A Peter Thiel no le anda el timbre. No es una manera canchera de arrancar una nota, una metáfora antitecnocapitalista ni nada por el estilo. De hecho, no sólo tiene ese problema, sino que en la casa inmediatamente pegada a la suya hay 10 o 15 muchachos trabajando como si al lado no durmiera uno de los hombres más poderosos del mundo. A Peter Thiel no le anda el timbre y le debe estar costando dormir con tanto ruido.
Recapitulemos. Sos Peter Thiel, una fortuna calculada en 30 mil millones de dólares, creaste con Elon Musk “Paypal”, la primera gran billetera virtual de Occidente, financiaste desde el vamos la creación de proyectos como Facebook, “Prospera”, una ciudad-empresa en Honduras, y hasta a J.D Vance, al que con el tiempo colaste como vice de Trump, sos el principal operador político y pensador de la Sillicon Valley militarizada, tus enemigos declarados son de la talla del Papa León XIV y sobre todo sos el dueño de Palantir, la empresa de big data que usa Estados Unidos para secuestrar Presidentes, bombardear Medio Oriente y ralear inmigrantes a las trompadas, un software que usan tantas áreas de aquel gobierno que si Max Weber siguiera vivo debería replantearse eso de que lo que caracteriza a un Estado es el monopolio de la violencia. Es que si sos Peter Thiel cosas como la vida y la muerte están literalmente al alcance de tu mano. El mundo entero a disposición, salvo por un detalle: te instalaste en Argentina y acá, a veces, no anda el timbre. ¿Será por eso que ya estás pensando en irte?
No lo entenderías. El miércoles 3 a las 9.10 de la mañana Juan Grabois entró a lo de Thiel. Tan sólo unos minutos antes había arrancado la primera guardia de NOTICIAS enfrente de la mansión que compró el alemán en Barrio Parque. La foto del dirigente en la puerta del tecnomagnate causó un revuelo que perdura hasta hoy. El invitado sigue sin hacer declaraciones, aunque en los días posteriores al encuentro una de las personas de su entorno se comunicó con este medio para asegurar, en off, que había sido pedido por Thiel para debatir a fondo la encíclica de su némesis. En las últimas horas afloró otra versión más inquietante, que indica que Grabois aún no quiere hablar del tema porque se quedó más que preocupado cuando escuchó, del otro lado de la mesa, a Thiel disertar largo y tendido sobre una de sus grandes obsesiones: la certeza que tiene de que más temprano que tarde va a estallar una guerra mundial, apocalipsis del que suele culpabilizar al “Anticristo” -tal cual escucharon un grupo de economistas que fueron citados a ese mismo lugar, según contó The New York Times-, al que describe como una especie de dictador woke. “Hay sólo 50% de chances de que la humanidad llegue a ver el fin de este siglo”, es una de sus frases cabecera.
Aquél miércoles Sergio Piemonte, el fotógrafo de esta editorial, tuvo la lucidez de estar con la cámara lista cuando apareció Grabois, la habilidad de reconocer al instante a la persona que estaba entrando a la mansión, pero también la suerte de estar en el momento y lugar indicado. En general, las guardias periodísticas son todo lo contrario: largas y aburridas jornadas en las que no suele suceder demasiado. En especial si es en Barrio Norte.
“Me críe en un barrio que no es un barrio”, dice sobre él el arquitecto Rodolfo Livingston en el documental que hizo sobre su vida Sofía Mora. Con el invierno porteño a la vuelta, en estas 10 manzanas ubicadas en el norte de la Ciudad sólo se ven a paseadores de perros que parecen sacados de un catálogo, algún delivery que va o viene y los trabajadores de distintas obras. Si el revolucionario arquitecto, que vivió varios años en la Cuba castrista, siguiera vivo seguro tendría algo más para decir sobre la actualidad de sus calles -y sobre Thiel y sobre su timbre-: ahora casi todas estas esquinas tienen garitas de seguridad privada pero también de la policía de la Ciudad, llegando a la paradoja de que en una misma cuadra puede haber más de una. De hecho, el que más se debe estar mofando del hipercustodiado vecindario es su habitante más ilustre: ¿así que sólo en Estados Unidos la seguridad está privatizada?
