Cuando Vladimir Putin puso en marcha lo que llamó una “operación militar especial” para derrocar al “neo-nazi” Volodimir Zelensky que, según él, había usurpado el poder en Kiev, virtualmente todos los expertos occidentales creían que el conflicto duraría a lo sumo diez días, después de los cuales Ucrania quedaría reincorporada de manera definitiva a la Madre Rusia. Sin embargo, lo que, en febrero de 2022, Putin suponía sería una lucha brevísima y apenas simbólica de la que saldría triunfante, ya se ha prolongado más que la Primera Guerra Mundial que terminó luego de 1568 días de combates encarnizados.
Con todo, hasta hace muy poco, aún se daba por descontado que, tarde o temprano, Rusia sí lograría imponerse por ser cuestión de una potencia llamativamente mayor que Ucrania, con una población tres veces más numerosa. Conforme a los centros de estudios militares más prestigiosos del planeta, Rusia tenía el segundo ejército más poderoso del mundo, sólo por detrás del norteamericano.
Se trataba de una ilusión. Para desconcierto de los presuntos expertos en asuntos militares, los ucranianos no sólo lograron frenar la maquinaria bélica rusa sino que también comenzarían a expulsarla de los lugares que había ocupado en la primera fase de la guerra y, como si esto fuera poco, han estado atacando con éxito blancos en lugares tan alejados de su propio país como Moscú y San Petersburgo.
Para colmo, los ucranianos están haciendo retroceder a los rusos a pesar de la hostilidad indisimulada del presidente norteamericano Donald Trump que, a diferencia de Joe Biden, se ha negado a prestarles ayuda material y financiera. Con el pretexto de que sería peor que inútil apoyar a un país que no podría ganar, Trump ha procurado presionar a Zelensky para que sacrifique territorio a cambio de un acuerdo, algo que en su opinión le permitiría figurar como un gran pacificador y, con suerte, merecer el premio Nobel de la Paz, un galardón que claramente lo obsesiona.
Con astucia, el mandatario ucraniano se ha afirmado dispuesto a hacer concesiones con tal que Estados Unidos se comprometiera a asegurar que Putin respetara un pacto que lo dejaría sin el triunfo aplastante que se ha propuesto. Para el dictador que sueña con recrear el imperio de los zares, cualquier arreglo que sería visto como un convenio entre iguales sería una humillación insoportable, razón por la que ha dejado pasar una oportunidad tras otra para poner fin a una guerra que amenaza con provocar la desintegración de la Federación Rusa.
Dirigentes europeos como el francés Emmanuel Macron y el británico Keir Starmer aún dicen creer que, si Putin sale con la suya en Ucrania, se sentirá tan fortalecido que no tardará en atacar a los países bálticos en que viven minorías étnicamente rusas. Dadas las circunstancias imperantes, tanto alarmismo es anacrónico; a esta altura parece evidente que Rusia no es una gran potencia militar y que no sería capaz de derrotar a los países de la OTAN.
¿Lo entiende Putin? Los hay que sospechan que, como tantos autócratas, el ruso no está en condiciones de enfrentar la dura verdad ya que vive rodeado de adulones que sólo le suministran buenas noticias. Puede que exageren quienes piensan así y que Putin sabe muy bien que su “operación militar especial” ha sido un fracaso catastrófico, pero por estar en juego su propia vida, tiene que actuar y hablar como si los reveses en el campo de batalla carecieran de importancia.
Para Putin, confesarse derrotado por Zelensky no es una opción. Sabe que sería literalmente suicida de su parte porque sus compatriotas no le perdonarán por haber sacrificado a casi medio millón de hombres jóvenes a cambio de nada. Así las cosas, es más que probable que Rusia esté en vísperas de un período convulsivo que tenga repercusiones peligrosas en el tablero mundial.
Según Putin, el colapso de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX.” Pues bien, todo hace pensar que se las ha arreglado para provocar la peor de lo que va del siglo XXI. Acaso su único rival en este terreno sea su homólogo norteamericano que, luego de haberse comprometido a eliminar el peligro planteado por el régimen yihadista iraní, optó por dejarlo intacto, de tal modo sembrando alarma en el Oriente Medio y otras partes del mundo.
