando otra proeza con una cifra inflada. Y el crédito del pastorcito, medido en confianza internacional, seguirá erosionándose hasta el día en que nadie venga, aunque el lobo sea real.

Las cosas como son.

 

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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Mookie Tenembaum

Mookie Tenembaum

Analista internacional, autor de Desilusionismo.

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