A diferencia de la primera guardia enfrente de lo de Thiel, en el resto no sucede nada. El lunes y martes siguiente al Graboisgate la calle Dardo Rocha es un cementerio. La llovizna parece haber frenado las obras, los perros de catálogo se guardaron en sus casas y ni los deliverys se animan. La mansión que el tecnomagnate pagó en 12 millones de dólares está también callada. Cada tanto, para matar el vicio, este medio le toca el timbre a Thiel. Nunca atiende nadie, nunca pasa nada.
Eso cambia el viernes 12. La rutina, en principio, arranca igual: ir hasta Dardo Rocha al 2900, buscar un lugar para dejar el auto y procurar el bajo perfil (a Piemonte, poco después de las fotos a Grabois, varios uniformados lo invitaron amablemente a retirarse). Pero aquel día hay algo distinto, una noticia en toda regla: desde la calle se adivina que, detrás de la reja negra, hay una de las grandes puertas de madera abierta. ¿Está el dueño de Palantir a tan sólo unos metros?
Mientras que un ruido se acerca a la entrada no se puede dejar de pensar en lo distópico de toda la situación: uno de los hombres más poderosos del planeta se mudó a Buenos Aires, y no sólo eso es bastante extraño de por sí -un rompecabezas que incluso en el corazón del Gobierno admiten no terminar de armar- sino que aún más llamativo es el hecho de que no se haya instalado en un barrio privado. Thiel vive en una calle a la que se puede llegar con tan sólo una combinación de subte o en el 130.
Pero el que abre, lógicamente, no es el dueño del lugar. Un hombre de dos metros, con una calvicie que brilla con el sol otoñal, anteojos negros, handy en el oído, traje a punto de explotar de tanto músculo y la mano derecha, a la altura de la cintura, suavemente posada sobre una pistola: eso es lo que uno esperaría encontrar ni bien se corre la puerta del hombre que maneja con jostick a los drones del Pentágono. Sin embargo, Felipe está muy lejos de ese estereotipo.
El portero de Thiel por muy poco debe pasar el metro sesenta, tiene la piel morena y el pelo bien negro. Con una amabilidad llamativa y una voz aflautada se presta a una charla animada y deja dos datos importantes: el primero es que la razón por la que nadie abrió la puerta en las anteriores consultas es que, contra todo pronóstico, el timbre no anda, y la otra es que el dueño del lugar no se encuentra. Ese es un rumor que circula fuerte en Barrio Parque: que Thiel llegó al país sólo por unos meses y que ese tiempo ya está llegando a su final.
Los días de NOTICIAS frente a su mansión avalan esa teoría. No sólo porque no hubo otra actividad más allá de la visita de Grabois, sino por el estado de la casa. De toda la cuadra, la de Thiel es literalmente la única propiedad que está repleta de hojas en su entrada. Una camioneta negra que estuvo días estacionada en el frente también tiene el techo tapado por el otoño. La tarde del diálogo con Felipe llegaron al lugar dos fumigadoras, que no sabían que a Thiel no le andaba el timbre y tuvieron que esperar un largo rato para que les abran. Es difícil imaginarse a las trabajadoras pidiéndole al tecnomagnate que se tape un rato la nariz mientras ellas limpian la casa.
Entonces, si Thiel se está yendo de Argentina esta historia necesariamente tiene que volver al principio. ¿Qué vino a hacer acá? ¿por qué se mudó con marido y dos hijos en abril? ¿por qué se va? ¿Es todo parte de un plan? En la edición en la que el tecnomagnate fue tapa, este medio sostenía la idea de que sí: que un jugador mundial de este calibre no se muda al fin del mundo, como diría Francisco, sólo para ver a las hojas caer. Menos a una casa en la que no anda el timbre.















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