Por motivos comprensibles, se ha puesto de moda comparar la situación en que se encuentra Putin en Ucrania con la de Trump frente a Irán, ya que los dos subestimaron groseramente la capacidad de resistencia de un enemigo que a primera vista era demasiado débil como para ocasionarles dificultades significantes. Sin embargo, mientras que las fuerzas armadas ucranianas sí están sacando provecho de su propia superioridad tecnológica para hacer replegarse a las de Rusia, la posibilidad de que las iraníes hagan lo mismo para expulsar a las estadounidenses es nula.
La única carta de triunfo que tiene la Guardia Revolucionaria Islámica que sigue en el poder en Irán consiste en la psicología particular de Trump que, según parece, ya ha perdido interés en el desafío planteado por el régimen teocrático; quiere cantar victoria ya para concentrarse en las elecciones de medio término que se celebrarán en noviembre.
Hace aproximadamente una semana, por motivos que a su entender eran plenamente legítimos, Trump se manifestó dispuesto a firmar un acuerdo con Irán sin preocuparse en absoluto por los detalles; quería que el fin formal del conflicto que había iniciado coincidiera con su cumpleaños número ochenta. Como no pudo ser de otro modo, la voluntad de Trump de subordinar absolutamente todo a un capricho personal ha desconcertado a quienes quisieran ver eliminado de cuajo al régimen apocalíptico iraní.
Según el mandamás norteamericano, merced a sus esfuerzos, al Oriente Medio le aguarda un futuro de paz, armonía y prosperidad. Parece haberse persuadido de que pronto encontrará un equivalente iraní de Delcy Rodríguez que pueda servirle de virrey para que en adelante Irán sea una suerte de protectorado. Pocos comparten su optimismo desbordante. A menos que el acuerdo que se anunció el domingo pasado contenga algunas clausulas draconianas que aun no han sido reveladas, tarde o temprano los vengativos clérigos iraníes reanudarán su programa nuclear y de tal manera plantearán nuevamente una amenaza mortal a Israel y a los Estados árabes de la región.
También podrán continuar masacrando a aquellos iraníes que se animen a protestar contra la cruel tiranía religiosa que tanto sufrimiento les ha causado, Dicho de otro modo, parecería que, con la impaciencia que lo caracteriza, Trump se las ha ingeniado para hacer del Oriente Medio una región aún más explosiva de lo que ya era aunque, claro está, podría cambiar de idea en las semanas próximas al darse cuenta de la magnitud del error que ha perpetrado. Después de todo, lo último que quiere el magnate pendenciero es figurar como un perdedor.
Trump siempre se ha llevado muy bien con Putin. Se comportan como aliados naturales. Aunque algunos atribuyen la relación a la capacidad del ex agente de la KGB para manipular a occidentales candorosos, parecería que el norteamericano lo admira por sus presuntas dotes de liderazgo. También comparte el desdén que el ruso siente por Zelensky. A pesar de todo lo sucedido en los años últimos, los dos siguen tratándolo como un peso liviano. Así las cosas, no puede sino molestarle muchísimo el que, de todos los dirigentes mundiales de los años últimos, el más impresionante haya resultado ser el ucraniano.
Mientras que Putin está protagonizando una debacle geopolítica de dimensiones históricas y, a juzgar por su conducta reciente, Trump, que se cree un negociador genial, está resuelto a destacarse por su torpeza estratégica, Zelensky ha encabezado una revolución militar que ha hecho de Ucrania el país más poderoso del continente europeo. Para sobrevivir, ya no depende de la ayuda proporcionada por Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Suecia y otros integrantes de la OTAN. Por sus fuerzas propias, se ha convertido en el líder mundial de la guerra electrónica. Las plantas industriales de Ucrania están fabricando cantidades inmensas de drones militares que usa para pulverizar a las fuerzas armadas rusas. En el Oriente Medio, los Estados árabes ya entienden que, para defenderse contra los iraníes, los drones ucranianos, que son relativamente baratos, pueden ser tan eficaces como los muy costosos misiles norteamericanos.
El poder militar de los distintos países ya depende menos de la cantidad de soldados, tanques, piezas de artillería y así por el estilo que de la inteligencia en el sentido tradicional de la palabra. En Europa, los ucranianos han sabido movilizarla mejor que sus enemigos rusos, mientras que en el Oriente Medio los israelíes han hecho lo mismo para erigirse en una gran potencia regional. Así pues, dos países de recursos materiales y demográficos limitados han conseguido sobrevivir en vecindarios que les son sumamente hostiles, de tal manera confirmando que, en última instancia, cuando del destino de los distintos pueblos se trata, la moral suele importar mucho más que las presuntas ventajas materiales.















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